29/07/2017, 17:20
Con ambos pies sobre el interior de la oscura habitación, el gyojin se permitió dar un rápido aunque profundo vistazo a los vestigios más evidentes del cuarto. Lucía como un hogar de lo más común, tan monótono como el nombre de la isla en la que había sido construida; dando la apariencia de una especie de almacén.
A su derecha, había un buen cúmulo de cajas amontonadas, además del mobiliario común.
Lo primero que llamó su atención, evidentemente, fue la puerta contigua —que abierta— daba hasta un largo pasillo conexo hasta el otro lado de la casa, de donde se veía despedida una tenue luz amarillenta desde el fondo de unas escaleras descendentes, hacia lo que sería probablemente el sótano de la casa. Y acompañando a la iluminación, el fatídico cántico de ritual que ya conocía muy bien, cuya melodía le había quedado bien grabada en la cabeza.
La posibilidad, aún sin comprobar nada, le hizo temblar. Y quiso retroceder, como si buscase la ventana para salir de ahí cuanto antes, y sin embargo... su falta de decoro para con éste movimiento hizo crujir el suelo, rompiendo con el silencio que envolvía el interior de la habitación y revelando la intrusión, probablemente, a quienes hacían el ritual.
«Palmé»
Pudo sentir la prisa con la que alguien ascendía desde el sótano, y poco antes de buscar él el resguardo ante el peligro inminente de que le descubrieran, pudo notar a la menuda figura de una persona cubierta en su totalidad por una túnica negra. Éste oteó el pasillo con prisa, hasta que dio finalmente con la ventana abierta. Para entonces, ya Kaido se encontraba arrinconado entre las cajas, inundando su cuerpo de chakra y acelerando así el proceso en el que toda su masa corporal mutaría tras los sellos respectivos, en una caja de madera similar a la del montón de pila en el costado derecho de la habitación. Entre el Henge, y la oscuridad de la noche, con suerte pasaría desapercibido ante la aproximación del enemigo.
A su derecha, había un buen cúmulo de cajas amontonadas, además del mobiliario común.
Lo primero que llamó su atención, evidentemente, fue la puerta contigua —que abierta— daba hasta un largo pasillo conexo hasta el otro lado de la casa, de donde se veía despedida una tenue luz amarillenta desde el fondo de unas escaleras descendentes, hacia lo que sería probablemente el sótano de la casa. Y acompañando a la iluminación, el fatídico cántico de ritual que ya conocía muy bien, cuya melodía le había quedado bien grabada en la cabeza.
La posibilidad, aún sin comprobar nada, le hizo temblar. Y quiso retroceder, como si buscase la ventana para salir de ahí cuanto antes, y sin embargo... su falta de decoro para con éste movimiento hizo crujir el suelo, rompiendo con el silencio que envolvía el interior de la habitación y revelando la intrusión, probablemente, a quienes hacían el ritual.
«Palmé»
Pudo sentir la prisa con la que alguien ascendía desde el sótano, y poco antes de buscar él el resguardo ante el peligro inminente de que le descubrieran, pudo notar a la menuda figura de una persona cubierta en su totalidad por una túnica negra. Éste oteó el pasillo con prisa, hasta que dio finalmente con la ventana abierta. Para entonces, ya Kaido se encontraba arrinconado entre las cajas, inundando su cuerpo de chakra y acelerando así el proceso en el que toda su masa corporal mutaría tras los sellos respectivos, en una caja de madera similar a la del montón de pila en el costado derecho de la habitación. Entre el Henge, y la oscuridad de la noche, con suerte pasaría desapercibido ante la aproximación del enemigo.