23/11/2017, 04:01
Así pues, los Hermanos del Desierto se introdujeron confianzudos a las calles de Tanzaku, arrojándose al corazón de ésta sin miramientos. Ambos tenían la intención de dirigirse hasta el lugar del que Shinjaka le había comentado alguna vez a Datsue, meses atrás, como dirección en la que probablemente podrían recabar información acerca del objetivo, pues decían las malas lenguas que él, Shinzo, solía visitarlo a menudo. Muy a menudo, de hecho.
El primer paso, desde luego, sería dar con aquel lugar. Lo cual, a pesar de lo que pudieran pensar, iba a ser bastante sencillo. Demasiado, quizás. Porque en Tanzaku Gai, existían dos locaciones que se podían divisar probablemente desde cualquier área de la urbe, y esas eran:
El Castillo de Tanzaku, hogar del Señor Feudal. Una gigantesca estructura allá en la zona más norte de la ciudad, debidamente custodiada por cientos de guardias, aún y cuando la edificación estaba debidamente construida como para que sólo se adentrase aquellos con el debido permiso. Un enorme portón separaba la calle principal de las primeras escaleras interiores, grandes escalones de piedra caliza que iban dando a pisos superiores y que, después de unas tres torres, finalizaban en los salones más altos y vistosos. Un lugar que merecía la pena visitar, desde luego, pero no en esa ocasión.
Y el segundo, se trataba casualmente de un molino. De un molino rojo.
Allá, al extremo más noroeste, se alzaba imponente una especie de torre cóncava cuyos peldaños y fachadas parecían estar construidas de piedras de color ladrillo. En la punta, dos aspas poco convencionales de color rojo sangre moviéndose paulatinamente de un lado a otro, mientras el viento invernal azotaba fuerte.
¿No podía tratarse sólo de una literal coincidencia, verdad?
Probablemente, hacia allá es que debían dirigirse los uzujin. Pero la última palabra la tenían ellos, y nadie más.
El primer paso, desde luego, sería dar con aquel lugar. Lo cual, a pesar de lo que pudieran pensar, iba a ser bastante sencillo. Demasiado, quizás. Porque en Tanzaku Gai, existían dos locaciones que se podían divisar probablemente desde cualquier área de la urbe, y esas eran:
El Castillo de Tanzaku, hogar del Señor Feudal. Una gigantesca estructura allá en la zona más norte de la ciudad, debidamente custodiada por cientos de guardias, aún y cuando la edificación estaba debidamente construida como para que sólo se adentrase aquellos con el debido permiso. Un enorme portón separaba la calle principal de las primeras escaleras interiores, grandes escalones de piedra caliza que iban dando a pisos superiores y que, después de unas tres torres, finalizaban en los salones más altos y vistosos. Un lugar que merecía la pena visitar, desde luego, pero no en esa ocasión.
Y el segundo, se trataba casualmente de un molino. De un molino rojo.
Allá, al extremo más noroeste, se alzaba imponente una especie de torre cóncava cuyos peldaños y fachadas parecían estar construidas de piedras de color ladrillo. En la punta, dos aspas poco convencionales de color rojo sangre moviéndose paulatinamente de un lado a otro, mientras el viento invernal azotaba fuerte.
¿No podía tratarse sólo de una literal coincidencia, verdad?
Probablemente, hacia allá es que debían dirigirse los uzujin. Pero la última palabra la tenían ellos, y nadie más.
