1/04/2020, 17:55
”Ranko decidida.”
Dio un paso y otro, y otro. La Kusajin temblaba, y sentía que se desmoronaría en cualquier momento. Un paso más y estaba a unos metros de la plataforma. Había dado millones de pasos esa mañana para ir al estadio, o al menos así lo percibía ella. El ver a tanta gente a su alrededor fue abrumador.
”Ranko decidida, Ranko decidida.”
Portaba el ropaje que le había dado su hermana: una blusa blanca de mangas cortas y esponjadas, con bordes dorados y el emblema de la familia Sagisō, la orquídea garza blanca, en el pecho, con adornos de tela delante y detrás hasta medio muslo; un pantalón café rojizo opaco, obi azul claro, y guardabrazos y botas de cuero blanco con adornos dorados. Su equipo ninja, así como su wakizashi, estaban aseguradas a su cadera. Hasta su cabello estaba diferente: se había peinado con trenzas pequeñas surgiendo desde el frente de su cabeza y que se entrelazaban en espiral hasta la base de una trenza mayor. Su bandana ninja ya no estaba en su cuello, ni en su frente, sino en su obi cortesía de Kuumi. Se sentía ridícula, pero poderosa, pero estúpida, pero titubeante. “Segura” era una de las cosas que no estaba.
”Ranko decidida, Ranko decidida, Ranko decidida.”
Ya estaba en la plataforma, y sentía que vomitaría o saldría corriendo. Simplemente eran demasiadas personas. Se dijo una y otra vez que tenía que enfocarse en el combate. En eso era buena. Tenía que olvidar todos los ojos que la veían y juzgaban y analizaban y criticaban. Su respiración se aceleró y comenzó a sudar. Agradeció que, en efecto, las prendas de Kuumi eran ligeras y frescas. ¿Qué le depararía en ese combate? Pensó que sería una victoria si pudiese ignorar a todo el público. Sabía que su familia estaría viéndola y vitoreando desde las gradas de Kusagakure, pero no se dio ánimos de alzar la mirada. ¿Qué haría?
”RANKO DECIDIDA. RANKO DECIDIDA. RANKO DECIDIDA.”
Llegó hasta su punto y se detuvo. Tenía que hacerlo, ¿no? Tenía que darse fuerzas para ello. Tenía que enfrentarse a sí misma primero, luego a la multitud, y luego a su oponente, fuese quien fuese. Recordó lo que Kuumi le había dicho, que debía de aprovechar la oportunidad. ¿La Princesa Conejo? No, eso era demasiado presuntuoso. Y aquel recuerdo del libro de poesía, de su haiku y el nombre con el que había firmado, regresó a su cabeza. Tomó la mayor de las bocanadas, como antes de zambullirse en aguas desconocidas. Luego habló.
”¡¡RANKO DECIDIDA!!”
—¡KUSAGAKURE NO HAKUTO! —gritó con la voz más quebrada que un espejo de mal augurio. Dio una profunda reverencia a la multitud —. ¡PRESENTÁNDOSE!
El Conejo Blanco. Se arrepintió un segundo después, pero el daño (a su psique) ya estaba hecho. Cuando se irguió, estaba lo más roja posible, y sus ojos estaban a punto de desbordar sendos torrentes. Obligándose a moverse y a tomar una temblorosa postura del Hakuto no mai: de costado, con su pierna izquierda hacia adelante, su pierna derecha flexionada, su brazo izquierdo hacia el frente, doblado paralelo al suelo, y el derecho hacia un lado, doblado perpendicular al suelo.
No le extrañaría morir de la pena en ese momento.
Dio un paso y otro, y otro. La Kusajin temblaba, y sentía que se desmoronaría en cualquier momento. Un paso más y estaba a unos metros de la plataforma. Había dado millones de pasos esa mañana para ir al estadio, o al menos así lo percibía ella. El ver a tanta gente a su alrededor fue abrumador.
”Ranko decidida, Ranko decidida.”
Portaba el ropaje que le había dado su hermana: una blusa blanca de mangas cortas y esponjadas, con bordes dorados y el emblema de la familia Sagisō, la orquídea garza blanca, en el pecho, con adornos de tela delante y detrás hasta medio muslo; un pantalón café rojizo opaco, obi azul claro, y guardabrazos y botas de cuero blanco con adornos dorados. Su equipo ninja, así como su wakizashi, estaban aseguradas a su cadera. Hasta su cabello estaba diferente: se había peinado con trenzas pequeñas surgiendo desde el frente de su cabeza y que se entrelazaban en espiral hasta la base de una trenza mayor. Su bandana ninja ya no estaba en su cuello, ni en su frente, sino en su obi cortesía de Kuumi. Se sentía ridícula, pero poderosa, pero estúpida, pero titubeante. “Segura” era una de las cosas que no estaba.
”Ranko decidida, Ranko decidida, Ranko decidida.”
Ya estaba en la plataforma, y sentía que vomitaría o saldría corriendo. Simplemente eran demasiadas personas. Se dijo una y otra vez que tenía que enfocarse en el combate. En eso era buena. Tenía que olvidar todos los ojos que la veían y juzgaban y analizaban y criticaban. Su respiración se aceleró y comenzó a sudar. Agradeció que, en efecto, las prendas de Kuumi eran ligeras y frescas. ¿Qué le depararía en ese combate? Pensó que sería una victoria si pudiese ignorar a todo el público. Sabía que su familia estaría viéndola y vitoreando desde las gradas de Kusagakure, pero no se dio ánimos de alzar la mirada. ¿Qué haría?
”RANKO DECIDIDA. RANKO DECIDIDA. RANKO DECIDIDA.”
Llegó hasta su punto y se detuvo. Tenía que hacerlo, ¿no? Tenía que darse fuerzas para ello. Tenía que enfrentarse a sí misma primero, luego a la multitud, y luego a su oponente, fuese quien fuese. Recordó lo que Kuumi le había dicho, que debía de aprovechar la oportunidad. ¿La Princesa Conejo? No, eso era demasiado presuntuoso. Y aquel recuerdo del libro de poesía, de su haiku y el nombre con el que había firmado, regresó a su cabeza. Tomó la mayor de las bocanadas, como antes de zambullirse en aguas desconocidas. Luego habló.
”¡¡RANKO DECIDIDA!!”
—¡KUSAGAKURE NO HAKUTO! —gritó con la voz más quebrada que un espejo de mal augurio. Dio una profunda reverencia a la multitud —. ¡PRESENTÁNDOSE!
El Conejo Blanco. Se arrepintió un segundo después, pero el daño (a su psique) ya estaba hecho. Cuando se irguió, estaba lo más roja posible, y sus ojos estaban a punto de desbordar sendos torrentes. Obligándose a moverse y a tomar una temblorosa postura del Hakuto no mai: de costado, con su pierna izquierda hacia adelante, su pierna derecha flexionada, su brazo izquierdo hacia el frente, doblado paralelo al suelo, y el derecho hacia un lado, doblado perpendicular al suelo.
No le extrañaría morir de la pena en ese momento.
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