28/10/2016, 10:40
El Uchiha de Inaka se percató de que alguien se acercaba y, tras girar levemente la cabeza, pudo distinguir por el rabillo del ojo la figura de su compañero de Aldea. Akame le había visto hablando con uno de los lugareños, pero no había podido prestar suficiente atención —ocupado como estaba cargando al fornido amegakureño— como para enterarse de la conversación, y por tanto no sabía que el joven Uchiha de Taki había conseguido, finalmente, que aquel pescador le dijera dónde vivía el viejo señor Iwata.
—Así que este es tu plan, ¿eh? Comprarle un par de bolitas de arroz y esperar que por ello te perdone por haberle atacado por la espalda… Se ve que eres un tipo optimista, Akame.
El aludido le devolvió la sonrisa, con aquella expresión calma y afable que le caracterizaba.
—En realidad son nutrientes necesarios para recuperarse de la pérdida de consciencia. Probablemente estará mareado cuando se despierte —replicó Akame, sin perder ni por un momento su tono tranquilo.
Datsue se echó sobre la hierba a su lado, estirándose. Luego le dió su opinión sobre el asunto, la cual Akame recibió con una inclinación de cabeza. Alzó los ojos al cielo, cubierto por aquella espesa niebla.
—No creo que yo sea mejor persona que tú. Sólo más pragmático.
En ese justo momento, Karamaru volvió en sí. Torpemente se incorporó, palpándose la zona donde debía haberle salido un buen moratón, bajo la atenta mirada del Uchiha de Inaka. El calvo pasó de los alimentos y se sentó junto a los dos parientes lejanos con gesto pensativo. Cuando habló, Akame no pudo evitar sonreír.
—Pareces una buena persona, Karamaru-kun —respondió el Uchiha—. Rectificar es de sabios.
Así que allí estaban los tres muchachos, junto al río que daba nombre a Kawabe, pasada ya la hora del mediodía. Akame sacó de uno de sus bolsillos una bola de arroz rellena de carne y envuelta en papel de traza, y sin mediar palabra empezó a devorarla mientras seguía tomando sorbos de su té.
—Bueno, ¿y ahora qué? Dudo que seamos bienvenidos por aquí, y tampoco vamos a sacar nada de los lugareños. Nos hemos ganado su enemistad insultando al alguacil.
—Así que este es tu plan, ¿eh? Comprarle un par de bolitas de arroz y esperar que por ello te perdone por haberle atacado por la espalda… Se ve que eres un tipo optimista, Akame.
El aludido le devolvió la sonrisa, con aquella expresión calma y afable que le caracterizaba.
—En realidad son nutrientes necesarios para recuperarse de la pérdida de consciencia. Probablemente estará mareado cuando se despierte —replicó Akame, sin perder ni por un momento su tono tranquilo.
Datsue se echó sobre la hierba a su lado, estirándose. Luego le dió su opinión sobre el asunto, la cual Akame recibió con una inclinación de cabeza. Alzó los ojos al cielo, cubierto por aquella espesa niebla.
—No creo que yo sea mejor persona que tú. Sólo más pragmático.
En ese justo momento, Karamaru volvió en sí. Torpemente se incorporó, palpándose la zona donde debía haberle salido un buen moratón, bajo la atenta mirada del Uchiha de Inaka. El calvo pasó de los alimentos y se sentó junto a los dos parientes lejanos con gesto pensativo. Cuando habló, Akame no pudo evitar sonreír.
—Pareces una buena persona, Karamaru-kun —respondió el Uchiha—. Rectificar es de sabios.
Así que allí estaban los tres muchachos, junto al río que daba nombre a Kawabe, pasada ya la hora del mediodía. Akame sacó de uno de sus bolsillos una bola de arroz rellena de carne y envuelta en papel de traza, y sin mediar palabra empezó a devorarla mientras seguía tomando sorbos de su té.
—Bueno, ¿y ahora qué? Dudo que seamos bienvenidos por aquí, y tampoco vamos a sacar nada de los lugareños. Nos hemos ganado su enemistad insultando al alguacil.