26/09/2017, 23:36
(Última modificación: 16/09/2021, 21:36 por Amedama Daruu. Editado 1 vez en total.)
Todos los presentes se tensaron durante el relato, y lo hicieron aún más cuando Akame perdió los estribos y, sangrando en el proceso, había golpeado la mesa con desesperación. Sin embargo, no dijeron ni una palabra. Ninguno, menos Hanabi, que tenía la voz cantante.
—Akame-kun, tranquilo. Creo que lo que esta villa necesita es mirar para adelante y olvidar los fraticidios. Daigo y Shiona nos han convencido a título póstumo que su manera de llevar el gobierno era la adecuada. Necesitamos paz. Habrá paz. Creo en vuestras palabras. No teníais otra opción.
»Eso sí. Aunque ciertamente nos haya facilitado mucho las cosas esta vez, quiero pediros que nunca, nunca, nunca jamás os dejéis convencer de nuevo por ese bijuu. Por favor. Esta villa podría haber vivido una desgracia mucho mayor de la que ya está viviendo.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Ahora, restableceremos la paz, la ley y el orden. —Quien habló bajaba por las escaleras. Era un hombre de unos cuarenta años, de pelo cano y ojos púrpuras que vestía una larga túnica negra y ceñía a la cabeza una bandana carmesí sin ningún tipo de adorno ni placa que le identificara como shinobi de ningún país—. Hay algo en lo que os contó Zoku que era verdad, claro.
»Tenía al Señor Feudal de su parte. Mientras estaba de viaje con mi hijo, alguien falseó una orden y tiró del hilo correcto.
»Ahora ambos están muertos. Confío en que las gentes de la villa todavía reconozcan y respeten la figura de su legítimo Señor.
Sonrió afablemente, torciendo el rostro, y terminó de bajar las escaleras, despacio como le correspondía a alguien de su edad. Se plantó frente a Datsue y Akame, y les ofreció la mano.
—Me llamo Uzumaki Rasen —dijo—. Encantado de conoceros.
—Akame-kun, tranquilo. Creo que lo que esta villa necesita es mirar para adelante y olvidar los fraticidios. Daigo y Shiona nos han convencido a título póstumo que su manera de llevar el gobierno era la adecuada. Necesitamos paz. Habrá paz. Creo en vuestras palabras. No teníais otra opción.
»Eso sí. Aunque ciertamente nos haya facilitado mucho las cosas esta vez, quiero pediros que nunca, nunca, nunca jamás os dejéis convencer de nuevo por ese bijuu. Por favor. Esta villa podría haber vivido una desgracia mucho mayor de la que ya está viviendo.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Ahora, restableceremos la paz, la ley y el orden. —Quien habló bajaba por las escaleras. Era un hombre de unos cuarenta años, de pelo cano y ojos púrpuras que vestía una larga túnica negra y ceñía a la cabeza una bandana carmesí sin ningún tipo de adorno ni placa que le identificara como shinobi de ningún país—. Hay algo en lo que os contó Zoku que era verdad, claro.
»Tenía al Señor Feudal de su parte. Mientras estaba de viaje con mi hijo, alguien falseó una orden y tiró del hilo correcto.
»Ahora ambos están muertos. Confío en que las gentes de la villa todavía reconozcan y respeten la figura de su legítimo Señor.
Sonrió afablemente, torciendo el rostro, y terminó de bajar las escaleras, despacio como le correspondía a alguien de su edad. Se plantó frente a Datsue y Akame, y les ofreció la mano.
—Me llamo Uzumaki Rasen —dijo—. Encantado de conoceros.
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