4/11/2015, 17:36
Dos muchachas y una noche oscura. Un infortunio, quizás sólo una fatídica casualidad. Pero encontrarse precisamente allí, precisamente aquella noche, la noche en la que nadie debía acercarse... Era tener muy mala suerte.
Pese a todo, aquella era la noche en la que nadie debía haberse acercado a la mansión de aquél trigal perdido de la mano de todos los dioses que se pueden nombrar, y de aquellos que todos ya han olvidado. Y pese a todo allá estaban, Eri y Ayame se llamaban, y estaban confundidas y asustadas, cada una a su manera. Eran kunoichis, las habían entrenado para la batalla. Para el reconocimiento. Para huir de los peligros cuando no podían hacerles frente.
Pese a todo, ellas no sentían el peligro. Claro, ¿cómo iban a sentirlo?
Y sin embargo, pese a todo, había peligro. Claro que lo había.
Estaba en las escaleras mugrientas que subían hasta el porche, en los pilares que a duras penas parecían sostener los balcones, en las ventanas negras como negro podía ser un universo vacío, estaba en el soplar del viento, que quería advertir sin éxito de los trances que allá dentro les esperaban, pacientes como un tigre acechando a una presa en la noche. Estaba en la puerta, sin manija, sin cerradura, que parecía querer abrirse de un momento a otro. No se movía, pero pese a todo, ellas sabían que quería abrirse. Lo gritaba desde la esencia misma de su ser.
Y la puerta se abrió. Y supieron que nadie, en su sano juicio, jamás, querría adentrarse allá dentro.
Y, pese a todo... Algo las llamó adentro como la luz que domina la voluntad de una luciérnaga que se acerca a una lámpara buscando la muerte.
Pese a todo, aquella era la noche en la que nadie debía haberse acercado a la mansión de aquél trigal perdido de la mano de todos los dioses que se pueden nombrar, y de aquellos que todos ya han olvidado. Y pese a todo allá estaban, Eri y Ayame se llamaban, y estaban confundidas y asustadas, cada una a su manera. Eran kunoichis, las habían entrenado para la batalla. Para el reconocimiento. Para huir de los peligros cuando no podían hacerles frente.
Pese a todo, ellas no sentían el peligro. Claro, ¿cómo iban a sentirlo?
Y sin embargo, pese a todo, había peligro. Claro que lo había.
Estaba en las escaleras mugrientas que subían hasta el porche, en los pilares que a duras penas parecían sostener los balcones, en las ventanas negras como negro podía ser un universo vacío, estaba en el soplar del viento, que quería advertir sin éxito de los trances que allá dentro les esperaban, pacientes como un tigre acechando a una presa en la noche. Estaba en la puerta, sin manija, sin cerradura, que parecía querer abrirse de un momento a otro. No se movía, pero pese a todo, ellas sabían que quería abrirse. Lo gritaba desde la esencia misma de su ser.
Y la puerta se abrió. Y supieron que nadie, en su sano juicio, jamás, querría adentrarse allá dentro.
Y, pese a todo... Algo las llamó adentro como la luz que domina la voluntad de una luciérnaga que se acerca a una lámpara buscando la muerte.
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