16/11/2016, 01:13
Aquella mañana, fue un peculiar sonido dentro de su propia habitación lo que despertó a Ayame. Un suave ulular, casi como un arrullo o el ronroneo de un gato, la sobresaltó pese a lo sutil discreción. Después de todo, no era un sonido al que estuviera acostumbrada a escuchar dentro de su habitación.
—Q... ¿Qué...? —balbuceó, luchando por abrir los ojos. Y aún cuando lo hizo, tuvo que esforzarse en acostumbrarse a la tenue oscuridad que la rodeaba y enfocar la vista hacia el ave que reposaba, majestuosa y calmada, a los pies de su cama. Era un búho nival—. ¡Shirokurō! Me has asustado... ¿Qué haces aquí?
Perezosa, Ayame se destapó y prácticamente reptó por la cama hacia Shirokurō, el búho nival de su hermano. Kōri solía utilizar a aquel ave para enviar y recibir mensajes, por eso no le sorprendió ver que llevaba un pergamino atado en una de sus patas. Lo que sí le llamó la atención fue ver que tenía las plumas revueltas y que chasqueaba el pico constantemente, claramente irritado.
—¿Pero qué te ha pasado? —le preguntó, mientras que le quitaba con suavidad el pergamino de la pata—. Parece que te hubieras peleado con un perro o algo así.
No pudo evitar reírse, y con un último chasquido Fukurō batió las alas y salió por la puerta de su habitación. Ayame no le dio más importancia. Intrigada, se sentó con las piernas cruzadas y desenrolló el mensaje. No pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
No tardó en vestirse ni media hora. Y tal fue la carrera que se pegó que sólo tardó media hora más en plantarse en el puente de entrada a la villa. Estaba emocionada. Muy emocionada. Y no podía hacer nada por disimularlo.
Habían pasado varios días desde que saliera del hospital de Amegakure, después de recuperarse de sus heridas durante su combate contra Daruu. Pero no había habido ninguna noticia al respecto del equipo Kōri. De hecho, su hermano apenas se había pasado por casa durante aquellos días. Su padre decía que había estado liado con el papeleo para la creación del equipo. Pero parecía que había llegado el momento de entrar de nuevo en acción. Y tenía a los mejores compañeros de misión que podría haber soñado jamás.
«Un rescate. Qué lejos parecen ahora esas aburridas misiones de asistir en conferencias sobre vacunas y rescatar mascotas subidas a un árbol.» Pensaba, con el pecho henchido de puro orgullo.
—Q... ¿Qué...? —balbuceó, luchando por abrir los ojos. Y aún cuando lo hizo, tuvo que esforzarse en acostumbrarse a la tenue oscuridad que la rodeaba y enfocar la vista hacia el ave que reposaba, majestuosa y calmada, a los pies de su cama. Era un búho nival—. ¡Shirokurō! Me has asustado... ¿Qué haces aquí?
Perezosa, Ayame se destapó y prácticamente reptó por la cama hacia Shirokurō, el búho nival de su hermano. Kōri solía utilizar a aquel ave para enviar y recibir mensajes, por eso no le sorprendió ver que llevaba un pergamino atado en una de sus patas. Lo que sí le llamó la atención fue ver que tenía las plumas revueltas y que chasqueaba el pico constantemente, claramente irritado.
—¿Pero qué te ha pasado? —le preguntó, mientras que le quitaba con suavidad el pergamino de la pata—. Parece que te hubieras peleado con un perro o algo así.
No pudo evitar reírse, y con un último chasquido Fukurō batió las alas y salió por la puerta de su habitación. Ayame no le dio más importancia. Intrigada, se sentó con las piernas cruzadas y desenrolló el mensaje. No pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
Queridos Daruu y Ayame:
Ha pasado algún tiempo desde que salisteis del hospital. Lamento que no hayáis tenido noticias mías al respecto del equipo desde entonces, pero los trámites para encontrar una misión adecuada se han alargado un poco. Nos he conseguido una misión de rango C. Se trata de un rescate. Nada demasiado complicado: unos asaltadores de caminos han secuestrado a la hija de un pequeño comerciante de Coladragón y ahora piden una cantidad inaceptable como rescate.
Iremos al pueblo, hablaremos con los padres de la víctima y el resto de habitantes, recopilaremos la información necesaria y buscaremos el paradero de la chica. La rescataremos y la devolveremos a su familia.
Os espero dentro de una hora en el puente de entrada a la villa.
Un saludo cordial,
Kōri, vuestro sensei.
Ha pasado algún tiempo desde que salisteis del hospital. Lamento que no hayáis tenido noticias mías al respecto del equipo desde entonces, pero los trámites para encontrar una misión adecuada se han alargado un poco. Nos he conseguido una misión de rango C. Se trata de un rescate. Nada demasiado complicado: unos asaltadores de caminos han secuestrado a la hija de un pequeño comerciante de Coladragón y ahora piden una cantidad inaceptable como rescate.
Iremos al pueblo, hablaremos con los padres de la víctima y el resto de habitantes, recopilaremos la información necesaria y buscaremos el paradero de la chica. La rescataremos y la devolveremos a su familia.
Os espero dentro de una hora en el puente de entrada a la villa.
Un saludo cordial,
Kōri, vuestro sensei.
No tardó en vestirse ni media hora. Y tal fue la carrera que se pegó que sólo tardó media hora más en plantarse en el puente de entrada a la villa. Estaba emocionada. Muy emocionada. Y no podía hacer nada por disimularlo.
Habían pasado varios días desde que saliera del hospital de Amegakure, después de recuperarse de sus heridas durante su combate contra Daruu. Pero no había habido ninguna noticia al respecto del equipo Kōri. De hecho, su hermano apenas se había pasado por casa durante aquellos días. Su padre decía que había estado liado con el papeleo para la creación del equipo. Pero parecía que había llegado el momento de entrar de nuevo en acción. Y tenía a los mejores compañeros de misión que podría haber soñado jamás.
«Un rescate. Qué lejos parecen ahora esas aburridas misiones de asistir en conferencias sobre vacunas y rescatar mascotas subidas a un árbol.» Pensaba, con el pecho henchido de puro orgullo.