19/04/2019, 18:52
La dicotomía que existía entre los extremos de Tanzaku era, sin duda, evidente. Hasta el aire se respiraba mejor lejos de los escombros desmoralizados de los barrios más pobres de la Capital del País del Fuego. Kaido siguió apaciblemente a Akame, cubierto por la seguridad de su pesada capa de viaje negruzca, a través de su viaje personal de introspección donde iba cerrando cada experiencia que había vivido él en aquella ciudad. Con la quema del tugurio que le usó como carne de cañón para apuestas de peleas ilegales, hasta la búsqueda en la que abandonó la piel de Calabaza para tratar de convertirse en el Akame de los tiempos de antes; ahora el gyojin debía acompañarlo hasta una última parada.
Al desenlace de un capítulo con Omoide y desesperanza como título final.
Entre harapos mugrientos y cajas de cartón, Akame retiró un pequeño cobertizo que guardaba en su interior una pluma azul. La retiró de su interior como un tesoro extremadamente varioso y lo apretujó, risueño, entre su pecho, para luego calzarla en algún lugar apropiado entre sus pelajes.
Kaido, en silencio, se llevó la mano casi que por inercia a un colgante que calzaba en su pecho, también. Era un cordón de tira negra que acababa en un colmillo de tiburón blanco. Lo sostuvo con la añoranza de tiempos mejores y ni siquiera el Bautizo Draconiano fue capaz de apaciguar los recuerdos de ese alguien. De su mentor. De Yarou.
Akame y Kaido compartían ese par de detalles. Que, un objeto, cumplía la única función de mantener vívido un bonito recuerdo. El único, quizás, que valía la pena mantener en un mundo tan pútrido como en el que vivían.
Al desenlace de un capítulo con Omoide y desesperanza como título final.
Entre harapos mugrientos y cajas de cartón, Akame retiró un pequeño cobertizo que guardaba en su interior una pluma azul. La retiró de su interior como un tesoro extremadamente varioso y lo apretujó, risueño, entre su pecho, para luego calzarla en algún lugar apropiado entre sus pelajes.
Kaido, en silencio, se llevó la mano casi que por inercia a un colgante que calzaba en su pecho, también. Era un cordón de tira negra que acababa en un colmillo de tiburón blanco. Lo sostuvo con la añoranza de tiempos mejores y ni siquiera el Bautizo Draconiano fue capaz de apaciguar los recuerdos de ese alguien. De su mentor. De Yarou.
Akame y Kaido compartían ese par de detalles. Que, un objeto, cumplía la única función de mantener vívido un bonito recuerdo. El único, quizás, que valía la pena mantener en un mundo tan pútrido como en el que vivían.
