6/11/2019, 19:29
Los comentarios insolentes de Reiji sí parecieron hacer efecto en el samurai, y aunque no pronunció palabra alguna sí apretó el paso. Cualquiera con un poco de ojo para estas cosas se habría dado cuenta de que había tensado la postura. Katsudon le dio un codazo a Reiji, y cuando estuvo seguro de que el hombre no podía oírles le susurró a su subordinado:
—Chsss, a mi tampoco me está gustando esto, pero no lo empeoremos, ¿sí? —El hombretón se acercó a él y le dio un pequeño apretón amistoso en el hombro—. Escucha. Mantente alerta. Huelo problemas. Y tengo buen olfato.
El soldado les condujo a través de unos callejones solitarios y hasta una posada de aspecto abandonado. En efecto así lo estaba, aunque el abandono no le había sentado mal. No les dijeron nada, como venía siendo precedente, pero daba a entender que habían acondicionado el edificio para las poco frecuentes visitas. Tan poco frecuentes eran que tenían el lugar para ellos solos. El samurai les dirigió una mirada severa antes de estamparle las llaves de la posada a Katsudon en su manaza.
—Cuando se les requiera, se les hará llamar. No se alejen mucho ni husmeen lo indebido. —Y con esta seca advertencia, dio un portazo.
—Sí, esto huele mal —opinó Katsudon—. Espero que Yuuna esté bien.
La barra del posadero seguía allí, pero donde debía haber mesas y sillas para comensales y viajeros habían una serie de sofás rodeando en semicírculo una chimenea apagada tiempo ha. Afortunadamente, había madera de sobra para volverla a poner en funcionamiento, y Katsudon había firmado desde que nació un bonito pacto con el fuego. De modo que no tardó en acuclillarse y proporcionar al dúo de Uzushiogakure un poco de calor. Se repancigó en uno de los sofás y soltó un resoplido.
—Chsss, a mi tampoco me está gustando esto, pero no lo empeoremos, ¿sí? —El hombretón se acercó a él y le dio un pequeño apretón amistoso en el hombro—. Escucha. Mantente alerta. Huelo problemas. Y tengo buen olfato.
El soldado les condujo a través de unos callejones solitarios y hasta una posada de aspecto abandonado. En efecto así lo estaba, aunque el abandono no le había sentado mal. No les dijeron nada, como venía siendo precedente, pero daba a entender que habían acondicionado el edificio para las poco frecuentes visitas. Tan poco frecuentes eran que tenían el lugar para ellos solos. El samurai les dirigió una mirada severa antes de estamparle las llaves de la posada a Katsudon en su manaza.
—Cuando se les requiera, se les hará llamar. No se alejen mucho ni husmeen lo indebido. —Y con esta seca advertencia, dio un portazo.
—Sí, esto huele mal —opinó Katsudon—. Espero que Yuuna esté bien.
La barra del posadero seguía allí, pero donde debía haber mesas y sillas para comensales y viajeros habían una serie de sofás rodeando en semicírculo una chimenea apagada tiempo ha. Afortunadamente, había madera de sobra para volverla a poner en funcionamiento, y Katsudon había firmado desde que nació un bonito pacto con el fuego. De modo que no tardó en acuclillarse y proporcionar al dúo de Uzushiogakure un poco de calor. Se repancigó en uno de los sofás y soltó un resoplido.
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