5/04/2020, 18:41
(Última modificación: 5/04/2020, 18:46 por Aotsuki Ayame. Editado 1 vez en total.)
—¡Por primera vez y sin que sirva de precedente, te doy la razón, es más, te ayudo! —apremió Kiroe—. ¡Yo les agarro y tú les metes! Un momento... ¡A AYAME NO SE LE PUEDE AGARRAR!
—Yo la congelo —Kōri se acababa de hacer partícipe de la discusión, con su aparente habitual falta de entusiasmo de siempre.
Ayame, fuera de la nube de humo, había clavado un senbon en el suelo frente a ella. Un senbon que llevaba atado un pequeño cascabel. El Daruu original pudo verlo cuando activó su Byakugan.
La kunoichi, ajena a la penetrante visión de Daruu y que seguía con sus ojos clavados en la nube de humo esperando cualquier tipo de reacción por parte de su oponente, ni siquiera tuvo ocasión de utilizar la ecolocalización para conocer su ubicación. Algo volvió a salir disparado desde el humo, y en aquella ocasión Ayame se movió hacia la derecha para evitarlo. Sin embargo, una de las agujas rozó su cadera y rasgó su obi, pero en aquella ocasión no utilizó el Suika para defenderse.
—Tsk. —Ayame siseó, dolorida.
Ahora, más que nunca, necesitaba reponer fuerzas y conservar las que le quedaban. Un fino hilo de sangre brotó de la abertura creada.
—Yo la congelo —Kōri se acababa de hacer partícipe de la discusión, con su aparente habitual falta de entusiasmo de siempre.
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Ayame, fuera de la nube de humo, había clavado un senbon en el suelo frente a ella. Un senbon que llevaba atado un pequeño cascabel. El Daruu original pudo verlo cuando activó su Byakugan.
La kunoichi, ajena a la penetrante visión de Daruu y que seguía con sus ojos clavados en la nube de humo esperando cualquier tipo de reacción por parte de su oponente, ni siquiera tuvo ocasión de utilizar la ecolocalización para conocer su ubicación. Algo volvió a salir disparado desde el humo, y en aquella ocasión Ayame se movió hacia la derecha para evitarlo. Sin embargo, una de las agujas rozó su cadera y rasgó su obi, pero en aquella ocasión no utilizó el Suika para defenderse.
—Tsk. —Ayame siseó, dolorida.
Ahora, más que nunca, necesitaba reponer fuerzas y conservar las que le quedaban. Un fino hilo de sangre brotó de la abertura creada.