13/09/2018, 03:54
(Última modificación: 13/09/2018, 04:23 por Umikiba Kaido. Editado 2 veces en total.)
—No, no, Kaido, creo que hiciste bien —dijo Daruu—, sólo me da pena que haya tenido que... un momento.
—¿Uhm?
Y como una centella, abrió la puerta. Resulta ser que no estaba paranoico. Realmente había oído algo que al final resultó ser alguien.
—¡¡Ayame!! —bramó su amigo, tan feliz como una lombriz. Arrojándose a los brazos de su amada, a la que en algún momento del tempestuoso trayecto creyó perdida. Para siempre—. No sabes lo que me alegro de verte. De veros. Escucha, yo... yo... yo...
Finalmente, una disculpa. Y uno de los Te quiero más crudos y reales que pudiera haber escuchado el Tiburón en sus cortos quince años de vida.
Kaido permaneció todo el tiempo con los brazos cruzados, a una distancia prudente, con una entrañable sonrisa en el rostro. Viendo a los tórtolos como un padre orgulloso, o un cupido muy azul.
—¡Lo siento! ¡Yo... Yo no... No quería perder el control así! ¡De verdad que no...! ¡Me resistí con todas mis fuerzas mientras el Gobi me hablaba y Datsue seguía atacándome! ¡Pero no pude hacerlo! ¡No pude...! Yo... ¡LO SIENTO MUCHÍSIMO!
—Ya todo pasó, no hay por qué lamentarse —contestó él, sincero—. Me alegra que estés bien, prima.
Prima. Colega. Amiga. Esa jodida niñata se había ganado un pedacito de su podrido corazón, al igual que el puto pelopincho de los cojones, y les iba a culpar durante toda la eternidad por ello.
—¿Uhm?
Y como una centella, abrió la puerta. Resulta ser que no estaba paranoico. Realmente había oído algo que al final resultó ser alguien.
—¡¡Ayame!! —bramó su amigo, tan feliz como una lombriz. Arrojándose a los brazos de su amada, a la que en algún momento del tempestuoso trayecto creyó perdida. Para siempre—. No sabes lo que me alegro de verte. De veros. Escucha, yo... yo... yo...
Finalmente, una disculpa. Y uno de los Te quiero más crudos y reales que pudiera haber escuchado el Tiburón en sus cortos quince años de vida.
Kaido permaneció todo el tiempo con los brazos cruzados, a una distancia prudente, con una entrañable sonrisa en el rostro. Viendo a los tórtolos como un padre orgulloso, o un cupido muy azul.
—¡Lo siento! ¡Yo... Yo no... No quería perder el control así! ¡De verdad que no...! ¡Me resistí con todas mis fuerzas mientras el Gobi me hablaba y Datsue seguía atacándome! ¡Pero no pude hacerlo! ¡No pude...! Yo... ¡LO SIENTO MUCHÍSIMO!
—Ya todo pasó, no hay por qué lamentarse —contestó él, sincero—. Me alegra que estés bien, prima.
Prima. Colega. Amiga. Esa jodida niñata se había ganado un pedacito de su podrido corazón, al igual que el puto pelopincho de los cojones, y les iba a culpar durante toda la eternidad por ello.
