3/04/2020, 20:04
Daruu no tardó en entrelazar las manos al percibir la ilusión; pero, para regocijo de Ayame, el muchacho comenzó a tambalearse. Pero entonces hubo un repentino estallido, Daruu salió despedido hacia atrás y, donde debía haber sólo un Daruu, ahora había dos.
«C... ¿Cómo es posible? ¿Cómo ha hecho un clon bajo el influjo de la técnica?» Se preguntó Ayame, incapaz de comprender qué era lo que había pasado.
Pero no importaba. Habían descubierto un dato muy importante: Amedama Daruu ya no podía deshacer sus ilusiones.
«Comienza a calentar, Kokuō.» Si quería jugar al juego de los clones, a ese juego podían jugar cuatro.
—¡Ja! ¡Mil ryō, cabronazo! ¡Subo la apuesta a mil ryō! —bramó Kiroe, victoriosa.
Zetsuo ni siquiera le respondió. Tenía los ojos clavados en el campo de batalla, en su hija, en la silueta blanca del monstruo bajo la que se ocultaba. Una gota de sudor frío resbaló por su frente. Seguía debatiéndose en su fuero interno, debatiéndose sobre si debía invadir el campo de batalla, interrumpir el combate y obligar al bijū a volver donde debía estar. Pero Ayame no parecía haber perdido el control, en su lugar...
—Están luchando juntas —Kōri rompió su gélido mutis.
Y, cuando Zetsuo volvió la cabeza hacia él, le sorprendió verle tan calmado.
—¿¡Cómo?!
—Ayame y Kokuō. No es la primera vez que lo hace. Pero siempre lo ha hecho cuando estaba sola. Ahora, delante de tanta gente... Delante de la mismísima Morikage... No sé qué pretende...
—Joder... Esta niña...
Se trataba de enviar un mensaje. Alto y claro. Tan alto y tan claro que llegara a los oídos de todos los que se encontraban allí. Especialmente los oídos de Aburame Kintsugi.
La kunoichi bajó en altitud mientras cruzaba los dedos índice y corazón sobre los de la otra mano. Pero no dividió su chakra como solía hacer para replicarse; en su lugar, tiró de el de Kokuō y lo proyectó hacia el exterior.
Y todo se produjo prácticamente al unísono: Ayame recuperó de golpe sus cabellos oscuros y sus ojos castaños; y abajo, en el suelo, hubo un estallido de humo blanco del que surgió una figura blanca: Kokuō, que comenzó a recortar distancias con Daruu con largas zancadas. Y entonces una melodía, tan amenazadora como sugerente, inundó el ambiente. Ayame había vuelto a entrelazar sus manos para culminar el sello del Pájaro y cantaba. Cantaba como una sirena tratando de atraer al incauto marinero mientras su compañero de navío dormía profundamente.
«C... ¿Cómo es posible? ¿Cómo ha hecho un clon bajo el influjo de la técnica?» Se preguntó Ayame, incapaz de comprender qué era lo que había pasado.
Pero no importaba. Habían descubierto un dato muy importante: Amedama Daruu ya no podía deshacer sus ilusiones.
«Comienza a calentar, Kokuō.» Si quería jugar al juego de los clones, a ese juego podían jugar cuatro.
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—¡Ja! ¡Mil ryō, cabronazo! ¡Subo la apuesta a mil ryō! —bramó Kiroe, victoriosa.
Zetsuo ni siquiera le respondió. Tenía los ojos clavados en el campo de batalla, en su hija, en la silueta blanca del monstruo bajo la que se ocultaba. Una gota de sudor frío resbaló por su frente. Seguía debatiéndose en su fuero interno, debatiéndose sobre si debía invadir el campo de batalla, interrumpir el combate y obligar al bijū a volver donde debía estar. Pero Ayame no parecía haber perdido el control, en su lugar...
—Están luchando juntas —Kōri rompió su gélido mutis.
Y, cuando Zetsuo volvió la cabeza hacia él, le sorprendió verle tan calmado.
—¿¡Cómo?!
—Ayame y Kokuō. No es la primera vez que lo hace. Pero siempre lo ha hecho cuando estaba sola. Ahora, delante de tanta gente... Delante de la mismísima Morikage... No sé qué pretende...
—Joder... Esta niña...
. . .
Se trataba de enviar un mensaje. Alto y claro. Tan alto y tan claro que llegara a los oídos de todos los que se encontraban allí. Especialmente los oídos de Aburame Kintsugi.
La kunoichi bajó en altitud mientras cruzaba los dedos índice y corazón sobre los de la otra mano. Pero no dividió su chakra como solía hacer para replicarse; en su lugar, tiró de el de Kokuō y lo proyectó hacia el exterior.
Y todo se produjo prácticamente al unísono: Ayame recuperó de golpe sus cabellos oscuros y sus ojos castaños; y abajo, en el suelo, hubo un estallido de humo blanco del que surgió una figura blanca: Kokuō, que comenzó a recortar distancias con Daruu con largas zancadas. Y entonces una melodía, tan amenazadora como sugerente, inundó el ambiente. Ayame había vuelto a entrelazar sus manos para culminar el sello del Pájaro y cantaba. Cantaba como una sirena tratando de atraer al incauto marinero mientras su compañero de navío dormía profundamente.