27/02/2018, 14:24
(Última modificación: 27/02/2018, 14:27 por Umikiba Kaido.)
Shinjaka lo sabía desde un principio. Sabía que Akame se iba a convertir en un problema en el momento que Datsue se convirtiera en una carta quemada. Intercaló su mirada entre el Uchiha renegado y Meiharu, quien intentaba esconder el gesto detrás de su frondosa melena. Akame la daba miedo.
El silencio se hizo de la habitación durante unos segundos.
—¿y qué propones, entonces? ¿ir a por él? ¿meter el pescuezo en lo que puede ser, probablemente, un nido de guardias? ¿así piensan los ninja?
Aquello último lo dijo con desdén, arrepintiéndose luego. Era una tecla que quizás hubiera sido mejor no tocar, teniendo en cuenta que vendría a ser lo mismo que ir a por Shinzo. Aquellas locaciones no dejaban de ser un nido minado, también.
¡Plaf! la mano del extranjero, de pronto, le atizó la cara como un yunque de hierro. Etsu cayó al suelo absurdamente adolorido y trató replicar aquel golpe en cuanto dejó de sentirse empanado por la hostia.
Pero habría sigo mejor para él no cometer el mismo error dos veces, el de verle a los ojos; pues ahora comprobaba de primera mano de lo que aquel desconocido era capaz. De invocar un arma de la nada, una que ahora le amenazaba con sesgar su vida de un sólo tajo. Y de amenzarle a diestra y siniestra, a pesar de su cargo en la ciudad y de la capacidad de su llamado. Uno que no pudo concretar. Una voz que sencillamente no pudo llegar a alzar.
—Con que sí eras una rata, después de todo —llegó a decir, apenas—. ¿qué mierda quieres?
El silencio se hizo de la habitación durante unos segundos.
—¿y qué propones, entonces? ¿ir a por él? ¿meter el pescuezo en lo que puede ser, probablemente, un nido de guardias? ¿así piensan los ninja?
Aquello último lo dijo con desdén, arrepintiéndose luego. Era una tecla que quizás hubiera sido mejor no tocar, teniendo en cuenta que vendría a ser lo mismo que ir a por Shinzo. Aquellas locaciones no dejaban de ser un nido minado, también.
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¡Plaf! la mano del extranjero, de pronto, le atizó la cara como un yunque de hierro. Etsu cayó al suelo absurdamente adolorido y trató replicar aquel golpe en cuanto dejó de sentirse empanado por la hostia.
Pero habría sigo mejor para él no cometer el mismo error dos veces, el de verle a los ojos; pues ahora comprobaba de primera mano de lo que aquel desconocido era capaz. De invocar un arma de la nada, una que ahora le amenazaba con sesgar su vida de un sólo tajo. Y de amenzarle a diestra y siniestra, a pesar de su cargo en la ciudad y de la capacidad de su llamado. Uno que no pudo concretar. Una voz que sencillamente no pudo llegar a alzar.
—Con que sí eras una rata, después de todo —llegó a decir, apenas—. ¿qué mierda quieres?
