28/07/2017, 20:35
—¿Unas cabras? —Akame asintió, pensativo.
Sí que recordaba aquella casa, la única con un precario corral hecho de vallas de madera destartaladas y con dos cabras atadas a un poste dentro de él. Entonces el Uchiha se dio cuenta de un pequeño detalle, y calló a sus compañeros alzando el dedo índice con rapidez.
—Cuando pasamos frente a esa casa hace unas horas había dos cabras. Hace unos momentos, sólo se escuchaba balar a una. Y ahora... —silencio.
El gennin intercambió miradas con sus compañeros de profesión. Desde luego, aquella casa era el único elemento dispar en el mar de homogeneidad que era aquel pueblo.
Fue entonces cuando Datsue sugirió que compartiesen sus habilidades a fin de poder entenderse mejor si la situación se torcía y se veían obligados a tomar las bravas. «Sí, como que voy a revelar mis técnicas a un amenio...» Akame se debatió unos momentos entre el secreto profesional y su instinto de supervivencia. Al final, optó por ser tan —o más— escueto que sus dos compañeros.
—Me desenvuelvo bien en cualquier situación —replicó, e incluso en aquel momento su voz se tiñó de un tono calmo y seguro.
Sea como fuere, el Uchiha encabezó una vez más la marcha por las solitarias calles del pueblo. Ni siquiera se veían luces encendidas en ninguna casa —aunque eso podía explicarse por el hecho de que era ya de madrugada—, y el silencio era tan penetrante que los pasos de los gennin resonaban sin remedio, incluso aunque intentasen moverse sin hacer ruido.
Al final llegaron a la casa a la que se refería Datsue, la número siete. El destartalado corralito estaba, en efecto, vacío —ni rastro de las cabras—. Las persianas estaban echadas y no se veía ninguna luz saliendo del interior.
Akame rodeó el edificio, observando cada posible entrada. Las ventanas no tenían barrotes, sólo una cerradura bastante pobre. Además de la puerta delantera, había otra entrada en el patio trasero, donde estaba ubicado el corral; esta última parecía tener una cerradura más parca que la de la entrada principal.
El Uchiha se apostó, espalda contra la pared, bajo una de las ventanas de la parte trasera. Cogió aire, inspirando profundamente, y expiró con suavidad. Luego se volvió hacia sus compañeros.
—No parece que haya nadie en casa, pero a estas alturas cualquiera sabe.
Sí que recordaba aquella casa, la única con un precario corral hecho de vallas de madera destartaladas y con dos cabras atadas a un poste dentro de él. Entonces el Uchiha se dio cuenta de un pequeño detalle, y calló a sus compañeros alzando el dedo índice con rapidez.
—Cuando pasamos frente a esa casa hace unas horas había dos cabras. Hace unos momentos, sólo se escuchaba balar a una. Y ahora... —silencio.
El gennin intercambió miradas con sus compañeros de profesión. Desde luego, aquella casa era el único elemento dispar en el mar de homogeneidad que era aquel pueblo.
Fue entonces cuando Datsue sugirió que compartiesen sus habilidades a fin de poder entenderse mejor si la situación se torcía y se veían obligados a tomar las bravas. «Sí, como que voy a revelar mis técnicas a un amenio...» Akame se debatió unos momentos entre el secreto profesional y su instinto de supervivencia. Al final, optó por ser tan —o más— escueto que sus dos compañeros.
—Me desenvuelvo bien en cualquier situación —replicó, e incluso en aquel momento su voz se tiñó de un tono calmo y seguro.
Sea como fuere, el Uchiha encabezó una vez más la marcha por las solitarias calles del pueblo. Ni siquiera se veían luces encendidas en ninguna casa —aunque eso podía explicarse por el hecho de que era ya de madrugada—, y el silencio era tan penetrante que los pasos de los gennin resonaban sin remedio, incluso aunque intentasen moverse sin hacer ruido.
Al final llegaron a la casa a la que se refería Datsue, la número siete. El destartalado corralito estaba, en efecto, vacío —ni rastro de las cabras—. Las persianas estaban echadas y no se veía ninguna luz saliendo del interior.
Akame rodeó el edificio, observando cada posible entrada. Las ventanas no tenían barrotes, sólo una cerradura bastante pobre. Además de la puerta delantera, había otra entrada en el patio trasero, donde estaba ubicado el corral; esta última parecía tener una cerradura más parca que la de la entrada principal.
El Uchiha se apostó, espalda contra la pared, bajo una de las ventanas de la parte trasera. Cogió aire, inspirando profundamente, y expiró con suavidad. Luego se volvió hacia sus compañeros.
—No parece que haya nadie en casa, pero a estas alturas cualquiera sabe.