2/02/2018, 03:51
Akame cacheó las prendas de uniforme y encontró sólo un llavero, con tres llaves. De bronce o algún material similar, con ranuras distintas una de la otra. No correspondían a la misma puerta. Al revisar el cadáver, sin embargo, no encontró nada útil salvo la confirmación de que aquel tipo estaba más muerto que Uzumaki Shiona.
Fuera, todo ocurría muy rápido. Los hombres —contó a dos— avanzaban con paso firme, recriminándose cosas entre ellos en apenas audibles susurros. Shinjaka lidiaba con procesar la semejante cantidad de información que el shinobi le había soltado en apenas unos segundos, y poco reparo puso en que Akame tomara cartas en el asunto. Le dio luz verde con un sí moviendo la cabeza y se retiró hacia las sombras, para pasar desapercibido.
El profesional se movió con la velocidad envidiable de aquella técnica y apareció allá, en la casa contigua. Subió hasta el tope y comprobó que, en efecto, tenía visión de la ventana en la que aún yacía su clon, pero una cortina la cubría. ¿Cómo no iba a tener?
Los tipos llegaron finalmente hasta la puerta principal, y comenzaron a hurgar en la cerradura. No tan discretamente como Akame, desde luego, ellos tan sólo se dedicaron a hacer palanca.
Toeru le miró con cara de proxeneta y dudó, después de que éste pasara. Se mantuvo en silencio mientras analizaba sus cartas y de pronto decidió apostar quinientos ryo. Shin pagó, y Etsu también.
—Oh, me temo que no es su puto problema si Shinzo se ha trajinado a nadie, Sakyu-kun.
El gordo parecía a la defensiva, era su territorio, después de todo. Etsu analizaba con evidencia el intercambio entre Datsue y Toeru. Shin no sabía una puta mierda de nada, estaba ahí para el goce.
—Cuide su tono, Toeru. Nosotros respetamos su casa, respétenos usted mientras estamos en ella. Además, la cobra emisaria no tiene culpa de encontrarse aquí entre nosotros, hoy. Él sólo quiere jugar, ¿no es así, señor?
Algo le decía a Datsue que el Alcalde sabía algo, y quizás, su objetivo más primordial era saber el qué tanto. Y cómo usar eso a su favor. ¿Qué jugaba Toeru y Etsu en todo aquello? ¿Podía tomar aquella disconformidad a los negocios como una carta propia, o se trataba de algo que podía poner en jaque su búsqueda?
Tenía que decidir, y pronto. La conversación ya tomaba rumbos insospechados.
Fuera, todo ocurría muy rápido. Los hombres —contó a dos— avanzaban con paso firme, recriminándose cosas entre ellos en apenas audibles susurros. Shinjaka lidiaba con procesar la semejante cantidad de información que el shinobi le había soltado en apenas unos segundos, y poco reparo puso en que Akame tomara cartas en el asunto. Le dio luz verde con un sí moviendo la cabeza y se retiró hacia las sombras, para pasar desapercibido.
El profesional se movió con la velocidad envidiable de aquella técnica y apareció allá, en la casa contigua. Subió hasta el tope y comprobó que, en efecto, tenía visión de la ventana en la que aún yacía su clon, pero una cortina la cubría. ¿Cómo no iba a tener?
Los tipos llegaron finalmente hasta la puerta principal, y comenzaron a hurgar en la cerradura. No tan discretamente como Akame, desde luego, ellos tan sólo se dedicaron a hacer palanca.
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Toeru le miró con cara de proxeneta y dudó, después de que éste pasara. Se mantuvo en silencio mientras analizaba sus cartas y de pronto decidió apostar quinientos ryo. Shin pagó, y Etsu también.
—Oh, me temo que no es su puto problema si Shinzo se ha trajinado a nadie, Sakyu-kun.
El gordo parecía a la defensiva, era su territorio, después de todo. Etsu analizaba con evidencia el intercambio entre Datsue y Toeru. Shin no sabía una puta mierda de nada, estaba ahí para el goce.
—Cuide su tono, Toeru. Nosotros respetamos su casa, respétenos usted mientras estamos en ella. Además, la cobra emisaria no tiene culpa de encontrarse aquí entre nosotros, hoy. Él sólo quiere jugar, ¿no es así, señor?
Algo le decía a Datsue que el Alcalde sabía algo, y quizás, su objetivo más primordial era saber el qué tanto. Y cómo usar eso a su favor. ¿Qué jugaba Toeru y Etsu en todo aquello? ¿Podía tomar aquella disconformidad a los negocios como una carta propia, o se trataba de algo que podía poner en jaque su búsqueda?
Tenía que decidir, y pronto. La conversación ya tomaba rumbos insospechados.
