2/12/2017, 20:40
(Última modificación: 2/12/2017, 20:47 por Umikiba Kaido.)
—Mi nombre es Seshu Sakyū —bramó, elegante y melodioso; seguido del tono neutro y poco elocuente de Akame—. Kurusu Ashito.
—Provenimos del País del Viento. Ciertos amigos —continuó—, nos aseguraron que aquí encontraríamos los mejores… entretenimientos —dijo, esbozando una breve sonrisa—. ¿Hay algún problema en que no seamos de aquí?
Era un problema, claro que sí. O al menos lo fue hasta que los ojos del grandullón se pasearon danzantes y lujuriosos por los fajos de billetes que adornaban el bolsillo del extranjero. Calló, mientras saboreaba la victoria de aquel que se sabe capaz de exigir lo que fuera, y movió sus manos al unísono para acercar la pluma a la carpeta, y escribir un par de nombres.
Luego, alzó la derecha; y el moreno actuó en consecuencia. El acordonamiento que en principio podía detener el avance de los hermanos fue removido, y un espacio de libertad de abrió delante de ellos.
La voz del calvo, sin embargo, no pasaría inadvertida.
—Oh, para nada, Seshu-Ue. Extranjeros son bienvenidos de todos los rincones de Oonindo, siempre que cuente con el status correcto —cantaba, melodioso, aunque en ligeros susurros que sólo eran advertidos por ellos y nadie más—. sea bienvenido, disfrute, y no se preocupe; que más tarde me acercaré a ver cómo lo trata nuestro eden. Así que, adelante. Disfruten.
Su robusto cuerpo se movió de en medio, y le trazó un arco con el brazo.
Seguir derecho, era todo lo que tenían que hacer los hermanos del Desierto para sumergirse en el interior del Molino Rojo. Una vez en el corazón del local, observarían un salón lo bastante amplio como para albergar, por lo menos, unas trescientas personas. El local se abría en una amplia circunferencia cuyo centro parecía ser el plató de baile, con barras para bebidas rodeando cada una de las esquinas. Contaba además con un par de plataformas en donde varias mujeres bailaban desde el interior de unas cajas metálicas con rejas, que les protegían de manos indeseosas, pues su trabajo era probablemente el de danzar para enternecer la vista y nada más.
Otras tantas, iban y venían desde los interiores de las barras para servir tragos, y el resto era sólo gente del montón. Parecía el sector popular, donde cualquiera podía estar.
Pero a medida de que iban subiendo la cabeza, se encontrarían con sendas escaleras convergiendo desde ambos extremos, y que ascendían hasta un segundo piso, serpenteantes. Desde allí abajo, el panorama tan sólo les permitía ver que, al final de las mismas escaleras, había otro piquete de seguridad que impedía el paso hasta un sector donde parecía haber más privilegios. Porque, desde luego, se podía divisar que el piso estaba dividido en varios sectores con casillas privadas para ciertos grupos, y con otros tantos cubículos privados con accesos personalizados. No obstante, estaba bastante concurrido, y era de suponer que acceder no sería tan complicado, a diferencia de tener que codearse con la gente que pudiera haber allá arriba. Ese era, quizás, el reto mayor.
Akame, sin embargo, se pudo dar cuenta de algo. Y es que había también un tercer piso, pero lamentablemente, era imposible ver más allá. Terminaba en lo más alto, cerca de en donde parecía haber una última planta, allá en donde se podía ver las espuelas del molino girando eternamente.
Así pues, un par de camareras se acercaron hasta ellos, y les dieron la bienvenida. Una mano dulce y cálida sobre sus pechos, un aroma a zorra y voces melodiosas que por lo general convencían a los más inexpertos a comprar esa única botella de champán, que al final terminaban siendo veinte.
En principio, ese era el Molino Rojo.
—Provenimos del País del Viento. Ciertos amigos —continuó—, nos aseguraron que aquí encontraríamos los mejores… entretenimientos —dijo, esbozando una breve sonrisa—. ¿Hay algún problema en que no seamos de aquí?
Era un problema, claro que sí. O al menos lo fue hasta que los ojos del grandullón se pasearon danzantes y lujuriosos por los fajos de billetes que adornaban el bolsillo del extranjero. Calló, mientras saboreaba la victoria de aquel que se sabe capaz de exigir lo que fuera, y movió sus manos al unísono para acercar la pluma a la carpeta, y escribir un par de nombres.
Luego, alzó la derecha; y el moreno actuó en consecuencia. El acordonamiento que en principio podía detener el avance de los hermanos fue removido, y un espacio de libertad de abrió delante de ellos.
La voz del calvo, sin embargo, no pasaría inadvertida.
—Oh, para nada, Seshu-Ue. Extranjeros son bienvenidos de todos los rincones de Oonindo, siempre que cuente con el status correcto —cantaba, melodioso, aunque en ligeros susurros que sólo eran advertidos por ellos y nadie más—. sea bienvenido, disfrute, y no se preocupe; que más tarde me acercaré a ver cómo lo trata nuestro eden. Así que, adelante. Disfruten.
Su robusto cuerpo se movió de en medio, y le trazó un arco con el brazo.
Seguir derecho, era todo lo que tenían que hacer los hermanos del Desierto para sumergirse en el interior del Molino Rojo. Una vez en el corazón del local, observarían un salón lo bastante amplio como para albergar, por lo menos, unas trescientas personas. El local se abría en una amplia circunferencia cuyo centro parecía ser el plató de baile, con barras para bebidas rodeando cada una de las esquinas. Contaba además con un par de plataformas en donde varias mujeres bailaban desde el interior de unas cajas metálicas con rejas, que les protegían de manos indeseosas, pues su trabajo era probablemente el de danzar para enternecer la vista y nada más.
Otras tantas, iban y venían desde los interiores de las barras para servir tragos, y el resto era sólo gente del montón. Parecía el sector popular, donde cualquiera podía estar.
Pero a medida de que iban subiendo la cabeza, se encontrarían con sendas escaleras convergiendo desde ambos extremos, y que ascendían hasta un segundo piso, serpenteantes. Desde allí abajo, el panorama tan sólo les permitía ver que, al final de las mismas escaleras, había otro piquete de seguridad que impedía el paso hasta un sector donde parecía haber más privilegios. Porque, desde luego, se podía divisar que el piso estaba dividido en varios sectores con casillas privadas para ciertos grupos, y con otros tantos cubículos privados con accesos personalizados. No obstante, estaba bastante concurrido, y era de suponer que acceder no sería tan complicado, a diferencia de tener que codearse con la gente que pudiera haber allá arriba. Ese era, quizás, el reto mayor.
Akame, sin embargo, se pudo dar cuenta de algo. Y es que había también un tercer piso, pero lamentablemente, era imposible ver más allá. Terminaba en lo más alto, cerca de en donde parecía haber una última planta, allá en donde se podía ver las espuelas del molino girando eternamente.
Así pues, un par de camareras se acercaron hasta ellos, y les dieron la bienvenida. Una mano dulce y cálida sobre sus pechos, un aroma a zorra y voces melodiosas que por lo general convencían a los más inexpertos a comprar esa única botella de champán, que al final terminaban siendo veinte.
En principio, ese era el Molino Rojo.
