20/01/2020, 16:35
—Pues la verdad es que...ha tenido momentos muy malos, y también momentos muy buenos. Me ha cambiado en muchos aspectos, y aunque tengo algunas dudas, creo que ya tengo mas claro quién soy y que soy. —Hanabi ya lo había notado. Había algo en su mirada. Era determinación, y un propósito. El fuego ardía en sus ojos cuando antes sólo era una llamita.
—Me alegro mucho, Reiji-kun —le dijo, con una sonrisa.
—Y también... He encontrado otras cosas durante mi viaje. En definitiva, me ha venido bien. Pero lo importante, agarrarse fuerte a la silla, por que uff, si usted supiera lo que hemos vivido ahí a fuera...
—Estáis empezando a crear una expectativa... —dijo, mirando a Katsudon. Estaba sudando, como siempre que se ponía nervioso. Mal asunto.
—Aunque me gustaría saltarme muchas partes... Creo que es mejor que empiece Katsudon desde el principio del todo, cuando nos encontramos con Yuuna, la hija del líder de los samuráis.
Hanabi abrió los ojos y alzó las cejas. Miró a Yuuna, incrédulo.
—¿La hija de Hagane-dono? —dijo—. Vaya... es una sorpresa. ¿A qué se debe el placer de tenerte entre nosotros?
Yuuna dio un paso adelante y clavó una rodilla en tierra.
—Sendo Yuuna, Hanabi-dono, le pide formalmente asilo político, y la ayuda para recuperar el País del Hierro... no, para recuperar a mi madre.
—¿Cómo...? ¿Qué ha pasado? ¿Asilo político? —Hanabi se agarró el pelo de la coronilla y apretó la mandíbula. Otro problema más. Otra vez que se convertía en la carpa, nadando en un estanque de aguas revueltas.
—Mi padre se convirtió en jinchuuriki del Hachibi... de Gyūki. —Zasca, primer palazo. Hanabi abrió la boca—. Entabló amistad con el bijuu y colaboró con él para defender el País del Hierro. —Pumba. Segundo golpe. Lo curioso es que esta vez Hanabi relajó el gesto, y en lugar de mostrarse escandalizado como Katsudon lo había hecho entrecerró los ojos y se acarició la barbilla, pensativo—. Kurama en forma humana atacó Sanrō-yama y ellos dos se negaron a colaborar con él, así que el Kyūbi acabó con su vida. Me encontré con sus dos shinobi cuando viajaba aquí para contárselo. Los acompañé hacia el Hierro.
Hanabi suspiró y bajó la mirada.
—Esto es muy grave —declaró—. Kurama y sus Generales están empezando a poner en riesgo a todos. —Desvió la mirada hacia los vendajes de su mano. Katsudon se dio cuenta.
—Hanabi-kun, ¿los Generales han atacado en nuestra ausencia la Villa? ¡No me diga...!
—No exactamente, Don. Primero, me contáis. Y luego, os cuento. —Hanabi mostró la mano a Katsudon mientras dirigía una mirada suspicaz a Yuuna—. Entonces, ¿pides asilo porque Kurama ha destruído el País del Hierro? ¿Qué tiene que ver con tu madre? ¿Está prisionera? No me digáis que fuisteis a intentar rescatarla por vuestra cuenta.
—No exactamente... pero está muy rara. No parece ella misma. Encerró a Katsudon-san y a Reiji-kun en los calabozos, cuando nuestros países siempre han tenido una relación excelente, usted lo sabe, Hanabi-dono. —Hanabi asintió—. Incluso llegó a encerrarme a mí bajo llave. Muchos de los samurái se negaban a obedecerme. Los míos me han dicho que cambió radicalmente en el poco tiempo que yo estuve fuera. Sospecho... sospechamos que alguien la está manipulando, o bien... o bien que alguien la ha reemplazado por completo.
Hanabi se recostó en el asiento y se balanceó de un lado a otro.
—Pero... ¿tienes alguna prueba? Yuuna-dono, escúcheme...
—Por favor, no me trate de forma tan formal, Hanabi-dono.
—Está bien. Yuuna. No puedo enviar ninjas así como así a invadir a un país vecino para derrocar a su líder si no tenemos indicios importantes de que...
—De camino —interrumpió Katsudon—. Nos atacaron unos ninjas misteriosos con una bandana que tenía un copo de nieve. —Katsudon rebuscó en el bolsillo y le lanzó a Hanabi una placa de metal, que recogió al vuelo y observó con curiosidad—. Nos enteramos luego de que eran hombres de Kurama. Esos mismos ninjas nos atacaron de nuevo en Sanrō-yama. La explosión que provocaron con un sello explosivo fue lo que utilizaron los hombres de Koichi como excusa para encarcelarnos. Hanabi-kun, no tenemos nada que la incrimine directamente, pero ¿no le parece un poco sospechoso?
Hanabi pareció pensárselo durante un minuto.
—Está bien, sí —dijo, finalmente—. Pero vamos a tomarnos esto con calma y a esperar a que tengamos recursos suficientes para enviar a un escuadrón de ninjas competentes para que os acompañen. ¿Lo entiendes, verdad, Yuuna? Con todo esto de los Generales, tenemos que pensar bien todos nuestros movimientos. Y además, ahora mismo por lo que me habéis contado estarán en un nivel de alerta máximo.
—Lo entiendo, Hanabi-dono —contestó Yuuna, haciendo una nueva reverencia.
—Por lo que a mi respecta, puedes quedarte en la aldea el tiempo que lo necesites, aunque entiende que durante el tiempo que estés aquí estarás vigilada y se te podrán hacer preguntas.
—No me importa, Hanabi-dono. ¿Podría... asistir a la Academia? Me gustaría aprender... algo de Ninjutsu.
Hanabi levantó las cejas con sorpresa.
—Una petición extraña. Deja que me lo piense. Quizás con el tiempo, cuando te conozcamos mejor. Entiende que no podemos compartir algunos secretos con extranjeros.
—Lo entiendo, Hanabi-dono. Pero en el futuro quizás... quizás me quede en esta aldea. Trabaje con vosotros. Trabaje para el Remolino.
—¿Cómo? ¿Y qué pasa con tu País?
Yuuna desvió la mirada hacia Reiji un momento. Hanabi se rascó de nuevo la coronilla, sin entender.
—He encontrado a alguien que me une a este sitio.
Hubo unos muy tensos segundos de silencio.
—Si estás dispuesta —dijo Hanabi, pronunciando lentamente cada palabra— a someterte a un extenso interrogatorio y a una lectura de memoria... Puedo pensar seriamente la posibilidad de admitirte en la Academia como futura kunoichi.
Yuuna miró a Hanabi y asintió con seguridad. Estaba aterrada. No sabía que los ninjas podían leer la memoria de nadie. Aún así, no dudó ni un instante.
—Que así sea. Puede confiar en mí, pero no tengo problemas en demostrarlo con hechos.
Hanabi suspiró.
—Bien, ya hablaremos de eso. Que Kurama tenga un ejército shinobi es algo que debería estar preocupándonos y que afecta a todas las aldeas. Tendré que llamar a los otros Kage para comunicárselo. Pero, ¿cómo averiguasteis que estos ninjas eran de verdad hombres al servicio de Kurama?
A Katsudon le entró una risa nerviosa.
—Bueno, el caso es que... —empezó—. Mejor que te lo cuente Reiji. Es el protagonista de esa parte de la historia. —El hombretón no pensaba revivir lo vivido en el barco. No señor.
—Me alegro mucho, Reiji-kun —le dijo, con una sonrisa.
—Y también... He encontrado otras cosas durante mi viaje. En definitiva, me ha venido bien. Pero lo importante, agarrarse fuerte a la silla, por que uff, si usted supiera lo que hemos vivido ahí a fuera...
—Estáis empezando a crear una expectativa... —dijo, mirando a Katsudon. Estaba sudando, como siempre que se ponía nervioso. Mal asunto.
—Aunque me gustaría saltarme muchas partes... Creo que es mejor que empiece Katsudon desde el principio del todo, cuando nos encontramos con Yuuna, la hija del líder de los samuráis.
Hanabi abrió los ojos y alzó las cejas. Miró a Yuuna, incrédulo.
—¿La hija de Hagane-dono? —dijo—. Vaya... es una sorpresa. ¿A qué se debe el placer de tenerte entre nosotros?
Yuuna dio un paso adelante y clavó una rodilla en tierra.
—Sendo Yuuna, Hanabi-dono, le pide formalmente asilo político, y la ayuda para recuperar el País del Hierro... no, para recuperar a mi madre.
—¿Cómo...? ¿Qué ha pasado? ¿Asilo político? —Hanabi se agarró el pelo de la coronilla y apretó la mandíbula. Otro problema más. Otra vez que se convertía en la carpa, nadando en un estanque de aguas revueltas.
—Mi padre se convirtió en jinchuuriki del Hachibi... de Gyūki. —Zasca, primer palazo. Hanabi abrió la boca—. Entabló amistad con el bijuu y colaboró con él para defender el País del Hierro. —Pumba. Segundo golpe. Lo curioso es que esta vez Hanabi relajó el gesto, y en lugar de mostrarse escandalizado como Katsudon lo había hecho entrecerró los ojos y se acarició la barbilla, pensativo—. Kurama en forma humana atacó Sanrō-yama y ellos dos se negaron a colaborar con él, así que el Kyūbi acabó con su vida. Me encontré con sus dos shinobi cuando viajaba aquí para contárselo. Los acompañé hacia el Hierro.
Hanabi suspiró y bajó la mirada.
—Esto es muy grave —declaró—. Kurama y sus Generales están empezando a poner en riesgo a todos. —Desvió la mirada hacia los vendajes de su mano. Katsudon se dio cuenta.
—Hanabi-kun, ¿los Generales han atacado en nuestra ausencia la Villa? ¡No me diga...!
—No exactamente, Don. Primero, me contáis. Y luego, os cuento. —Hanabi mostró la mano a Katsudon mientras dirigía una mirada suspicaz a Yuuna—. Entonces, ¿pides asilo porque Kurama ha destruído el País del Hierro? ¿Qué tiene que ver con tu madre? ¿Está prisionera? No me digáis que fuisteis a intentar rescatarla por vuestra cuenta.
—No exactamente... pero está muy rara. No parece ella misma. Encerró a Katsudon-san y a Reiji-kun en los calabozos, cuando nuestros países siempre han tenido una relación excelente, usted lo sabe, Hanabi-dono. —Hanabi asintió—. Incluso llegó a encerrarme a mí bajo llave. Muchos de los samurái se negaban a obedecerme. Los míos me han dicho que cambió radicalmente en el poco tiempo que yo estuve fuera. Sospecho... sospechamos que alguien la está manipulando, o bien... o bien que alguien la ha reemplazado por completo.
Hanabi se recostó en el asiento y se balanceó de un lado a otro.
—Pero... ¿tienes alguna prueba? Yuuna-dono, escúcheme...
—Por favor, no me trate de forma tan formal, Hanabi-dono.
—Está bien. Yuuna. No puedo enviar ninjas así como así a invadir a un país vecino para derrocar a su líder si no tenemos indicios importantes de que...
—De camino —interrumpió Katsudon—. Nos atacaron unos ninjas misteriosos con una bandana que tenía un copo de nieve. —Katsudon rebuscó en el bolsillo y le lanzó a Hanabi una placa de metal, que recogió al vuelo y observó con curiosidad—. Nos enteramos luego de que eran hombres de Kurama. Esos mismos ninjas nos atacaron de nuevo en Sanrō-yama. La explosión que provocaron con un sello explosivo fue lo que utilizaron los hombres de Koichi como excusa para encarcelarnos. Hanabi-kun, no tenemos nada que la incrimine directamente, pero ¿no le parece un poco sospechoso?
Hanabi pareció pensárselo durante un minuto.
—Está bien, sí —dijo, finalmente—. Pero vamos a tomarnos esto con calma y a esperar a que tengamos recursos suficientes para enviar a un escuadrón de ninjas competentes para que os acompañen. ¿Lo entiendes, verdad, Yuuna? Con todo esto de los Generales, tenemos que pensar bien todos nuestros movimientos. Y además, ahora mismo por lo que me habéis contado estarán en un nivel de alerta máximo.
—Lo entiendo, Hanabi-dono —contestó Yuuna, haciendo una nueva reverencia.
—Por lo que a mi respecta, puedes quedarte en la aldea el tiempo que lo necesites, aunque entiende que durante el tiempo que estés aquí estarás vigilada y se te podrán hacer preguntas.
—No me importa, Hanabi-dono. ¿Podría... asistir a la Academia? Me gustaría aprender... algo de Ninjutsu.
Hanabi levantó las cejas con sorpresa.
—Una petición extraña. Deja que me lo piense. Quizás con el tiempo, cuando te conozcamos mejor. Entiende que no podemos compartir algunos secretos con extranjeros.
—Lo entiendo, Hanabi-dono. Pero en el futuro quizás... quizás me quede en esta aldea. Trabaje con vosotros. Trabaje para el Remolino.
—¿Cómo? ¿Y qué pasa con tu País?
Yuuna desvió la mirada hacia Reiji un momento. Hanabi se rascó de nuevo la coronilla, sin entender.
—He encontrado a alguien que me une a este sitio.
Hubo unos muy tensos segundos de silencio.
—Si estás dispuesta —dijo Hanabi, pronunciando lentamente cada palabra— a someterte a un extenso interrogatorio y a una lectura de memoria... Puedo pensar seriamente la posibilidad de admitirte en la Academia como futura kunoichi.
Yuuna miró a Hanabi y asintió con seguridad. Estaba aterrada. No sabía que los ninjas podían leer la memoria de nadie. Aún así, no dudó ni un instante.
—Que así sea. Puede confiar en mí, pero no tengo problemas en demostrarlo con hechos.
Hanabi suspiró.
—Bien, ya hablaremos de eso. Que Kurama tenga un ejército shinobi es algo que debería estar preocupándonos y que afecta a todas las aldeas. Tendré que llamar a los otros Kage para comunicárselo. Pero, ¿cómo averiguasteis que estos ninjas eran de verdad hombres al servicio de Kurama?
A Katsudon le entró una risa nerviosa.
—Bueno, el caso es que... —empezó—. Mejor que te lo cuente Reiji. Es el protagonista de esa parte de la historia. —El hombretón no pensaba revivir lo vivido en el barco. No señor.
