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Situación actual (global): Tras la muerte de la mayoría de Señores Feudales a manos de la banda de criminales Dragón Rojo en el Torneo de los Dojos, el mundo ha pegado un giro de 180 grados. Las sombras de un nuevo Daimyo en el País de la Espiral preocupan a Sarutobi Hanabi. En el País de la Tormenta, Amekoro Yui ha creado secretamente el cargo de Tormenta mientras hace creer al resto del mundo que es la nueva Señora. En el País del Bosque, el único Daimyo superviviente teme por su vida. Pero no sólo los Tres Grandes han visto el status quo totalmente quebrado.

En el País del Fuego se extendió el caos, y hace tiempo ya que el Jūchin del Valle de los Dojos lo conquistó, expulsando a unas mafias que todavía colean, buscadas por los sámurais. En el País del Viento hay una cruda guerra civil a varios bandos, y en el de la Tierra hay rumores de que una está a punto de llegar, quizás más esperada que la anterior. El País del Agua, quizás, esté en el centro de todo. Y si no lo está, debería preocuparse por demostrarlo, pues las sospechas sobre Umigarasu crecen cada vez más. Las aldeas saben que algo planea, al principio con Dragón Rojo, ahora quizás al margen de Dragón Rojo, según las últimas informaciones.

Sea como fuere, la banda sigue ahí fuera. Más perseguida que nunca por el crimen más grande de la historia reciente. Pero quizás no sean más que la punta del iceberg de las amenazas de los ninjas. Kurama, junto a sus Generales, asegura ser el próximo Emperador de Oonindo. Nadie lo dice abiertamente, pero todo el mundo sabe que algún día presentará la guerra a las puertas de cualquiera de nosotros.
Ryūnosuke Sin conexión
Miembro de Sekiryū
Dragón Rojo
Nivel: 36
Exp: 0 puntos
Dinero: 0 ryōs
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#1
Este pequeño Unific sucede justo a continuación del final de la trama de Lo que se esconde tras la niebla. Recomiendo su lectura para entender lo que viene a continuación.


¿Lo oyes, Ryū? Tu hora se acerca. Tic, toc. Tic, toc…

Ryūnosuke se levantó de golpe de la cama. Tomó a Kioku, su mandoble, y salió de la habitación con apenas los pantalones puestos y descalzo. A prisas, recorrió los pasillos de Ryūgū-jō preguntándose qué narices estaba pasando. Money había muerto, de eso estaba seguro gracias al sello. Había visto a Otohime de refilón, y a Umigarasu. Umigarasu…

Ryū se había equivocado. Él, Ryūnosuke, el Heraldo del Dragón, jamás habría votado a favor de hincar la rodilla. Por mucho que no le hiciese gracia, en aquello estaba de acuerdo con Zaide. Tendrían que haber acabado con el Daimyō y punto final. Muerto el perro, muerto la rabia.

A sus oídos llegaron, en forma de ecos, voces ajenas. Reconoció la voz de la Anciana en una de ellas. La otra jamás la había escuchado.

Pero… El sello… —escuchaba decir a la Anciana.

Oh, el sello hizo su efecto. De eso puedes estar segura, Anciana. Hizo efecto en la persona que colocasteis, y ella cumplió su papel hasta hoy.

Pero… Yo pensaba…

¿Pensabas que me conocías? —Se oyó una risa estridente—. Para eso tendrías que conocer a todos mis yos, y eso es algo que ni siquiera yo puedo decir. —Otra risa, y Ryūnosuke llegó a la abertura de la cueva justo a tiempo para verlo: la Anciana, tirada en el suelo con unas esposas supresoras de chakra cubriendo sus muñecas; Kyūtsuki, de pie y con su característica máscara de camaleón cubriéndole el rostro. A su lado había cinco personas que no conocía de nada. Ninjas o personas entrenadas en el combate, dedujo por las armas que adornaban sus manos.

Su mente sumó dos más dos.

Traidora.

Gracias por aclararlo, Ryūnosuke —replicó Kyūtsuki con una voz que jamás había oído salir de sus labios—. Tú siempre tan avispado.

El Heraldo bufó.

Lo suficiente como para saber que os hubiesen hecho falta multiplicar vuestros refuerzos por diez si queríais salir con vida de aquí. —Cinco. Cinco jodidos ninjas y un médico para derrotarle a él, el Heraldo del Dragón. ¡Era un insulto!

¿Seguro? —Pese a su jodida máscara, Ryūnosuke intuyó que había dibujado una sonrisa con sus labios.

Kyūtsuki formó un sello, y de pronto, él… Él cayó de rodillas. La vista se le nubló. El cuerpo se le enmudeció, teniendo que agarrarse al mandoble como un anciano lo haría con un triste bastón. Los párpados empezaron a pesarle una barbaridad. Tenía tantas, tantas ganas de dormir…

Dulces sueños. Conoces el veneno, ¿verdad?

Pero si no le inyectaste nada… ¡Ni te moviste! —farfulló la Anciana, incrédula.

Oh, sí lo hice. ¿O acaso habéis olvidado la larguísima operación y cuidados que recibió de mí tras el Kaji Saiban? Solo tuve que sellarle un poco de veneno en el interior del cuerpo. Con los conocimientos adecuados en iryō-nin y fūinjutsu no es tan complicado. Oh, también te cogí un poco de sangre prestada, Ryūnosuke. Espero no te importe. A Akame no le importó que le cogiese la suya. Tenéis… un ADN de lo más interesante.

En aquel momento, lo supo. Supo que Kyūtsuki, la Mujer Sin Rostro, moriría bajo sus manos. Le partiría el cuello con las manos y la tiraría a un cubo de basura. Esa era la muerte que se merecía, y esa sería la muerte que iba a darle. Si tan solo... Si tan solo pudiese levantarse.

¡Ryū! ¡Huye!

Te equivocas de hombre, Anciana. Yo ya no soy… ya no soy…

Trató de levantarse a base de pura fuerza de voluntad. Trató de consumir el somnífero que circulaba por su sangre a base de puro fuego. Pero aquel veneno era capaz de aplacar su propia rabia, que creía hasta el momento infinita. Aquel veneno era capaz de apagar su propio fuego, que creía hasta aquel momento inextinguible. Ryū no hubiese sabido qué hacer en una situación como aquella. No, porque él nunca se había visto en una situación de vulnerabilidad. Porque para él era inconcebible que algo así le sucediese.

Pero él ya no era ese. Él era Ryūnosuke, y la rabia que bullía de su ser se alimentaba de sus derrotas. Oh, había tenido unas cuantas, sí. Había saboreado la debilidad. Conocía de sus limitaciones. La Anciana tenía razón en algo.

¡¡¡AAAARRRRGGGHHHHHH!!!

Blandió la espada en un último momento de clarividencia, y el fuego lo inundó todo. La cueva; el lago; la mesa redonda… Sabía que entre los seis serían capaces de mitigarlo, o incluso detenerlo, pero su objetivo no era darles, sino ganar tiempo. Realizó una tanda corta de sellos y se mordió el dedo pulgar antes de estampar la mano contra el suelo.

Un dragón de komodo apareció en una gigantesca nube de humo blanca, que oyó la voz de su amo alta y clara. Luego el Heraldo cayó dormido al suelo…

… y el dragón se lo engulló antes de perforar el suelo y desaparecer en el subsuelo.

Aquel día, tres Ryūtos habían abandonado a su suerte a otros tres. Aquel día, el Dragón Rojo de Ocho Cabezas había quedado reducida a cuatro. Aquel día, el principio del fin había llegado para ellos.

Paradójicamente, meses más tarde el grupo criminal llevó a cabo uno de los mayores atentados de la historia ninja. A pesar de estar en su momento más vulnerable. O, quizá, por ser su momento más vulnerable. Solo el tiempo diría si con eso habían terminado de sellar su propia tumba o encontrarían nuevos y mejores aliados gracias a su osadía.
[Imagen: S0pafJH.png]
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