15/04/2020, 19:04
(Última modificación: 15/04/2020, 19:16 por Inuzuka Etsu. Editado 1 vez en total.)
En su acometida de dientes y garras, Etsu desgraciadamente no había podido topar con su oponente. Pero tampoco era extraño del todo, al menos a su paso había podido eliminar a una gran cantidad de muertos vivientes, y eso era suficiente. El Inuzuka encaró al ejercito, y para su sorpresa su ataque no había hecho más que aumentar el número en sus filas. El ejercito parecía aún mayor que al inicio, lo cuál era una autentica locura.
«¿¡PEROQUÉ!?»
No, el rastas no entendía cómo era eso siquiera posible. Yota no podía tener una cantidad tan grande de chakra para estar manipulando a la vez a tantísimos muertos. Ésto se pasaba las normas habituales por el mismísimo forro...
Pero esos zombies no fueron lo que más llamó la atención del público, y de los Inuzuka. Para cuando Etsu hizo un barrido con su mirada, intentando analizar la situación, encontró al zombie que más podía alterar a cualquier Kusajin en esos momentos. A su lado tenía al mismísimo Moyashi Kenzou, el fallecido padre de Kusagakure. Su estado era como el de los otros tantos zombies, demacrado y lamentable, un alma en pena que parecía tener una sola cosa en mente: Atacar al Inuzuka.
¿Pero cómo hacer algo en contra de él?
Estábamos hablando de un auténtico héroe, del más real que había existido en demasiados años. Estábamos hablando del padre de Kusagakure, del hombre que le había dado esa placa identificativa. Estábamos hablando del shinobi más grande que había conocido, del rival que siempre tenía en mente, de esa persona a la que aspiraba igualar o ganar. Todo un ejemplo de Kage, y persona.
Yota quizás se había pasado un poco de la raya...
Pero le había funcionado, había dejado al Inuzuka de piedra. Totalmente helado, sin saber qué hacer.
Antes de que se diese cuenta, Kenzou le dirigía la mano, y bramó algo a lo que apenas atendió Etsu. Un millar de agujas eléctricas se abalanzaron sobre el rastas de pronto, salidas del propio difunto. El de la máscara blanca ni tan siquiera llegó a reaccionar, pero por suerte o desgracia, tampoco hizo falta. De pronto, entre Kenzou y Etsu apareció un monigote extraño que paró todo el ataque. Poco después, se desintegró dejando en su lugar una figura femenina fácil de reconocer.
«¡Mierda!»
Pocas personas con una silueta de esas características podían interrumpir un combate del torneo como si nada... Kintsugi alzó el brazo, y detuvo el combate sin pensarlo dos veces. La cosa no quedó solamente en eso, Yota corrió una suerte muy nefasta.
La mujer sentenció lo que más de una persona en las gradas vociferaba, y anunció que le había fallado por última vez. No tuvo reparos en quitarle a su compañero la bandana de un tosco jalón.
Etsu quiso intervenir, decir algo...
De pronto, en el momento menos oportuno, el sello que se había plantado previamente el Inuzuka estalló. Había llegado el tiempo programado para su activación, y por ende comenzó a lanzar un chorro de humo que cubrió por completo al Inuzuka. Pero éste seguía aún helado, inmóvil ante todo lo que había sucedido.
«Mierda...»
El humo comenzó a ahogarlo poco a poco —¡Cought! ¡cought! ¡cought! —, tuvo que actuar rápido en quitarse el papel de encima, y lanzarlo a un lado. La situación no era para nada como la había esperado, no tuvo más remedio que agachar la cabeza y comenzar a andar hacia el pasillo que daba de nuevo a los vestuarios. Akane le siguió a poca distancia, ambos sentían lo mismo seguramente.
«¿¡PEROQUÉ!?»
No, el rastas no entendía cómo era eso siquiera posible. Yota no podía tener una cantidad tan grande de chakra para estar manipulando a la vez a tantísimos muertos. Ésto se pasaba las normas habituales por el mismísimo forro...
Pero esos zombies no fueron lo que más llamó la atención del público, y de los Inuzuka. Para cuando Etsu hizo un barrido con su mirada, intentando analizar la situación, encontró al zombie que más podía alterar a cualquier Kusajin en esos momentos. A su lado tenía al mismísimo Moyashi Kenzou, el fallecido padre de Kusagakure. Su estado era como el de los otros tantos zombies, demacrado y lamentable, un alma en pena que parecía tener una sola cosa en mente: Atacar al Inuzuka.
¿Pero cómo hacer algo en contra de él?
Estábamos hablando de un auténtico héroe, del más real que había existido en demasiados años. Estábamos hablando del padre de Kusagakure, del hombre que le había dado esa placa identificativa. Estábamos hablando del shinobi más grande que había conocido, del rival que siempre tenía en mente, de esa persona a la que aspiraba igualar o ganar. Todo un ejemplo de Kage, y persona.
Yota quizás se había pasado un poco de la raya...
Pero le había funcionado, había dejado al Inuzuka de piedra. Totalmente helado, sin saber qué hacer.
Antes de que se diese cuenta, Kenzou le dirigía la mano, y bramó algo a lo que apenas atendió Etsu. Un millar de agujas eléctricas se abalanzaron sobre el rastas de pronto, salidas del propio difunto. El de la máscara blanca ni tan siquiera llegó a reaccionar, pero por suerte o desgracia, tampoco hizo falta. De pronto, entre Kenzou y Etsu apareció un monigote extraño que paró todo el ataque. Poco después, se desintegró dejando en su lugar una figura femenina fácil de reconocer.
«¡Mierda!»
Pocas personas con una silueta de esas características podían interrumpir un combate del torneo como si nada... Kintsugi alzó el brazo, y detuvo el combate sin pensarlo dos veces. La cosa no quedó solamente en eso, Yota corrió una suerte muy nefasta.
La mujer sentenció lo que más de una persona en las gradas vociferaba, y anunció que le había fallado por última vez. No tuvo reparos en quitarle a su compañero la bandana de un tosco jalón.
Etsu quiso intervenir, decir algo...
*¡PLUFFFFFFF!*
De pronto, en el momento menos oportuno, el sello que se había plantado previamente el Inuzuka estalló. Había llegado el tiempo programado para su activación, y por ende comenzó a lanzar un chorro de humo que cubrió por completo al Inuzuka. Pero éste seguía aún helado, inmóvil ante todo lo que había sucedido.
«Mierda...»
El humo comenzó a ahogarlo poco a poco —¡Cought! ¡cought! ¡cought! —, tuvo que actuar rápido en quitarse el papel de encima, y lanzarlo a un lado. La situación no era para nada como la había esperado, no tuvo más remedio que agachar la cabeza y comenzar a andar hacia el pasillo que daba de nuevo a los vestuarios. Akane le siguió a poca distancia, ambos sentían lo mismo seguramente.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~