2/04/2020, 16:57
(Última modificación: 2/04/2020, 17:35 por Aotsuki Ayame. Editado 1 vez en total.)
No tardó en verlo: una pequeña silueta que se acercaba, tapándose los ojos al recibir de lleno los rayos del sol. Pero Ayame se quedó boquiabierta cuando su oponente se apartó la mano y dejó su rostro al descubierto. Un chico apenas un poco más alto que ella, de su misma edad, de su misma aldea, vestido con ropas más bien oscuras, con ese cabello oscuro, que se erizaba de forma rebelde en su lado derecho; y esos inconfundibles ojos perlados que parecían atravesarte el alma con la mirada. No había duda... Su contrincante no era otro que Amedama Daruu.
«Y en la primera ronda, nada menos...» Ayame tragó saliva.
Él se mostraba igual de impactado que ella.
—¡Mierda! —blasfemó—. ¿Ayame?
—Eso parece —sonrió ella, alzando los hombros.
Él suspiró, sus ojos blanquecinos recorrieron las gradas y su mirada se endureció cuando se fijó en donde se sentaba la Morikage. Sin apartar la mirada de la líder de la Aldea de la Hierba, las venas en torno a sus ojos se hincharon, activando su particular dōjutsu, y el muchacho escupió hacia un lado.
—¡Daruu! —le reprobó Ayame, en un susurro siseado.
Pero él formalizó el sello de la confrontación, y ella hizo lo mismo con un suspiro.
—Es una lástima. Me hubiera gustado verte perder más adelante —la provocó.
Los labios de Ayame se curvaron en una media sonrisa.
—No sabía que esos ojos tuyos también podían ver el futuro. Gane o pierda, lo que sí sé es que no te lo voy a poner fácil.
Ayame bajó el brazo y dio un ágil salto hacia atrás hasta situarse a cinco metros de su oponente, con las piernas ligeramente flexionadas.
Su primer combate en el Torneo de los Dojos daba comienzo.
Aotsuki Zetsuo, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados sobre el pecho, miró de reojo a Amedama Kiroe, sentada al otro lado de un imperturbable Kōri que observaba el campo de combate con su habitual gesto de indiferencia absoluta. Irritado y nervioso, el médico chasqueó la lengua y volvió sus ojos aguamarina al enfrentamiento.
Había sido un golpe de muy mala suerte que a sus dos hijos les hubiese tocado combatir en la primera ronda del torneo.
«Y en la primera ronda, nada menos...» Ayame tragó saliva.
Él se mostraba igual de impactado que ella.
—¡Mierda! —blasfemó—. ¿Ayame?
—Eso parece —sonrió ella, alzando los hombros.
Él suspiró, sus ojos blanquecinos recorrieron las gradas y su mirada se endureció cuando se fijó en donde se sentaba la Morikage. Sin apartar la mirada de la líder de la Aldea de la Hierba, las venas en torno a sus ojos se hincharon, activando su particular dōjutsu, y el muchacho escupió hacia un lado.
—¡Daruu! —le reprobó Ayame, en un susurro siseado.
Pero él formalizó el sello de la confrontación, y ella hizo lo mismo con un suspiro.
—Es una lástima. Me hubiera gustado verte perder más adelante —la provocó.
Los labios de Ayame se curvaron en una media sonrisa.
—No sabía que esos ojos tuyos también podían ver el futuro. Gane o pierda, lo que sí sé es que no te lo voy a poner fácil.
Ayame bajó el brazo y dio un ágil salto hacia atrás hasta situarse a cinco metros de su oponente, con las piernas ligeramente flexionadas.
Su primer combate en el Torneo de los Dojos daba comienzo.
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Aotsuki Zetsuo, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados sobre el pecho, miró de reojo a Amedama Kiroe, sentada al otro lado de un imperturbable Kōri que observaba el campo de combate con su habitual gesto de indiferencia absoluta. Irritado y nervioso, el médico chasqueó la lengua y volvió sus ojos aguamarina al enfrentamiento.
Había sido un golpe de muy mala suerte que a sus dos hijos les hubiese tocado combatir en la primera ronda del torneo.