1/04/2020, 18:24
Y a pesar de que estaba a punto de hacer algo de lo que más le gustaba —poner a prueba sus habilidades—, el Inuzuka tenía el corazón latiendo tan fuerte que casi parecía una nueva edición de Aliens. Los habían reunido a todos, y los habían mandado a distintas habitaciones donde por el momento permanecían en total aislamiento. No sabían quién era el oponente que les tocaba, no sabían su orden de combate, y no sabían quien entre los otros combates perdía o ganaba. Estaban tan solo a la espera, en una habitación taciturna, a la luz de un foco de techo y con poco más que una mesa y una silla. Eso sí, habían tenido el detalle de dejar unos dulces, té y un poco de agua.
¿Hace falta decir quién no tenía los nervios a flor de piel?
Exacto, el maldito de Akane había curado en ardores a base de comer. Como si con él no fuese la cosa, se había sentado en la silla y se estaba jalando los dulces. No era nada sorprendente, pero sí algo frustrante. Etsu dejó caer la mochila en una esquina de la habitación, y también —¿por qué no?— un suspiro de resignación.
—¿Y si nos toca pelear con Datsue? ¿Qué hacemos contra un tio que puede lanzar rayos mortales de esos que rompen gradas como quien rompe un folio? —preguntó a Akane, sin saber que en aquella ocasión ni tan siquiera había sido Akame. —Seguro que hay gente demasiado fuerte, y aunque hemos entrenado mucho últimamente... no he ganado nada de experiencia real. No hemos hecho demasiadas misiones interesantes, ni nos hemos enfrentado a criminales que diesen guerra...
—Grrrrenial
—¿¡Cómo que genial!? —se quejó, alzando ambos brazos.
Pero obviamente, el can se refería al sabor de la galleta que tenía entre dientes. Etsu no tuvo más remedio que reírse, quizás se lo estaba tomando demasiado serio. Si, estaba claro que venía al torneo encomendado de dar una clara muestra de talento, pero por otro lado... eso podía mostrarlo sin importar si perdía o ganaba, ¿no?
«¡...y una mierda! ¡He venido a ganar! ¿¡qué cojones!?»
Apretó los puños, y decidido abrió la bolsa. Allí tenía algo a lo que no le tenía demasiado aprecio, pero era algo que sin duda le iba a ayudar en ésta ocasión. Apenas la tomó, la puerta se abrió, sorprendiéndolo un poco. Allí había un samurai, que al parecer le conduciría hasta el tatami.
Su turno había llegado.
Etsu cerró la mochila, y echó una mirada decidida a Akane, tras ello ambos acompañaron al samurai hasta la sala principal. Cuatro enormes gradas daban asilo a hinchas de las tres grandes aldeas, y a un cuarto neutral. El shinobi, acompañado de su can, cruzaron el césped hasta llegar a la plataforma que conformaba el ring. Allí ya estaba su oponente, un chico de aproximadamente su edad, con una coleta de color platino y una... UNA MALDITA ARAÑA en su cabeza.
Ésto le sonaba, le sonaba mucho...
«¿A-acaso no es éste...? ¿el chico de la araña parlanchina?»
Si, lo conocía. No mucho, pero lo conocía. Le había tocado luchar en contra de su propia aldea, de Kusagakure. Habían tenido mala suerte en ésta ronda, pues ganase o perdiese, Kusagakure perdía a un participante de sus filas.
El Inuzuka avanzó un poco, con su rostro cubierto por una máscara blanca con una siniestra sonrisa roja dibujada. Hizo una leve reverencia, dedicada a su compañero de aldea, y tras ello otra a la rada que tanto apoyo les brindaba en éste momento. Tras el pertinente saludo, pensó en quitarse la máscara para saludar de verdad a Yota, pero... si se había puesto la máscara era porque le daba palo tratar con tanto público. No es que le supusiese un gran problema, pues no sabía tratar demasiado bien con personas, pero en ésta ocasión era distinto. Tenía que causar una buena impresión, y si estaba más atento a las gradas que al combate, supondría claramente su derrota.
—Es una pena que nos tengamos que enfrentar dos de Kusagakure, pero... ¿qué le vamos a hacer?
El Inuzuka se encogió de hombros, no les quedaba más remedio. No podían retirarse, pues eso sería aún más indecoroso, solo les quedaba la opción de darse de hostias. Al menos le quedaba el consuelo de que pudiese reconocerlo por las vestimentas, o por Akane.
—Muchas suerte. —inquirió, alzando la mano para chocar su puño con el de Yota.
¿Hace falta decir quién no tenía los nervios a flor de piel?
Exacto, el maldito de Akane había curado en ardores a base de comer. Como si con él no fuese la cosa, se había sentado en la silla y se estaba jalando los dulces. No era nada sorprendente, pero sí algo frustrante. Etsu dejó caer la mochila en una esquina de la habitación, y también —¿por qué no?— un suspiro de resignación.
—¿Y si nos toca pelear con Datsue? ¿Qué hacemos contra un tio que puede lanzar rayos mortales de esos que rompen gradas como quien rompe un folio? —preguntó a Akane, sin saber que en aquella ocasión ni tan siquiera había sido Akame. —Seguro que hay gente demasiado fuerte, y aunque hemos entrenado mucho últimamente... no he ganado nada de experiencia real. No hemos hecho demasiadas misiones interesantes, ni nos hemos enfrentado a criminales que diesen guerra...
—Grrrrenial
—¿¡Cómo que genial!? —se quejó, alzando ambos brazos.
Pero obviamente, el can se refería al sabor de la galleta que tenía entre dientes. Etsu no tuvo más remedio que reírse, quizás se lo estaba tomando demasiado serio. Si, estaba claro que venía al torneo encomendado de dar una clara muestra de talento, pero por otro lado... eso podía mostrarlo sin importar si perdía o ganaba, ¿no?
«¡...y una mierda! ¡He venido a ganar! ¿¡qué cojones!?»
Apretó los puños, y decidido abrió la bolsa. Allí tenía algo a lo que no le tenía demasiado aprecio, pero era algo que sin duda le iba a ayudar en ésta ocasión. Apenas la tomó, la puerta se abrió, sorprendiéndolo un poco. Allí había un samurai, que al parecer le conduciría hasta el tatami.
Su turno había llegado.
Etsu cerró la mochila, y echó una mirada decidida a Akane, tras ello ambos acompañaron al samurai hasta la sala principal. Cuatro enormes gradas daban asilo a hinchas de las tres grandes aldeas, y a un cuarto neutral. El shinobi, acompañado de su can, cruzaron el césped hasta llegar a la plataforma que conformaba el ring. Allí ya estaba su oponente, un chico de aproximadamente su edad, con una coleta de color platino y una... UNA MALDITA ARAÑA en su cabeza.
Ésto le sonaba, le sonaba mucho...
«¿A-acaso no es éste...? ¿el chico de la araña parlanchina?»
Si, lo conocía. No mucho, pero lo conocía. Le había tocado luchar en contra de su propia aldea, de Kusagakure. Habían tenido mala suerte en ésta ronda, pues ganase o perdiese, Kusagakure perdía a un participante de sus filas.
El Inuzuka avanzó un poco, con su rostro cubierto por una máscara blanca con una siniestra sonrisa roja dibujada. Hizo una leve reverencia, dedicada a su compañero de aldea, y tras ello otra a la rada que tanto apoyo les brindaba en éste momento. Tras el pertinente saludo, pensó en quitarse la máscara para saludar de verdad a Yota, pero... si se había puesto la máscara era porque le daba palo tratar con tanto público. No es que le supusiese un gran problema, pues no sabía tratar demasiado bien con personas, pero en ésta ocasión era distinto. Tenía que causar una buena impresión, y si estaba más atento a las gradas que al combate, supondría claramente su derrota.
—Es una pena que nos tengamos que enfrentar dos de Kusagakure, pero... ¿qué le vamos a hacer?
El Inuzuka se encogió de hombros, no les quedaba más remedio. No podían retirarse, pues eso sería aún más indecoroso, solo les quedaba la opción de darse de hostias. Al menos le quedaba el consuelo de que pudiese reconocerlo por las vestimentas, o por Akane.
—Muchas suerte. —inquirió, alzando la mano para chocar su puño con el de Yota.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~