30/04/2018, 16:45
En cuanto Kojuro Shinzo añadió a su peculiar petición otro maletín repleto de billetes verdes, Akame supo que el destino de aquel que se hacía llamar El Centinela estaba sellado. Si por él fuese, jamás habría aceptado dinero por un trabajo; no así, no de aquella forma, no en ese momento y lugar. Pero su compadre Datsue entendía mucho menos de formalidades y era, en cierto sentido, más pragmático que él. Nada más ver aquella auténtica barbaridad de dinero contante y sonante a su alcance, el Uchiha ni siquiera se lo pensó dos veces.
Realizó un sello, y una característica ristra de hexagramas pobló la piel del Centinela, añadiendo una capa más a su prisión. Akame bajó la cabeza y contuvo un bufido molesto. Todo aquello le daba demasiada mala espina.
—¿Entregarlo a los guardias? —masculló—. Para eso, mejor deberíamos matarlo directamente.
«Este tipo es demasiado fuerte. En cuanto se libere, podrá fumarse a una docena de soldados él sólo si quiere. Incluso aunque sus espadas todavía están tiradas en aquel callejón...»
El nuevo giro de acontecimientos añadía una nueva preocupación para Akame. Él ya daba por hecho que el Centinela quedaría libre, y había visto sus caras. Le habían engañado, le habían traicionado y ahora entregado a las autoridades —con las que, por otro lado, parecía llevarse bastante bien—.
—Esto es una mala idea —musitó otra vez Akame.
Sea como fuere, en cuanto Datsue cogiese el maletín, su Hermano le apremiaría a marcharse. Ya habían corrido suficientes riesgos en aquella ciudad, y la deuda con el Hierro estaba saldada.
Realizó un sello, y una característica ristra de hexagramas pobló la piel del Centinela, añadiendo una capa más a su prisión. Akame bajó la cabeza y contuvo un bufido molesto. Todo aquello le daba demasiada mala espina.
—¿Entregarlo a los guardias? —masculló—. Para eso, mejor deberíamos matarlo directamente.
«Este tipo es demasiado fuerte. En cuanto se libere, podrá fumarse a una docena de soldados él sólo si quiere. Incluso aunque sus espadas todavía están tiradas en aquel callejón...»
El nuevo giro de acontecimientos añadía una nueva preocupación para Akame. Él ya daba por hecho que el Centinela quedaría libre, y había visto sus caras. Le habían engañado, le habían traicionado y ahora entregado a las autoridades —con las que, por otro lado, parecía llevarse bastante bien—.
—Esto es una mala idea —musitó otra vez Akame.
Sea como fuere, en cuanto Datsue cogiese el maletín, su Hermano le apremiaría a marcharse. Ya habían corrido suficientes riesgos en aquella ciudad, y la deuda con el Hierro estaba saldada.