28/02/2018, 01:11
El Uchiha asintió con levedad sin quitar los ojos de Shinjaka hasta que éste desapareció tras el umbral de la puerta que daba al exterior. Luego se quedó con la mirada fija en el reloj, midiendo cada movimiento de aguja, cada segundo que pasaba. Si había algo que odiaba de su profesión era la espera; la eterna espera, como la antesala de la cámara del desastre, el caos, la barbarie. Cada instante se le hacía eterno.
Sin embargo, apenas había transcurrido tiempo cuando la llamada Meiharu le sacó de sus cavilaciones. Al principio Akame no respondió, sino que le dedicó una mirada confusa y varios parpadeos, como si no hubiese entendido la pregunta. Entonces bajó la cabeza, se cruzó de brazos y rió por lo bajo.
—Mi señora... —comenzó, imitando el dialecto formal de la antigua nobleza—. Si te contara las aventuras por las que Datsue-kun y yo hemos pasado, luchando codo con codo, aferrándonos a la vida... Probablemente no me creerías.
Luego dejó un silencio profundo y ligero, lo suficiente como para que sus palabras calasen en la mujer.
—Aunque, la verdad es... —dijo de repente, como preso de un arrebato de sinceridad—. Que mis motivaciones son mucho más simples. Soy un ninja, esto es lo que hago. Tengo claro que no moriré en la cama presa de alguna enfermedad, sino en el campo de batalla... Sea cual sea.
»No sé si lo entenderías, pero esto... Esto es lo que me hace levantarme cada mañana. La siguiente prueba. El siguiente desafío. Soy como el perro que corre detrás de los carromatos, no sabría qué hacer si alcanzara uno.
Entonces, en sus labios se dibujó una sonrisa torcida.
Sin embargo, apenas había transcurrido tiempo cuando la llamada Meiharu le sacó de sus cavilaciones. Al principio Akame no respondió, sino que le dedicó una mirada confusa y varios parpadeos, como si no hubiese entendido la pregunta. Entonces bajó la cabeza, se cruzó de brazos y rió por lo bajo.
—Mi señora... —comenzó, imitando el dialecto formal de la antigua nobleza—. Si te contara las aventuras por las que Datsue-kun y yo hemos pasado, luchando codo con codo, aferrándonos a la vida... Probablemente no me creerías.
Luego dejó un silencio profundo y ligero, lo suficiente como para que sus palabras calasen en la mujer.
—Aunque, la verdad es... —dijo de repente, como preso de un arrebato de sinceridad—. Que mis motivaciones son mucho más simples. Soy un ninja, esto es lo que hago. Tengo claro que no moriré en la cama presa de alguna enfermedad, sino en el campo de batalla... Sea cual sea.
»No sé si lo entenderías, pero esto... Esto es lo que me hace levantarme cada mañana. La siguiente prueba. El siguiente desafío. Soy como el perro que corre detrás de los carromatos, no sabría qué hacer si alcanzara uno.
Entonces, en sus labios se dibujó una sonrisa torcida.