2/04/2019, 18:15
Aupado por los vítores de victoria y la proclamación por parte de Tachibana como ganador definitivo, Kaido le sonrió al público como debiéndose a ellos e inyectó la euforia un galantería. Nadie podía decir que el Tiburón no era bueno dando espectáculos. Después le arrancó al Sargento el tajo de billetes sin mediar palabra alguna, y en silencio, le torció los ojos a Calabaza una última vez antes de ser el primero en abandonar el asqueroso agujero de combates ilegales y sumergirse en la nocturnidad del verdadero corazón de Club de la Trucha.
Para hombres como ellos dos, la noche era una fiel compañera. Les protegía de los ojos curiosos, y les daba la soledad que a veces imperaba como una necesidad en sus oscuros corazones. Por esa razón, no fue extraño que se encontraran ahí en el epicentro del que llamaban el callejón de la decadencia donde una calle descuidada, maloliente a orina y con apenas un par de farolas haciendo el trabajo de otras diez descompuestas. La figura de un hombre azul emergió de las sombras, de pronto, con una botella en la mano y cubierto por su capa de viaje con mirada irrisoria y tratando de sopesar el frío de las noches de Tanzaku con un ron especial bien caliente y seco que tomaba de a pequeños sorbos, cada tanto.
—Marrajo nunca se equivoca —soltó con voz de discordia, viendo la pasta azul—. estas puestísimo en esa mierda. ¿Ya te gastaste todos los pavos, no?
Un fajo de billetes voló entonces, repentinamente, hasta los pies de calabaza. El mismo fajo que Tachibana le había dado como cuota de su avasallante victoria sobre su jodido saco de boxeo.
»Toma, tu primer sueldo.
* * *
Para hombres como ellos dos, la noche era una fiel compañera. Les protegía de los ojos curiosos, y les daba la soledad que a veces imperaba como una necesidad en sus oscuros corazones. Por esa razón, no fue extraño que se encontraran ahí en el epicentro del que llamaban el callejón de la decadencia donde una calle descuidada, maloliente a orina y con apenas un par de farolas haciendo el trabajo de otras diez descompuestas. La figura de un hombre azul emergió de las sombras, de pronto, con una botella en la mano y cubierto por su capa de viaje con mirada irrisoria y tratando de sopesar el frío de las noches de Tanzaku con un ron especial bien caliente y seco que tomaba de a pequeños sorbos, cada tanto.
—Marrajo nunca se equivoca —soltó con voz de discordia, viendo la pasta azul—. estas puestísimo en esa mierda. ¿Ya te gastaste todos los pavos, no?
Un fajo de billetes voló entonces, repentinamente, hasta los pies de calabaza. El mismo fajo que Tachibana le había dado como cuota de su avasallante victoria sobre su jodido saco de boxeo.
»Toma, tu primer sueldo.
