30/03/2018, 21:31
Datsue se vistió a imagen y semejanza del hombre con el que había estrechado una vez su mano, arrojándose al pacto con el ancestral Estandarte tras las promesas de fructíferos negocios. Se había transformado en el hombre por el que estuvo dispuesto a recibir el beso del dragón en su brazo, por las promesas de un intercambio equitativo de favores que podría traerle fama y fortuna. De alguna forma, se había transformado en el hombre por el que había aceptado un trato en el que él sólo ganaba, a priori, una cicatriz; como pagadero que le asegurase el favor del Hierro una vez saldara su deuda. Y decir aquello era mucho tratándose de nada más y nada menos que del intrépido egoísta, Uchiha Datsue. Ninja que vivía para ganar más que el prójimo siempre.
Aquel henge supuso ser para ambos un punto inflexible que sólo tuvo un significado inmediato para Akame. El por qué era tan sencillo como que le fue innegable sopesar el ligero parecido que existía entre la imagen y semejanza de Soroku con respecto al Centinela, el que curiosamente y en contrapartida, Datsue aún no hubo contemplado con sus propios ojos. Les distinguía sin embargo detalles como la enorme cicatriz que le acariciaba el costado izquierdo del rostro, pero resultaba innegable que existía un cierto nivel de similitud que podía resultar hasta agobiante.
Los Hermanos del Desierto tendrían tiempo de sobra para inquirir y tribular sobre sus propias divagaciones que bien le harían falta una vez se encontrasen cara a cara con los linderos custodiados de aquel refugio militar. A pie, aún tenían 10 minutos de viaje.
Y el oscuro barrio que les aguardaba en el horizonte les susurraba, queriendo engullirles en cuanto tuviera la oportunidad.
Aquel henge supuso ser para ambos un punto inflexible que sólo tuvo un significado inmediato para Akame. El por qué era tan sencillo como que le fue innegable sopesar el ligero parecido que existía entre la imagen y semejanza de Soroku con respecto al Centinela, el que curiosamente y en contrapartida, Datsue aún no hubo contemplado con sus propios ojos. Les distinguía sin embargo detalles como la enorme cicatriz que le acariciaba el costado izquierdo del rostro, pero resultaba innegable que existía un cierto nivel de similitud que podía resultar hasta agobiante.
Los Hermanos del Desierto tendrían tiempo de sobra para inquirir y tribular sobre sus propias divagaciones que bien le harían falta una vez se encontrasen cara a cara con los linderos custodiados de aquel refugio militar. A pie, aún tenían 10 minutos de viaje.
Y el oscuro barrio que les aguardaba en el horizonte les susurraba, queriendo engullirles en cuanto tuviera la oportunidad.
