15/01/2018, 11:45
(Última modificación: 16/01/2018, 00:46 por Aotsuki Ayame.)
Tsuchiyōbi, 15 de Bienvenida del 218.
Chasquido.
Un característico silbido rasgó el aire y la flecha tembló peligrosamente cuando se clavó a apenas unos centímetros del centro de la diana tallada en el tronco del árbol.
Ayame bajó el arco y alzó su mano libre para tomar otra flecha del carcaj que llevaba adosado a la espalda. Hacía mucho tiempo que no visitaba el Torreón de la Academia, pero Kōri los había convocado allí a Daruu y a ella para cumplir una nueva misión. De alguna manera había llegado demasiado pronto al lugar citado, tan pronto que se permitió el lujo de dar la vuelta al edificio y refugiarse entre los árboles que había allí. No tardó mucho en encontrar su árbol. Él árbol que ella misma había marcado con aquella diana hacía cosa de un año para practicar el lanzamiento de shuriken y poder aprobar el examen de ascenso a genin.
Cuánto tiempo había pasado de aquello...
Chasquido.
Volvió a tensar el arco. La flecha se clavó justo en el centro de la diana y la euforia la invadió.
Ahora volvía a utilizar el mismo árbol para practicar el tiro con arco... a ciegas. Con la bandana colocada sobre los ojos, Ayame estaba probando a combinar aquella nueva arma con su habilidad con la ecolocalización. No hacía mucho que había comenzado aquel entrenamiento, igual que el del Genjutsu a manos de su padre.
Chasquido.
Esta vez la flecha se clavó en un punto medio entre el centro y el borde de la diana.
Ayame torció el gesto. Pese a lo emocionada que se había sentido cuando su padre retomó con ella el entrenamiento de las técnicas ilusorias, había olvidado lo estricto que podía llegar a ser. Una gota de sudor frío recorrió su sien al recordar la sesión del día anterior, en aquella sesión de adiestramiento sobre la técnica de ilusionismo general y la modificación del entorno. No, la palabra piedad no estaba en la boca de Zetsuo. Y así lo demostró al hacerle rememorar la guarida de los Kajitsu Hōzuki y a Reigetsu...
Chasquido.
La flecha volvió a clavarse a escasos centímetros del centro, justo en el extremo contrario de la primera que había lanzado.
Pero no iba a rendirse así como así. Por muchas pesadillas que le hiciera recordar, no iba a permitir que volviera a tirar la toalla con ella. Estaba decidida a sorprenderle como fuera. Y a Kōri. Y a Daruu.
Chasquido.
«¿Uh...?»
La flecha se desvió hacia arriba bruscamente y terminó clavándose en el suelo varios metros más allá del árbol. Como una gota al caer en un estanque, su voz le había devuelto no sólo el eco de la diana, sino el de una inconfundible figura que se acababa de materializar allí. La sorpresa le había hecho mover el arco en el último momento, haciéndole errar el tiro.
—¡Perdón! — Ayame sonrió apurada, y después de plegar de nuevo el arco sobre su antebrazo, se llevó las manos al rostro. Empujó la bandana hacia abajo para colocársela alrededor del cuello como la solía llevar ahora y liberó sus cabellos por encima de la tela de la misma.