5/05/2018, 18:51
El Uchiha tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no ponerse a dar saltitos de alegría de la emoción que le desbordaba. Lo había hecho. Lo había conseguido. Su sueño, a un paso de hacerse realidad.
No solo era oficialmente rico —gracias al maletín de Shinzo—, sino que también contaba con la posibilidad de explotar un negocio próspero y fructífero. Exclusividad de las armas de aquella forja, además de sus propias invenciones —que esperaba causasen furor—, durante tres meses. Más que suficiente para hacerse un nombre en el mercado. Todo ello acompañado de su firma: el Intrépido, que ahora iría grabado en todos y cada uno de los aceros que saliesen hacia su tienda. Aquel detalle sutil, que bien podía parecer una de tantas de sus egocentricidades, era en realidad sumamente importante. Con ello, la gente asociaría las nuevas invenciones a su firma. Cuando perdiese la exclusividad temporal, y el resto de tiendas vendiese sus armas, a ojos del gran público tan solo serían meras copias. Burdas imitaciones. Falsificaciones. Quizá tuviesen la misma calidad. Quizá hasta le superasen. Pero él seguiría siendo el original.
¿Y quién prefiere la imitación a la marca auténtica? «Nadie, joder, nadie. Todos quieren que se vea bien en grande el cocodrilo de su jersey», se dijo, pensando en una conocida marca de ropa. «Y aun por encima con descuento de un cincuenta por ciento. Joder, ¡esto ha sido el negocio del siglo!»
—Aquí le dejo mis últimos diseños —dijo, con la voz crispada por la emoción y los ojos humedecidos.
Un, dos, tres, cuatro y hasta cinco pergaminos que sacó de los bolsillos internos de su camisa, dejándolos sobre la mesa. En ellos, aparecían sus armas revolucionarias. Seguramente no lo fuesen tanto, pero el Uchiha estaba orgulloso de ellas.
La primera de ellas se llamaba urumi. En realidad, no había sido invención suya. La había visto en un pequeño museo del País del Viento, en su viaje de vuelta junto a Aiko tras su peligrosa aventura. Era un arma antigua, olvidada en el tiempo, pero que Datsue creía tenía posibilidades de ser explotada por los ninjas. Una especie de látigo de acero, que al mismo tiempo que podía apresar una extremidad, le producía cortes. En su versión más complicada, de la empuñadura no surgía un filo, sino hasta cuatro. Toda una rareza que el Uchiha se moría de ganas por probar.
La segunda, un diseño que el Uchiha ya se había atrevido a hacer y hasta puesto en práctica, aunque en sus manos tan solo se trataba de un mero prototipo. Una bomba de aceite, con uso parecido a una bomba explosiva, pero que en su lugar salpica a todo aquél que estuviese cerca de un aceite altamente inflamable.
La tercera era parecida a la segunda. Una bomba, también, pero cuyo aceite viscoso limitaría los movimientos de todo aquel que se viese impregnado en él.
La cuarta, un escudo retráctil, con complejas fórmulas de sellado diseñadas por él mismo para su correcto funcionamiento. De primeras, un simple brazalete con una pequeña circunferencia de acero. Al activarse, un escudo lo suficientemente ancho y resistente como para proteger al usuario de otros aceros, golpes físicos e incluso algún ninjutsu menor.
La quinta… La quinta era la mejor, y de la que más orgulloso estaba. Y como todo lo bueno, era un secreto. Un secreto que ni había revelado a Akame, ni haría, hasta que la viese con sus propios ojos completada con éxito.
—Usted es el hombre más versado en esto de todo Oonindo. Dígame su más sincera opinión, sin escrúpulos: ¿las cree viables? ¿Piensa que tendrán éxito?
No solo era oficialmente rico —gracias al maletín de Shinzo—, sino que también contaba con la posibilidad de explotar un negocio próspero y fructífero. Exclusividad de las armas de aquella forja, además de sus propias invenciones —que esperaba causasen furor—, durante tres meses. Más que suficiente para hacerse un nombre en el mercado. Todo ello acompañado de su firma: el Intrépido, que ahora iría grabado en todos y cada uno de los aceros que saliesen hacia su tienda. Aquel detalle sutil, que bien podía parecer una de tantas de sus egocentricidades, era en realidad sumamente importante. Con ello, la gente asociaría las nuevas invenciones a su firma. Cuando perdiese la exclusividad temporal, y el resto de tiendas vendiese sus armas, a ojos del gran público tan solo serían meras copias. Burdas imitaciones. Falsificaciones. Quizá tuviesen la misma calidad. Quizá hasta le superasen. Pero él seguiría siendo el original.
¿Y quién prefiere la imitación a la marca auténtica? «Nadie, joder, nadie. Todos quieren que se vea bien en grande el cocodrilo de su jersey», se dijo, pensando en una conocida marca de ropa. «Y aun por encima con descuento de un cincuenta por ciento. Joder, ¡esto ha sido el negocio del siglo!»
—Aquí le dejo mis últimos diseños —dijo, con la voz crispada por la emoción y los ojos humedecidos.
Un, dos, tres, cuatro y hasta cinco pergaminos que sacó de los bolsillos internos de su camisa, dejándolos sobre la mesa. En ellos, aparecían sus armas revolucionarias. Seguramente no lo fuesen tanto, pero el Uchiha estaba orgulloso de ellas.
La primera de ellas se llamaba urumi. En realidad, no había sido invención suya. La había visto en un pequeño museo del País del Viento, en su viaje de vuelta junto a Aiko tras su peligrosa aventura. Era un arma antigua, olvidada en el tiempo, pero que Datsue creía tenía posibilidades de ser explotada por los ninjas. Una especie de látigo de acero, que al mismo tiempo que podía apresar una extremidad, le producía cortes. En su versión más complicada, de la empuñadura no surgía un filo, sino hasta cuatro. Toda una rareza que el Uchiha se moría de ganas por probar.
La segunda, un diseño que el Uchiha ya se había atrevido a hacer y hasta puesto en práctica, aunque en sus manos tan solo se trataba de un mero prototipo. Una bomba de aceite, con uso parecido a una bomba explosiva, pero que en su lugar salpica a todo aquél que estuviese cerca de un aceite altamente inflamable.
La tercera era parecida a la segunda. Una bomba, también, pero cuyo aceite viscoso limitaría los movimientos de todo aquel que se viese impregnado en él.
La cuarta, un escudo retráctil, con complejas fórmulas de sellado diseñadas por él mismo para su correcto funcionamiento. De primeras, un simple brazalete con una pequeña circunferencia de acero. Al activarse, un escudo lo suficientemente ancho y resistente como para proteger al usuario de otros aceros, golpes físicos e incluso algún ninjutsu menor.
La quinta… La quinta era la mejor, y de la que más orgulloso estaba. Y como todo lo bueno, era un secreto. Un secreto que ni había revelado a Akame, ni haría, hasta que la viese con sus propios ojos completada con éxito.
—Usted es el hombre más versado en esto de todo Oonindo. Dígame su más sincera opinión, sin escrúpulos: ¿las cree viables? ¿Piensa que tendrán éxito?
![[Imagen: ksQJqx9.png]](https://i.imgur.com/ksQJqx9.png)
¡Agradecimientos a Daruu por el dibujo de PJ y avatar tan OP! ¡Y a Reiji y Ayame por la firmaza! Si queréis una parecida, este es el lugar adecuado