7/04/2020, 00:00
Pero Ayame no fue capaz de retroceder como quería. Su espalda chocó contra algo sólido, y entonces escuchó la voz de Daruu desde su espalda.
—Lo siento, cariño.
Un clon.
—No... —susurró ella, pálida como la cera.
El agua estalló debajo de ella y sintió que sus pies perdían el contacto con el suelo y salía despedida por los aires. Por desgracia, no fue lo último: una dolorosa corriente eléctrica la recorrió de arriba a abajo como si le estuviesen arrancando la piel, y Ayame gritó de puro sufrimiento. Para cuando terminó aquella tortura, su cuerpo no pudo soportarlo por más tiempo. El agotamiento anterior sumado a todo aquel dolor sufrido de golpe sobrepasó su fuerza de voluntad. Quiso moverse, pero su cuerpo no le respondió más.
«N... no... maldita... sea... N... No quiero... decepcionaros...» La gravedad tiraba de ella y todo se oscurecía rápidamente ante sus ojos. Unas últimas lágrimas brotaron de sus ojos y se perdieron en el cielo justo antes de caer inconsciente y precipitarse con un último chapuzón en las aguas del lago creado por ambos.
Las aguas no tardaron en regresar a su calma habitual. Pero, en esa ocasión, Ayame no volvió a alzarse. El combate había terminado.
—Lo siento, cariño.
Un clon.
—No... —susurró ella, pálida como la cera.
El agua estalló debajo de ella y sintió que sus pies perdían el contacto con el suelo y salía despedida por los aires. Por desgracia, no fue lo último: una dolorosa corriente eléctrica la recorrió de arriba a abajo como si le estuviesen arrancando la piel, y Ayame gritó de puro sufrimiento. Para cuando terminó aquella tortura, su cuerpo no pudo soportarlo por más tiempo. El agotamiento anterior sumado a todo aquel dolor sufrido de golpe sobrepasó su fuerza de voluntad. Quiso moverse, pero su cuerpo no le respondió más.
«N... no... maldita... sea... N... No quiero... decepcionaros...» La gravedad tiraba de ella y todo se oscurecía rápidamente ante sus ojos. Unas últimas lágrimas brotaron de sus ojos y se perdieron en el cielo justo antes de caer inconsciente y precipitarse con un último chapuzón en las aguas del lago creado por ambos.
Las aguas no tardaron en regresar a su calma habitual. Pero, en esa ocasión, Ayame no volvió a alzarse. El combate había terminado.