6/11/2015, 23:45
Pero en el momento en el que se dio la vuelta, una sombra acercándose a toda velocidad hacia ella le hizo saltar hacia atrás.
—¡Ah! —chilló, aterrorizada, pero enseguida se dio cuenta de lo ridículo de la situación.
Se encontraba cara a cara con una joven que, a juzgar por lo bajita que era, debía de ser más pequeña que ella; y sin embargo, era increíblemente bonita. De mejillas sonrosadas y piel pálida como el más puro marfil, en su rostro destacaban unos ojos, abiertos de par en par, que brillaban como auténticas esmeraldas y sus labios carnosos y sonrosados. Incluso sus cabellos, de un exótico e inusual color azulado, parecían estar constituidos de finos hilos perfectamente cuidados.
«Qué guapa es...» Se sorprendió a sí misma con aquellos pensamientos. No sin cierta envidia. Ojalá ella fuera tan atractiva como lo era aquella chiquilla. Incluso estaba muchísimo mejor dotada que ella en aspectos más íntimos.
Sin embargo, Ayame no tardó en reparar en la banda metálica que lucía en la frente y cuyo símbolo la identificaba como kunoichi de Uzushiogakure. Sus ojos se ensombrecieron súbitamente.
«Ya no hay alianza...» Se recordó para sus adentros.
-H-Hola... —balbuceó la chiquilla, con una voz suave como el terciopelo pero temblorosa como una hoja de otoño.
—Hola... —respondió Ayame, igual de recelosa.
Quizás fuera a añadir algo, porque abrió la boca e inspiró profundamente, pero un escalofrío le puso la piel de gallina repentinamente y se dio la vuelta de nuevo hacia la mansión.
En su vida se le hubiese ocurrido hacer una locura así. En cualquier otro momento habría salido corriendo sin mirar atrás siquiera. Pero había algo allí. Había una canción de sirena que la atraía con la fuerza con la que la luz de la luna atrae a una polilla. Estaba en los mugrientos y polvorientos escalones que conducían al porche de entrada, lo escuchaba en los mismos pilares que tanto se esforzaban en sostener unos balcones que amenazaban con derrumbarse en cualquier momento, lo sentía en las ventanas que miraban como ojos vacíos... Pero sobre todo aguardaba en aquella puerta sin pomo que deseaba ser abierta...
Y, de hecho, se abrió.
Y el canto de sirena se hizo más potente.
El viento se arremolinó alrededor de Ayame, y como poseída por aquella melodía sin notas, avanzó sin vacilar hacia la misma entrada de la mansión. Haciendo oídos sordos a su instinto más primario que prácticamente le gritaba que se alejara todo lo que pudiera de aquella mansión abandonada a su suerte en aquel trigal maldito.
—¡Ah! —chilló, aterrorizada, pero enseguida se dio cuenta de lo ridículo de la situación.
Se encontraba cara a cara con una joven que, a juzgar por lo bajita que era, debía de ser más pequeña que ella; y sin embargo, era increíblemente bonita. De mejillas sonrosadas y piel pálida como el más puro marfil, en su rostro destacaban unos ojos, abiertos de par en par, que brillaban como auténticas esmeraldas y sus labios carnosos y sonrosados. Incluso sus cabellos, de un exótico e inusual color azulado, parecían estar constituidos de finos hilos perfectamente cuidados.
«Qué guapa es...» Se sorprendió a sí misma con aquellos pensamientos. No sin cierta envidia. Ojalá ella fuera tan atractiva como lo era aquella chiquilla. Incluso estaba muchísimo mejor dotada que ella en aspectos más íntimos.
Sin embargo, Ayame no tardó en reparar en la banda metálica que lucía en la frente y cuyo símbolo la identificaba como kunoichi de Uzushiogakure. Sus ojos se ensombrecieron súbitamente.
«Ya no hay alianza...» Se recordó para sus adentros.
-H-Hola... —balbuceó la chiquilla, con una voz suave como el terciopelo pero temblorosa como una hoja de otoño.
—Hola... —respondió Ayame, igual de recelosa.
Quizás fuera a añadir algo, porque abrió la boca e inspiró profundamente, pero un escalofrío le puso la piel de gallina repentinamente y se dio la vuelta de nuevo hacia la mansión.
En su vida se le hubiese ocurrido hacer una locura así. En cualquier otro momento habría salido corriendo sin mirar atrás siquiera. Pero había algo allí. Había una canción de sirena que la atraía con la fuerza con la que la luz de la luna atrae a una polilla. Estaba en los mugrientos y polvorientos escalones que conducían al porche de entrada, lo escuchaba en los mismos pilares que tanto se esforzaban en sostener unos balcones que amenazaban con derrumbarse en cualquier momento, lo sentía en las ventanas que miraban como ojos vacíos... Pero sobre todo aguardaba en aquella puerta sin pomo que deseaba ser abierta...
Y, de hecho, se abrió.
Y el canto de sirena se hizo más potente.
El viento se arremolinó alrededor de Ayame, y como poseída por aquella melodía sin notas, avanzó sin vacilar hacia la misma entrada de la mansión. Haciendo oídos sordos a su instinto más primario que prácticamente le gritaba que se alejara todo lo que pudiera de aquella mansión abandonada a su suerte en aquel trigal maldito.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)