7/12/2017, 03:48
(Última modificación: 7/12/2017, 04:33 por Umikiba Kaido.)
—Ey, oye, perdona… ¿Sabías que tengo uno igual? —la voz ajena le desconcertó, sacándola de su aparente ensimismamiento. La bella mujer violeta se vio forzada a torcer el gesto y a hacer contacto visual con el caballero que se le había acercado. Curioso, cuanto menos, pues de entre tantos intentos, eran pocos los que elegían una buena introducción y no el típico "eh, mami; ¿quieres que te de la mejor noche de tu vida?"—. No seremos parientes, ¿verdad? —alzó una ceja. Datsue lo vio, lo vio tan claro como el agua. La vio arquearse, y vio aquella súbita y casi imperceptible llama llamada interés envolverle el rostro como un libro abierto.
El brazo de la mujer flotó elegante y parsimonioso hasta los linderos de su hombro, y meneó su dedo índice como una cobra encantadora por sobre la... marca. No era muy grande, tampoco antiestética; sino un curioso bordeo parecido a un extraño croquis mal cicatrizado.
—Vaya, qué detallista. Entre tanto que ver, entre tanto que admirar... ¿es en ésta pequeña marca en lo que te has fijado? ¿Por qué?
Ella sonrió, por primera vez. Aunque parecía ligeramente inquieta, y mientras hablaba, daba fugaces vistazos a la entrada, y a las escaleras que ascendían al piso superior. Incluso llegó a fijarse en Akame, y en su... ¿disfraz?
El brazo de la mujer flotó elegante y parsimonioso hasta los linderos de su hombro, y meneó su dedo índice como una cobra encantadora por sobre la... marca. No era muy grande, tampoco antiestética; sino un curioso bordeo parecido a un extraño croquis mal cicatrizado.
—Vaya, qué detallista. Entre tanto que ver, entre tanto que admirar... ¿es en ésta pequeña marca en lo que te has fijado? ¿Por qué?
Ella sonrió, por primera vez. Aunque parecía ligeramente inquieta, y mientras hablaba, daba fugaces vistazos a la entrada, y a las escaleras que ascendían al piso superior. Incluso llegó a fijarse en Akame, y en su... ¿disfraz?
El disfraz.
Casi al unísono, tanto Akame como Datsue sintieron un pinchazo en la espalda baja. Ese típico toqueteo que te da el cuerpo como prevención, cuando sabes que estas en víspera de alcanzar tus propias limitaciones.
Y es que indudablemente, el Henge no Jutsu —como recurso—, era quizás una de las técnicas más versátiles y fáciles de ejecutar en comparación con los beneficios que ésta otorga. Sin embargo, su verdadera dificultad radicaba no en el cómo, sino en el cuánto. Cuánto era capaz un ninja de mantener aquel velo por sobre su propio ser sin que algún desliz ajeno a sus propias tribulaciones la llevase a fallar.
Los Hermanos del Desierto no habían tenido problemas en ese aspecto, sin embargo. Habían vestido la piel de dos nobles de Kaze no Kuni desde el inicio, abriéndose paso a través de un camino de cobras en el que su principal tarea era la de fingir ser alguien más. Pero todo se acumulaba. El estrés que generaba la situación en la que se encontraban, la necesidad de prestar suma atención a los detalles, la ansiedad que generaba el paso de los minutos. Incluso algo tan simple como elaborar una frase adecuada e inteligente para romper el hielo con una hermosa dama de vestido violeta. Todo se acumulaba.
Y todo era, a su vez, finito.
Pero precisamente por lo bien versados que eran ambos dos, y dada la experiencia que tenían como ninjas en comparación con otros shinobi de su edad y rango, fueron capaces de percatarse de esa posibilidad y, por tanto, podrían actuar en función de ello. Guerra avisada no mata soldado, dijo algún sabio alguna vez; y ellos dos no iban a morir atrincherados sin cavar ellos sus propias tumbas. Pero tendrían que actuar rápido.
Casi al unísono, tanto Akame como Datsue sintieron un pinchazo en la espalda baja. Ese típico toqueteo que te da el cuerpo como prevención, cuando sabes que estas en víspera de alcanzar tus propias limitaciones.
Y es que indudablemente, el Henge no Jutsu —como recurso—, era quizás una de las técnicas más versátiles y fáciles de ejecutar en comparación con los beneficios que ésta otorga. Sin embargo, su verdadera dificultad radicaba no en el cómo, sino en el cuánto. Cuánto era capaz un ninja de mantener aquel velo por sobre su propio ser sin que algún desliz ajeno a sus propias tribulaciones la llevase a fallar.
Los Hermanos del Desierto no habían tenido problemas en ese aspecto, sin embargo. Habían vestido la piel de dos nobles de Kaze no Kuni desde el inicio, abriéndose paso a través de un camino de cobras en el que su principal tarea era la de fingir ser alguien más. Pero todo se acumulaba. El estrés que generaba la situación en la que se encontraban, la necesidad de prestar suma atención a los detalles, la ansiedad que generaba el paso de los minutos. Incluso algo tan simple como elaborar una frase adecuada e inteligente para romper el hielo con una hermosa dama de vestido violeta. Todo se acumulaba.
Y todo era, a su vez, finito.
Pero precisamente por lo bien versados que eran ambos dos, y dada la experiencia que tenían como ninjas en comparación con otros shinobi de su edad y rango, fueron capaces de percatarse de esa posibilidad y, por tanto, podrían actuar en función de ello. Guerra avisada no mata soldado, dijo algún sabio alguna vez; y ellos dos no iban a morir atrincherados sin cavar ellos sus propias tumbas. Pero tendrían que actuar rápido.
Tiempo antes de que el Henge no Jutsu se agote: 15 minutos, 14:59...
