2/01/2017, 00:34
De repente, Mogura frenó sus pasos y terminó por pararse.
—Oh... Curioso —dijo, con la mirada clavada en un punto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ayame, con un hilo de voz, deteniéndose junto a él. ¿Acaso había visto algo que les hubiera truncado el plan? ¿Acaso el restaurante estaba cerrado tal y como temían?
Le alivió comprobar que no era nada de eso. Mogura contemplaba un cartel de una película que estaban emitiendo en el cine aquellos días. En él, dos jóvenes con las manos unidas se miraban con ojos acaramelados. A las espaldas del joven se apreciaba una figura lupina con forma antropomórfica, algo parecido a un hombre lobo; mientras que a las espaldas de la muchacha lo que aparecía era un niño. Presumiblemente, hijo de la pareja. Ayame se removió, algo inquieta. ¿Era su imaginación o los dos protagonistas se parecían a ella misma y a Daruu?
«Bah. No digas tonterías.» Se reprendió, sacudiendo la cabeza.
—Han hecho una adaptación al cine del libro —añadió Mogura, y Ayame le miró con extrañeza. No recordaba haber oído hablar de aquel libro. Y era extraño, considerando que a ella le gustaba leer—. El lobo... que historia tan dramática... —Mogura dejó escapar un pesado suspiro, como si acabara de recordar algo verdaderamente pesaroso—. Bueno, sigamos.
Ayame asintió, con una nueva tiritona. Sin embargo, el mundo debía de haberse puesto en su contra aquella noche. Un veloz movimiento por el rabillo del ojo le alertó de que algo se abalanzaba sobre ella, y apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado con la agilidad de un gato.
Una lechuga botó y chapoteó en el suelo una, dos, tres veces antes de detenerse en suelo siempre encharcado.
—¡¿Pero qué dem...?! —masculló Ayame, alterada—. ¡¡EH, TÚ!!
Una sombra blanca se había escabullido tras la última esquina del callejón como una rata huyendo del gato. ¿Acaso no había tenido ya suficiente? ¿No bastaba con lanzarla a una piscina con un hombre-tiburón para dejarla en ridículo frente a toda Amegakure para un mero espectáculo circense que ahora la gente se divertía lanzándole lechugas? Ayame se adelantó, dispuesta a perseguir a quien quiera que fuera que hubiera hecho aquello. Sin embargo, se detuvo en seco en el último momento, con los puños cerrados de pura rabia.
—Vámonos, Mogura. Será mejor que encontremos ese restaurante tuyo antes de que... yo que sé —replicó, malhumorada, antes de seguir los pasos de su compañero de aldea.
—Oh... Curioso —dijo, con la mirada clavada en un punto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ayame, con un hilo de voz, deteniéndose junto a él. ¿Acaso había visto algo que les hubiera truncado el plan? ¿Acaso el restaurante estaba cerrado tal y como temían?
Le alivió comprobar que no era nada de eso. Mogura contemplaba un cartel de una película que estaban emitiendo en el cine aquellos días. En él, dos jóvenes con las manos unidas se miraban con ojos acaramelados. A las espaldas del joven se apreciaba una figura lupina con forma antropomórfica, algo parecido a un hombre lobo; mientras que a las espaldas de la muchacha lo que aparecía era un niño. Presumiblemente, hijo de la pareja. Ayame se removió, algo inquieta. ¿Era su imaginación o los dos protagonistas se parecían a ella misma y a Daruu?
«Bah. No digas tonterías.» Se reprendió, sacudiendo la cabeza.
—Han hecho una adaptación al cine del libro —añadió Mogura, y Ayame le miró con extrañeza. No recordaba haber oído hablar de aquel libro. Y era extraño, considerando que a ella le gustaba leer—. El lobo... que historia tan dramática... —Mogura dejó escapar un pesado suspiro, como si acabara de recordar algo verdaderamente pesaroso—. Bueno, sigamos.
Ayame asintió, con una nueva tiritona. Sin embargo, el mundo debía de haberse puesto en su contra aquella noche. Un veloz movimiento por el rabillo del ojo le alertó de que algo se abalanzaba sobre ella, y apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado con la agilidad de un gato.
Una lechuga botó y chapoteó en el suelo una, dos, tres veces antes de detenerse en suelo siempre encharcado.
—¡¿Pero qué dem...?! —masculló Ayame, alterada—. ¡¡EH, TÚ!!
Una sombra blanca se había escabullido tras la última esquina del callejón como una rata huyendo del gato. ¿Acaso no había tenido ya suficiente? ¿No bastaba con lanzarla a una piscina con un hombre-tiburón para dejarla en ridículo frente a toda Amegakure para un mero espectáculo circense que ahora la gente se divertía lanzándole lechugas? Ayame se adelantó, dispuesta a perseguir a quien quiera que fuera que hubiera hecho aquello. Sin embargo, se detuvo en seco en el último momento, con los puños cerrados de pura rabia.
—Vámonos, Mogura. Será mejor que encontremos ese restaurante tuyo antes de que... yo que sé —replicó, malhumorada, antes de seguir los pasos de su compañero de aldea.


![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)