29/03/2019, 13:24
Nadie de los presentes —excepto quizás aquellos cuya tasa de alcohol en sangre fuese ya alarmantemente alta— hubiera esperado que Calabaza ganara el combate contra aquel tipo de dientes de sierra que daba miedo sólo con mirarlo. Incluso aunque la mayoría de los que allí se congregaban, tanto hombres como mujeres, eran gente propia de los bajos fondos y curtidos en una vida nada fácil que premiaba al fuerte y condenaba al débil, ellos querían ver una lucha que fuese mínimamente equiparada. La otra opción era convertir el encuentro en algo tan sumamente avasallante para el pobre yonqui que fuese entretenido; y Kaido parecía haber comprendido aquello.
Con insultante facilidad El Tiburón se deshizo de los golpes de Calabaza, dejando pasar el puño primero y luego bloqueando el segundo. En el espacio que la fallida ofensiva del pordiosero le había dejado —no fue difícil verlo para un shinobi instruído como Kaido—, el amejin le lanzó un puñetazo tremendo a su contrincante. El golpe sonó, seco, con tanta fuerza que retumbó en aquella ratonera por encima del bullicio general, volteando el rostro de Calabaza como si de una muñeca de trapo se tratase y derribándolo con brutalidad.
«¿Q... Qué cojones... Es esto... Cuándo se volvió Kaido tan fuerte?»
El muchacho recuperó el sentido de dónde estaba y qué estaba haciendo pocos instantes después. El tacto húmedo de la tierra en su espalda le sugería que estaba tumbado en el suelo, y la cabeza le daba vueltas. Se notaba el rostro totalmente entumecido por el golpe. Trabajosamente se incorporó, volviendo a ponerse en pie —su paga dependía de ello— y arrancando una oleada de insultos por parte de los parroquianos que ya veían terminado el combate.
—Cof, cof... S... Sí... —se limitó a contestar, sumiso, ante las exigencias del Tiburón.
En todo su deplorable aspecto, el muchacho de rostro carbonizado y ropas sucias se abalanzó de nuevo contra Kaido. Esta vez con una breve carrera de apenas tres pasos para luego tratar de descargar un gancho de derecha a la altura de la mejilla del amejin —queriendo devolverle el golpe—, y luego un puñetazo bajo dirigido a su estómago. Pese a todo, Calabaza no se encontraba más apto para pelear de lo que había estado antes de recibir tamaño piñazo en el rostro, y sus golpes se habían vuelto incluso más lentos.
Con insultante facilidad El Tiburón se deshizo de los golpes de Calabaza, dejando pasar el puño primero y luego bloqueando el segundo. En el espacio que la fallida ofensiva del pordiosero le había dejado —no fue difícil verlo para un shinobi instruído como Kaido—, el amejin le lanzó un puñetazo tremendo a su contrincante. El golpe sonó, seco, con tanta fuerza que retumbó en aquella ratonera por encima del bullicio general, volteando el rostro de Calabaza como si de una muñeca de trapo se tratase y derribándolo con brutalidad.
«¿Q... Qué cojones... Es esto... Cuándo se volvió Kaido tan fuerte?»
El muchacho recuperó el sentido de dónde estaba y qué estaba haciendo pocos instantes después. El tacto húmedo de la tierra en su espalda le sugería que estaba tumbado en el suelo, y la cabeza le daba vueltas. Se notaba el rostro totalmente entumecido por el golpe. Trabajosamente se incorporó, volviendo a ponerse en pie —su paga dependía de ello— y arrancando una oleada de insultos por parte de los parroquianos que ya veían terminado el combate.
—Cof, cof... S... Sí... —se limitó a contestar, sumiso, ante las exigencias del Tiburón.
En todo su deplorable aspecto, el muchacho de rostro carbonizado y ropas sucias se abalanzó de nuevo contra Kaido. Esta vez con una breve carrera de apenas tres pasos para luego tratar de descargar un gancho de derecha a la altura de la mejilla del amejin —queriendo devolverle el golpe—, y luego un puñetazo bajo dirigido a su estómago. Pese a todo, Calabaza no se encontraba más apto para pelear de lo que había estado antes de recibir tamaño piñazo en el rostro, y sus golpes se habían vuelto incluso más lentos.