25/04/2016, 22:53
(Última modificación: 25/04/2016, 22:55 por Aotsuki Ayame.)
Unos brazos la rodearon súbitamente y Ayame tensó todos los músculos del cuerpo al creer que se trataba de una nueva emboscada. Pero se equivocaba. Aquellos brazos no la estaban reteniendo, la estaban abrazando. Y estaban cargados de alivio y calidez. Hasta su nariz llegó un agradable olor a pino, a bosque, y a algo que no supo identificar.
—A... Aya-Ayame... Menos mal que estás bien, yo... Yo...
—Daruu... —se le escapó, y las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos.
Daruu se separó de ella, con los ojos igual de inundados que los de ella, pero no soltó sus hombros. Ayame tuvo la sensación de que su compañero de aldea temía que fuera a desvanecerse en cualquier momento.
—Creía que no saldríamos vivos de esta. Creía que estabas muerta —le dijo, y una lágrima resbaló por su mejilla cuando apartó la mirada.
—Yo... también... —le confesó, aterrada. Pocas veces se había visto al borde del abismo que separaba la vida de la muerte, pero sin duda aquella experiencia había sido de las más aterradoras que había tenido hasta el momento. Como si de una broma de mal gusto del destino se tratara, había estado convencida de que moriría asfixiada. Ella, que no podía ahogarse.
—Y ha sido horrible. Yo...
—Yo...
Las frases de los dos muchachos se entremezclaban, inconexas, sin sentido alguno, pero cargadas de sentimiento. Ambos acababan de pasar por el momento más intenso en sus cortas vidas. Habían temido por su vida, por la vida del otro...
—Yo... No quiero perderte. Eres... mi primera amiga de verdad, creo... Creo... Creo que me estoy enamorando de ti.
Los ojos de Daruu refulgieron con un brillo inusual y, antes de que Ayame pudiera siquiera comprender qué era lo que le acababa de decir, se inclinó sobre ella y la besó. Fue un beso breve pero inmensamente dulce que trasladó el calor de sus mejillas al centro de su pecho y lo extendió al resto de su cuerpo como una bomba a presión. Era el beso de dos chiquillos que acaban de conocer un sentimiento nuevo e inexplicable. Y, aún así, cuando se separaron, decenas de voces se agolparon en la mente de la confundida Ayame.
«¿Te gusta Hanaiko Daruu?» «A ti te gusta mi hijo, ¿verdad?» «Sólo quería decirte que él parece también algo interesado en ti.» Pero yo creo que hacéis buena pareja.» «Siempre que hagas uso de la razón, puedes enamorarte de quien quieras y encapricharte de quien quieras. Nadie debería privarse de esas cosas»
La cabeza le daba mil vueltas. Las piernas le temblaban hasta tal punto que temió que le fallaran y la hicieran caer al suelo de rodillas. Completamente aturdida, incapaz de comprender qué era aquello tan complicado que su corazón intentaba gritar a los siete cielos, se tapó el rostro con las manos y sus hombros se sacudieron en un sollozo silencioso.
—Y... yo... yo... t... tamb... también... creo que... meestoyenamorandodeti —balbuceaba, con un hilo de voz apenas perceptible. Y terminó por unir las últimas palabras en una amalgama aún más incomprensible—. Pero... pero yo... —sus dedos se cerraron con fuerza en torno a la bandana que cubría su frente.
¿Pero qué? Podría decir tantas cosas al respecto...
«Pero tengo una luna en la frente... Pero soy un monstruo genocida... Pero acabamos de matar a tres personas... Pero estamos rodeados de cadáveres... Pero... Pero...»
—A... Aya-Ayame... Menos mal que estás bien, yo... Yo...
—Daruu... —se le escapó, y las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos.
Daruu se separó de ella, con los ojos igual de inundados que los de ella, pero no soltó sus hombros. Ayame tuvo la sensación de que su compañero de aldea temía que fuera a desvanecerse en cualquier momento.
—Creía que no saldríamos vivos de esta. Creía que estabas muerta —le dijo, y una lágrima resbaló por su mejilla cuando apartó la mirada.
—Yo... también... —le confesó, aterrada. Pocas veces se había visto al borde del abismo que separaba la vida de la muerte, pero sin duda aquella experiencia había sido de las más aterradoras que había tenido hasta el momento. Como si de una broma de mal gusto del destino se tratara, había estado convencida de que moriría asfixiada. Ella, que no podía ahogarse.
—Y ha sido horrible. Yo...
—Yo...
Las frases de los dos muchachos se entremezclaban, inconexas, sin sentido alguno, pero cargadas de sentimiento. Ambos acababan de pasar por el momento más intenso en sus cortas vidas. Habían temido por su vida, por la vida del otro...
—Yo... No quiero perderte. Eres... mi primera amiga de verdad, creo... Creo... Creo que me estoy enamorando de ti.
Los ojos de Daruu refulgieron con un brillo inusual y, antes de que Ayame pudiera siquiera comprender qué era lo que le acababa de decir, se inclinó sobre ella y la besó. Fue un beso breve pero inmensamente dulce que trasladó el calor de sus mejillas al centro de su pecho y lo extendió al resto de su cuerpo como una bomba a presión. Era el beso de dos chiquillos que acaban de conocer un sentimiento nuevo e inexplicable. Y, aún así, cuando se separaron, decenas de voces se agolparon en la mente de la confundida Ayame.
«¿Te gusta Hanaiko Daruu?» «A ti te gusta mi hijo, ¿verdad?» «Sólo quería decirte que él parece también algo interesado en ti.» Pero yo creo que hacéis buena pareja.» «Siempre que hagas uso de la razón, puedes enamorarte de quien quieras y encapricharte de quien quieras. Nadie debería privarse de esas cosas»
La cabeza le daba mil vueltas. Las piernas le temblaban hasta tal punto que temió que le fallaran y la hicieran caer al suelo de rodillas. Completamente aturdida, incapaz de comprender qué era aquello tan complicado que su corazón intentaba gritar a los siete cielos, se tapó el rostro con las manos y sus hombros se sacudieron en un sollozo silencioso.
—Y... yo... yo... t... tamb... también... creo que... meestoyenamorandodeti —balbuceaba, con un hilo de voz apenas perceptible. Y terminó por unir las últimas palabras en una amalgama aún más incomprensible—. Pero... pero yo... —sus dedos se cerraron con fuerza en torno a la bandana que cubría su frente.
¿Pero qué? Podría decir tantas cosas al respecto...
«Pero tengo una luna en la frente... Pero soy un monstruo genocida... Pero acabamos de matar a tres personas... Pero estamos rodeados de cadáveres... Pero... Pero...»