25/11/2017, 20:26
Entre dimes y diretes, puyas de hermandad y mentiras veladas; Akame y Datsue se encontraron de pronto muy cerca del portentoso Molino Rojo.
Y mientras más cerca se encontrasen de su objetivo inicial, mayor se hacía la concurrencia de gente. Y es que aunque apenas fueran las séis de la tarde —el sol ya se ponía allá en el horizonte, muy por detrás de las enormes cordilleras que envolvían al ya conocido Valle de los Dojos, y los vestigios de luz natural casi habían desaparecido, siendo suplantados por la artificialidad de algunas farolas de gas y mecha— ya frente al largo desfiladero de barandas metálicas que parecían guiar por un camino ascendente hasta las enormes puertas de hierro macizo que aún permanecían cerradas, había probablemente una fila de ochenta personas. Aguardando a que el Molino Rojo abriera su entrada a un Edén de pasión, lujuria y farda. Hacia tierras de vivencias exóticas y emocionantes que nada tenían que ver con la cotidianidad de Ōnindo.
Uno de los hermanos del Desierto, no obstante, creyó convenientemente que su apariencia distaba en demasía de los arquetipos asiduos que con regularidad ostentaban aquel lugar. Razón tenía el de nariz torcida, cabello negro y facciones entrañables de un verdadero Uchiha al querer cambiar su apariencia, pues sería mucho más seguro averiguar qué o cuál cosa desde la más privada clandestinidad, sin posibilidad de que les pudiesen relacionar con semejante intromisión a la vida de una rata muy querida por aquellos lares.
Allá, atrás de un callejón poco concurrido, el subterfugio vistió a Akame con traje de gala, y éste se convirtió de pronto en un guapetón de cabellos dorados y ojos claros. Según ciertos rasgos, le podían dar fácilmente unos veinte años, sino más.
Datsue, no obstante, tendría que decidir si iba a adoptar la misma estrategia, o no. Después de todo, una vez adentro —que primero tendrían que ver cómo coño lograban entrar, dada la enorme concurrencia de lugareños—; lo más importante era mimetizarse con el entorno, aunque no tanto como para que Shinjaka, quien se suponía acudiría esa misma noche, no pudiera reconocerles.
Y mientras más cerca se encontrasen de su objetivo inicial, mayor se hacía la concurrencia de gente. Y es que aunque apenas fueran las séis de la tarde —el sol ya se ponía allá en el horizonte, muy por detrás de las enormes cordilleras que envolvían al ya conocido Valle de los Dojos, y los vestigios de luz natural casi habían desaparecido, siendo suplantados por la artificialidad de algunas farolas de gas y mecha— ya frente al largo desfiladero de barandas metálicas que parecían guiar por un camino ascendente hasta las enormes puertas de hierro macizo que aún permanecían cerradas, había probablemente una fila de ochenta personas. Aguardando a que el Molino Rojo abriera su entrada a un Edén de pasión, lujuria y farda. Hacia tierras de vivencias exóticas y emocionantes que nada tenían que ver con la cotidianidad de Ōnindo.
Uno de los hermanos del Desierto, no obstante, creyó convenientemente que su apariencia distaba en demasía de los arquetipos asiduos que con regularidad ostentaban aquel lugar. Razón tenía el de nariz torcida, cabello negro y facciones entrañables de un verdadero Uchiha al querer cambiar su apariencia, pues sería mucho más seguro averiguar qué o cuál cosa desde la más privada clandestinidad, sin posibilidad de que les pudiesen relacionar con semejante intromisión a la vida de una rata muy querida por aquellos lares.
Allá, atrás de un callejón poco concurrido, el subterfugio vistió a Akame con traje de gala, y éste se convirtió de pronto en un guapetón de cabellos dorados y ojos claros. Según ciertos rasgos, le podían dar fácilmente unos veinte años, sino más.
Datsue, no obstante, tendría que decidir si iba a adoptar la misma estrategia, o no. Después de todo, una vez adentro —que primero tendrían que ver cómo coño lograban entrar, dada la enorme concurrencia de lugareños—; lo más importante era mimetizarse con el entorno, aunque no tanto como para que Shinjaka, quien se suponía acudiría esa misma noche, no pudiera reconocerles.
