6/07/2015, 16:47
La lluvía caía sobre ellos como un pesado abrigo. Para Ayame, quizás por primera vez en mucho tiempo, era como un castigo, como la sentencia de lo inevitable. Todo se había sumido en un plomizo gris que sólo podía augurar lo que estaba a punto de acontecer. Y aunque no sabía qué era lo que pensaba sus compañeros, sí sabía que ellos estaban sintiendo lo mismo que ella. Daruu había golpeado el suelo en un arrebato de rabia, y Reiji se mantenía inmóvil más allá, aprisionado por una capa de hielo que ya comenzaba a derretirse al encontrarse fuera del influjo del ninja de blanco. Pero no se atrevía a mirarlos a la cara, no se atrevía a moverse del sitio. Porque aún arrodillada sobre la tierra, con el manto de agua cayendo sobre su espalda como un millar de latigazos, se sentía terriblemente culpable.
Y el gélido silencio en el que se había sumido Kōri, concentrado únicamente en su bollito de vainilla y canela, no hacía sino empeorar la tensión que caía sobre ellos.
La voz de Daruu resquebrajaría ese silencio como una llamarada, y Ayame alzó la mirada hacia él al escucharle.
—¿Qu...? —preguntó, con un hilo de voz. Sus cabellos, chorreantes, ondearon con el movimiento.
Kōri, que comía relajado, se permitió el lujo de llevarse el último trozo a la boca, masticar y tragar antes de responderle. Sus ojos claros se clavaron en el muchacho.
—Me estaba preguntando si debería aprobarte siquiera a ti —le espetó, con aquella inexpresividad tan característica suya—. Daruu-kun, has conservado el cascabel. Pero para hacerlo has recurrido a su práctica destrucción. Un hecho así es inadmisible en cualquier tipo de misión de custodia. Ya os lo he dicho antes, pero vuelvo a repetirlo: si os mandan guardar unos pergaminos de unos ninjas de otra aldea, ¿os los tragaríais sin posibilidad de recuperarlos intactos más tarde? ¿Cómo se lo explicaríais después a vuestro cliente?
Kōri hizo un nuevo silencio tras sus palabras, como si quisiera que calara en sus mentes. Y Ayame agachó la cabeza durante aquellos tensos segundos.
El jonin se volvió hacia el chico-vampiro. El hielo ya se había deshecho a su alrededor, era libre.
—Os dije expresamente que os tomárais esto como una misión, no como un simple examen. Y tú, Reiji-kun, parece que te lo has tomado totalmente en broma desde el principio. Perdiste tiempo tallando esas flechas en los árboles para después transformarte en un perezoso, ¿de verdad pensabas que algo así podría funcionar o simplemente nos estabas tomando el pelo a todos?
Pero ni siquiera le dio tiempo a responder. Antes de que pudiera siquiera abrir la boca, se volvió hacia Ayame, que seguía acurrucada en su sitio con la mirada fija en el suelo.
—Está claro que ni siquiera sabéis trabajar en equipo. Ayame —la llamó, y ella pegó un ligero brinco al escucharle—. Tú te has empeñado una y otra vez en ir por tu cuenta. Si os hubiéseis coordinado como lo habéis hecho hacia el final de la prueba podríais haber conseguido mi cascabel. Pero para cuando os habéis dado cuenta de ello ya era demasiado tarde.
Un nuevo silencio. Y Ayame sintió una fuerte opresión en el pecho que le obligó a cerrar los ojos para evitar que las lágrimas se desbordaran de sus ojos.
—Por esa razón... Estáis los tres suspensos.
La guillotina se descolgó. El corazón pareció olvidarse de latir durante un instante. El mundo se derrumbó sobre ella. Dejó de sentir la lluvia sobre su espalda. Todo parecía volverse más y más gris por momentos.
—¿Qué...?
—No habéis aprobado. Entregadme las bandanas, mañana mismo volveréis a la academia.
Alzó la mano, con la palma hacia arriba.
Y el gélido silencio en el que se había sumido Kōri, concentrado únicamente en su bollito de vainilla y canela, no hacía sino empeorar la tensión que caía sobre ellos.
La voz de Daruu resquebrajaría ese silencio como una llamarada, y Ayame alzó la mirada hacia él al escucharle.
—¿Qu...? —preguntó, con un hilo de voz. Sus cabellos, chorreantes, ondearon con el movimiento.
Kōri, que comía relajado, se permitió el lujo de llevarse el último trozo a la boca, masticar y tragar antes de responderle. Sus ojos claros se clavaron en el muchacho.
—Me estaba preguntando si debería aprobarte siquiera a ti —le espetó, con aquella inexpresividad tan característica suya—. Daruu-kun, has conservado el cascabel. Pero para hacerlo has recurrido a su práctica destrucción. Un hecho así es inadmisible en cualquier tipo de misión de custodia. Ya os lo he dicho antes, pero vuelvo a repetirlo: si os mandan guardar unos pergaminos de unos ninjas de otra aldea, ¿os los tragaríais sin posibilidad de recuperarlos intactos más tarde? ¿Cómo se lo explicaríais después a vuestro cliente?
Kōri hizo un nuevo silencio tras sus palabras, como si quisiera que calara en sus mentes. Y Ayame agachó la cabeza durante aquellos tensos segundos.
El jonin se volvió hacia el chico-vampiro. El hielo ya se había deshecho a su alrededor, era libre.
—Os dije expresamente que os tomárais esto como una misión, no como un simple examen. Y tú, Reiji-kun, parece que te lo has tomado totalmente en broma desde el principio. Perdiste tiempo tallando esas flechas en los árboles para después transformarte en un perezoso, ¿de verdad pensabas que algo así podría funcionar o simplemente nos estabas tomando el pelo a todos?
Pero ni siquiera le dio tiempo a responder. Antes de que pudiera siquiera abrir la boca, se volvió hacia Ayame, que seguía acurrucada en su sitio con la mirada fija en el suelo.
—Está claro que ni siquiera sabéis trabajar en equipo. Ayame —la llamó, y ella pegó un ligero brinco al escucharle—. Tú te has empeñado una y otra vez en ir por tu cuenta. Si os hubiéseis coordinado como lo habéis hecho hacia el final de la prueba podríais haber conseguido mi cascabel. Pero para cuando os habéis dado cuenta de ello ya era demasiado tarde.
Un nuevo silencio. Y Ayame sintió una fuerte opresión en el pecho que le obligó a cerrar los ojos para evitar que las lágrimas se desbordaran de sus ojos.
—Por esa razón... Estáis los tres suspensos.
La guillotina se descolgó. El corazón pareció olvidarse de latir durante un instante. El mundo se derrumbó sobre ella. Dejó de sentir la lluvia sobre su espalda. Todo parecía volverse más y más gris por momentos.
—¿Qué...?
—No habéis aprobado. Entregadme las bandanas, mañana mismo volveréis a la academia.
Alzó la mano, con la palma hacia arriba.

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