4/03/2020, 14:11
—Vaya, Hana, estás preciosa. Me queda poco, así que si quieres puedes esperar aquí sentada mientras termino
Hana exhibió una sonrisa confusa, pues esperaba que la pelirroja estuviese más reacia con su presencia, al fin y al cabo, no es ni el donde ni el cuando habían quedado.
— G-gracias, Eri-sensei. Perdona por presentarme así, si quieres te ayudo. — se ofreció mientras aceptaba la invitación de la Uzumaki de pasar adentro.
Sin embargo, Eri parecía tenerlo todo arreglado ya. Llevaba el peinado ya hecho, con más adornos que ella y mucho mejores, ella solo portaba la horquilla del moño. Se apuntó mentalmente lo de los cascabeles, que le parecían lo más adorable del mundo. Y lo cierto era que, por muy raro que sonase decirlo siendo ella la menor, Eri le parecía la jounin más mona del mundo. Y claro estaba que no era debil, pero transmitía una adorabilidad que seguramente superase cualquier limite legal permitido.
Se plantó en el interior de la casa de la Uzumaki toqueteando sus mangas nerviosa, sin saber muy bien qué decir ni qué hacer. Ahora que Eri estaba entre amable y alegre, le asustaba cagarla estrepitosamente con otra de sus idas de lengua.
Hana exhibió una sonrisa confusa, pues esperaba que la pelirroja estuviese más reacia con su presencia, al fin y al cabo, no es ni el donde ni el cuando habían quedado.
— G-gracias, Eri-sensei. Perdona por presentarme así, si quieres te ayudo. — se ofreció mientras aceptaba la invitación de la Uzumaki de pasar adentro.
Sin embargo, Eri parecía tenerlo todo arreglado ya. Llevaba el peinado ya hecho, con más adornos que ella y mucho mejores, ella solo portaba la horquilla del moño. Se apuntó mentalmente lo de los cascabeles, que le parecían lo más adorable del mundo. Y lo cierto era que, por muy raro que sonase decirlo siendo ella la menor, Eri le parecía la jounin más mona del mundo. Y claro estaba que no era debil, pero transmitía una adorabilidad que seguramente superase cualquier limite legal permitido.
Se plantó en el interior de la casa de la Uzumaki toqueteando sus mangas nerviosa, sin saber muy bien qué decir ni qué hacer. Ahora que Eri estaba entre amable y alegre, le asustaba cagarla estrepitosamente con otra de sus idas de lengua.