4/04/2020, 17:29
(Última modificación: 4/04/2020, 17:34 por Aotsuki Ayame. Editado 2 veces en total.)
—Está desafiándola —opinó Kiroe, y sus ojos purpúreos se dirigieron al palco de Kusagakure. La figura de la Morikage era inconfundible, incluso a largas distancias, pero desde allí no podían discernir los rasgos de su rostro, mucho menos imaginar qué era lo que estaba pasando por su cabeza—. Deberían controlarse, los dos. Está claro que es una mala víbora, pero son todavía demasiado jóvenes para comprender lo que podría acarrear una guerra abierta. Y más en este contexto. Con Kurama por ahí...
—No. Ayame no es de las que desafían a sus superiores —aseguró Kōri.
Y Zetsuo, sombrío, asintió.
—Jamás lo hizo con su hermano, mucho menos conmigo. Y ni se le pasaría por la cabeza hacerlo con un Kage, aunque no fuera el suyo propio. Esa chiquilla idiota fue corriendo a pedirle disculpas al Uzukage después de lo del examen de Chūnin, pese a la orden directa de Yui-sama de no ponerse en contacto con ellos... No. Algo debe estar pasando por su cabeza; y, por su bien, espero que sepa lo que está haciendo...
Porque aunque estaban en terreno neutral, a Zetsuo no le hacía ninguna gracia dejar allí a Ayame, en compañía de los Kusajines. Y si ahora además estaba desafiando a la Morikage...
Y Daruu comenzó a avanzar hacia ella, embelesado por el sonido de la voz de la sirena.
«¡Funciona!» Celebró Ayame, con júbilo, y puso un mayor esfuerzo en seguir cantando mientras sus pies terminaban de posarse en el suelo. Las alas, tras su espalda, se desvanecieron.
Mientras tanto, Kokuō se plantó a varios metros del chico, intentando quedar en la misma línea de visión tanto con Daruu como con su durmiente réplica, y sus manos comenzaron a entrelazarse: Caballo, Pájaro...
—Volvemos a vernos las caras... Daruu —le dijo, con los labios torcidos ligeramente en una media sonrisa—. ¿Recuerda Kirigakure? Creo recordar que le debía una.
Rata. Tigre.
Kokuō tomó una violenta inhalación de aire. Y cumplió el deseo de Kiroe. Cuando expulsó el aire, de sus labios brotó una monstruosa cantidad de agua que se retorció y amoldó hasta formar la silueta de un dragón con las fauces abiertas. El agua rugió como lo haría un monstruo, y la ola engulló tanto al shinobi como a su réplica.
Después de aquello, Kokuō se desvaneció en una boluta de humo, como si jamás hubiese estado allí. Ayame dejó de cantar y comenzó a respirar con cierta agitación. Sabía que Daruu se alzaría y contraatacaría con más fuerza que nunca, pero ella ya estaba satisfecha. Ya había demostrado lo que había venido a mostrar.
Tomó aire, y sus gritos reverberaron por todo el estadio.
—¡¡LOS BIJŪ NO SON ARMAS!! ¡¡¡TAMPOCO SON MONSTRUOS SEDIENTOS DE SANGRE!!! ¡¡PUEDEN SER NUESTROS COMPAÑEROS SI LES DAMOS LA OPORTUNIDAD Y SI LES ABRIMOS NUESTROS CORAZONES!! ¡¡¡LOS NECESITAMOS PARA ENFRENTARNOS A KURAMA!!! ¡¡¡Y ELLOS NOS NECESITAN A NOSOTROS!!!
Por supuesto que sabía lo que estaba haciendo. Por supuesto que era consciente de las consecuencias que podrían traer su osadía.
Y por supuesto que estaba aterrorizada ante ello.
Pero debía llegar a ellos. A Kusagakure. A Aburame Kintsugi. Incluso a los mismísimos Generales, si había alguno entre las gradas. Por enterarse, se enteraría hasta Dragón Rojo.
—No. Ayame no es de las que desafían a sus superiores —aseguró Kōri.
Y Zetsuo, sombrío, asintió.
—Jamás lo hizo con su hermano, mucho menos conmigo. Y ni se le pasaría por la cabeza hacerlo con un Kage, aunque no fuera el suyo propio. Esa chiquilla idiota fue corriendo a pedirle disculpas al Uzukage después de lo del examen de Chūnin, pese a la orden directa de Yui-sama de no ponerse en contacto con ellos... No. Algo debe estar pasando por su cabeza; y, por su bien, espero que sepa lo que está haciendo...
Porque aunque estaban en terreno neutral, a Zetsuo no le hacía ninguna gracia dejar allí a Ayame, en compañía de los Kusajines. Y si ahora además estaba desafiando a la Morikage...
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Y Daruu comenzó a avanzar hacia ella, embelesado por el sonido de la voz de la sirena.
«¡Funciona!» Celebró Ayame, con júbilo, y puso un mayor esfuerzo en seguir cantando mientras sus pies terminaban de posarse en el suelo. Las alas, tras su espalda, se desvanecieron.
Mientras tanto, Kokuō se plantó a varios metros del chico, intentando quedar en la misma línea de visión tanto con Daruu como con su durmiente réplica, y sus manos comenzaron a entrelazarse: Caballo, Pájaro...
—Volvemos a vernos las caras... Daruu —le dijo, con los labios torcidos ligeramente en una media sonrisa—. ¿Recuerda Kirigakure? Creo recordar que le debía una.
Rata. Tigre.
Kokuō tomó una violenta inhalación de aire. Y cumplió el deseo de Kiroe. Cuando expulsó el aire, de sus labios brotó una monstruosa cantidad de agua que se retorció y amoldó hasta formar la silueta de un dragón con las fauces abiertas. El agua rugió como lo haría un monstruo, y la ola engulló tanto al shinobi como a su réplica.
Después de aquello, Kokuō se desvaneció en una boluta de humo, como si jamás hubiese estado allí. Ayame dejó de cantar y comenzó a respirar con cierta agitación. Sabía que Daruu se alzaría y contraatacaría con más fuerza que nunca, pero ella ya estaba satisfecha. Ya había demostrado lo que había venido a mostrar.
Tomó aire, y sus gritos reverberaron por todo el estadio.
—¡¡LOS BIJŪ NO SON ARMAS!! ¡¡¡TAMPOCO SON MONSTRUOS SEDIENTOS DE SANGRE!!! ¡¡PUEDEN SER NUESTROS COMPAÑEROS SI LES DAMOS LA OPORTUNIDAD Y SI LES ABRIMOS NUESTROS CORAZONES!! ¡¡¡LOS NECESITAMOS PARA ENFRENTARNOS A KURAMA!!! ¡¡¡Y ELLOS NOS NECESITAN A NOSOTROS!!!
Por supuesto que sabía lo que estaba haciendo. Por supuesto que era consciente de las consecuencias que podrían traer su osadía.
Y por supuesto que estaba aterrorizada ante ello.
Pero debía llegar a ellos. A Kusagakure. A Aburame Kintsugi. Incluso a los mismísimos Generales, si había alguno entre las gradas. Por enterarse, se enteraría hasta Dragón Rojo.