21/11/2017, 00:49
(Última modificación: 21/11/2017, 01:11 por Umikiba Kaido.)
Los Señores del Hierro han sido pacientes, tan benevolentes como sólo ellos saben ser con quienes conocen la sensación de empuñar un arma. Comprendiendo que el camino del Ninja del intrépido ha sido un trayecto esclarecedor y emocionante, digno de un shinobi con un futuro prometedor. Así también, el Estandarte sabe muy bien que Ōnindo siempre apremia a los que aguardan pacientemente por el momento correcto. Pero una deuda ha sido contraída, y una deuda no ha sido saldada. Y los tiempos castigan la inacción y apremia a quien recuerda la marca con el mismo fervor que cuando éste la recibió, candente, en su brazo.
El objetivo ha comenzado a moverse, ha perdido el miedo. Sus ojos ya no buscan temerosos al enemigo, y sus madrigueras puede que salgan a la luz. KS cree que el Hierro olvida, pero:
¿Olvidamos?
El Aliento Nevado está a la vuelta de la esquina, Y Tanzaku Gai brilla hermosa durante el Mizuyōbi. ¿Te apetece beber un Molino Rojo?
El objetivo ha comenzado a moverse, ha perdido el miedo. Sus ojos ya no buscan temerosos al enemigo, y sus madrigueras puede que salgan a la luz. KS cree que el Hierro olvida, pero:
¿Olvidamos?
El Aliento Nevado está a la vuelta de la esquina, Y Tanzaku Gai brilla hermosa durante el Mizuyōbi. ¿Te apetece beber un Molino Rojo?
. . .
Esa tarde de Mizuyōbi, la ciudad de Tanzaku Gai lucía absurdamente atiborrada de gente. Y muy a pesar de que el invierno azotaba fuerte, los lugareños tenían dos de las cosas que mejor servían para contrarrestar el pesado frío de Aliento nevado: uno eran los interminables barriles de cerveza, que para nada escaseaban en una ciudad tan concurrida y céntrica como aquella, y dos; las cientos de mujeres que vestían apretados conjuntos con los que apenas cubrían sus enormes y seductores atributos, quienes por un buen puñado de monedas, podían otorgar el más cálido de los abrazos. Y alguno que otro privilegio más, desde luego.
El bullicio, las casas de apuestas, los dados y la comida. La juerga, en todo el sentido de la palabra; era lo que definía a aquella ciudadela. Una ciudadela enorme, con tantos matices culturales y con tanta gente siendo partícipe de ella que resultaba ser una madriguera apropiada y perfecta para una rata escurridiza que rehuye de sus responsabilidades.
Una rata a la que, ellos dos, tendrían que encontrar.
¿Pero quiénes eran ellos dos? ¿o quiénes iban a ser? ¿Akame y Datsue, los Hermanos del Desierto? ¿o iban a convertirse en alguien más, como buenos ninja que eran?
