2/11/2016, 00:09
—¡Esta es la furia! ¡La sangre que desea Sharkito! —exclamó el animado hombrecillo, al parecer nada amedrentado por el hecho de tener un filo apuntando directamente hacia su tráquea.
Ayame frunció el ceño, airada. Pero antes de que pudiera siquiera pensar qué debía hacer a continuación sintió que alguien la agarraba por la cintura y la lanzaba por los aires. Ni siquiera le dio tiempo a gritar. Los aullidos del público se vieron ahogados súbitamente cuando su cuerpo se hundió en el agua. Sobresaltada, Ayame abrió los ojos y miró con sobresalto a su alrededor. El tiburón había esquivado su caída pero ahora había virado y se dirigía a ella a toda velocidad, con aquellas fauces repletas de navajas abiertas de par en par hacia ella.
«¡Oh, no!» Maldijo para sí, cruzando los brazos frente a su cuerpo en un vago intento de defenderse y, a sabiendas de que no podría competir contra la velocidad de un animal marino, se preparó para licuar su cuerpo para evitar los mayores daños que estaba a punto de sufrir.
Cerró los ojos, esperando el dolor de aquellos colmillos atravesándola por múltiples puntos. Pero nunca llegó. El tiburón cerró sus mandíbulas con un mortífero chasquido justo antes de alcanzarla y Ayame se atrevió a entreabrir los ojos, confundida. Ante ella ya no se encontraba un pez, sino un hombre que había alzado los brazos hacia el cielo esperando los aplausos del público.
—Gracias por participar —le dijo, y la sangre de Ayame empezó a hervir en sus entrañas.
«Están jugando conmigo...» Comprendió, y su brazo comenzó a inflarse de una manera completamente antinatural. Antes de que nadie pudiera hacer nada por detenerla, se impulsó hacia la pared de cristal de aquella pecera gigante y estampó su colosal puño contra ella. «Veamos si cuando todos estéis igual de empapados que yo os seguís riendo igual.»
Con el chasquido del hielo rompiéndose, el cristal se resquebrajó. Y la presión del agua no tardó en hacerlo estallar en mil pedazos. La ola se liberó como un monstruo recién despertado de su sueño, desperezándose y cubriendo a todos los espectadores bajo su manto. Ayame cayó sobre la tarima entre jadeos, pero no tardó en alzarse y, sin mirar siquiera a nadie, saltó del estrado y dirigió sus enrabiados pasos al primer callejón que fue capaz de atisbar en la lejanía.
—Malditos... estúpidos... —gruñía, mientras se escurría inútilmente el pelo bajo la lluvia. Estaba calada de los pies a las orejas. ¿Cómo demonios se lo iba a explicar a su padre? Ya se enfadaba cuando se le olvidaba el paraguas y terminaba empapada por la lluvia, ¿cómo reaccionaría si llegara a casa como si se hubiese metido en el lago de Amegakure?—. Me va a matar... Me va a matar... —enrabiada, le asestó una patada a una pobre lata que se cruzó en su camino y terminó rebotando contra la pared más cercana.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)