9/04/2019, 17:11
(Última modificación: 19/04/2019, 17:00 por Uchiha Akame. Editado 1 vez en total.)
Los ojos de Akame, teñidos por el Sharingan, escudriñaban con avidez el rostro de Kaido. Sí, parecía que la bestia dormida acababa de salir por fin de su letargo; pero, ¿a qué precio? Los que habían conocido a aquel ex ninja sabían bien que se caracterizaba por ser un tipo pragmático y calmado, nada amigo de los impulsos irracionales y las improvisaciones. El Tiburón podía contarse entre ellos pues, aunque por vicisitudes del destino ambos habían terminado por ocupar durante un tiempo trincheras contrarias, también habían vivido varias aventuras juntos. Por eso mismo Kaido sería capaz de reconocer en aquellos ojos el brillo de la demencia, sin duda Akame no estaba cuerdo del todo en aquel momento. La cuestión era más bien si eso supondría algún impedimento para que el Gyojin decidiera rubricar su asociación.
No parecía que fuese así. Cuando Kaido aceptó encargarse de destruir aquel lugar a medias con el Uchiha, éste se relamió como un auténtico tarado. ¿Podía culpársele? Su cabeza había soportado más de lo que probablemente cualquier persona pudiera, y ahora la olla simplemente estaba dejando ir todo el vapor. Akame ya iba a salir del baño cuando de repente se detuvo, llevándose una mano al mentón. Pensativo.
—Hmpf, no. No. Los dioses exigen un sacrificio de sangre —constató, y hablaba de forma más metafórica que literal—. Pero no aquí... Demasiado fácil. Sígueme, mi buen Kaido...
El Uchiha abandonó el aseo y se dirigió hacia la barra. Sin mediar palabra con Ime tomó el vaso de chupito que quedaba viudo y se lo empinó de un trago. Luego alzó la mirada, y aquella camarera pudo ver sus ojos por primera vez desde que le conocía; sus verdaderos ojos. No sólo los vio, sino que buceó en ellos, se empapó de ellos; le llegaron hasta el alma. No era aconsejable mirar en el abismo de un loco... E Ime lo pagó caro. Retrocedió con un balbuceo, con los ojos desencajados de terror como si hubiese visto al mismísimo Susano'o, y cayó con la espalda apoyada en la estantería repleta de licores mientras tartamudeaba palabras inconexas.
—Gracias, Ime. Eres muy amable —dijo en voz alta el Uchiha. Luego se volvió hacia Kaido—. Dice que a esta ronda invita la casa —agregó, encogiéndose de hombros.
Entonces el pordiosero salió de aquel tugurio de mala muerte con un sonoro portazo que hizo voltearse al gorila. El tipo miró a Akame como si no le reconociese, y éste le devolvió la mirada. Una sonrisa mostró sus dientes azulados. Como si nada, el yonqui salió a la calle y esperó allí a Kaido.
—Creo que podemos hacerle una visita a mis viejos amigos. Mis amables amigos, mis benefactores. Seguro que se alegran de vernos —comentó, pasándose la lengua por los labios con ansia—. ¿No quieres darle una puta patada en el culo al Dedo Amarillo? Estás de suerte, Tiburón. Empezamos esta misma noche.
No parecía que fuese así. Cuando Kaido aceptó encargarse de destruir aquel lugar a medias con el Uchiha, éste se relamió como un auténtico tarado. ¿Podía culpársele? Su cabeza había soportado más de lo que probablemente cualquier persona pudiera, y ahora la olla simplemente estaba dejando ir todo el vapor. Akame ya iba a salir del baño cuando de repente se detuvo, llevándose una mano al mentón. Pensativo.
—Hmpf, no. No. Los dioses exigen un sacrificio de sangre —constató, y hablaba de forma más metafórica que literal—. Pero no aquí... Demasiado fácil. Sígueme, mi buen Kaido...
El Uchiha abandonó el aseo y se dirigió hacia la barra. Sin mediar palabra con Ime tomó el vaso de chupito que quedaba viudo y se lo empinó de un trago. Luego alzó la mirada, y aquella camarera pudo ver sus ojos por primera vez desde que le conocía; sus verdaderos ojos. No sólo los vio, sino que buceó en ellos, se empapó de ellos; le llegaron hasta el alma. No era aconsejable mirar en el abismo de un loco... E Ime lo pagó caro. Retrocedió con un balbuceo, con los ojos desencajados de terror como si hubiese visto al mismísimo Susano'o, y cayó con la espalda apoyada en la estantería repleta de licores mientras tartamudeaba palabras inconexas.
—Gracias, Ime. Eres muy amable —dijo en voz alta el Uchiha. Luego se volvió hacia Kaido—. Dice que a esta ronda invita la casa —agregó, encogiéndose de hombros.
Entonces el pordiosero salió de aquel tugurio de mala muerte con un sonoro portazo que hizo voltearse al gorila. El tipo miró a Akame como si no le reconociese, y éste le devolvió la mirada. Una sonrisa mostró sus dientes azulados. Como si nada, el yonqui salió a la calle y esperó allí a Kaido.
—Creo que podemos hacerle una visita a mis viejos amigos. Mis amables amigos, mis benefactores. Seguro que se alegran de vernos —comentó, pasándose la lengua por los labios con ansia—. ¿No quieres darle una puta patada en el culo al Dedo Amarillo? Estás de suerte, Tiburón. Empezamos esta misma noche.