22/04/2020, 00:24
(Última modificación: 22/04/2020, 00:24 por Aotsuki Ayame.)
Fue entonces cuando lo sintió. Un ligero golpe en la nuca, no más fuerte que lo que habría sido una colleja. La colleja de un mocoso dada a un adulto.
—Eh, tú, capullo. Vuelve a hacerle esto a mi madre, y la tendremos.
Y no podía ser otro que ese mocoso: Amedama Daruu. El shinobi más entrometido de todo Ōnindo. Zetsuo se volvió lentamente hacia él, con el brillo del acero destellando en sus iris aguamarina.
—Y por los dioses, ¿no os da vergüenza? ¡Se supone que nos habéis venido a dar una lección sobre prudencia! ¡Y aquí estáis, como siempre, gastándoos vuestros truquitos para competir por todo! ¿No se supone que vosotros deberíais ser un ejemplo? Vosotros estáis siendo los imprud...
—¡Papá!
Había sido un visto y no visto. El chico no había terminado de hablar cuando la mano del médico restalló contra la mejilla del muchacho, con una fuerza que lo mandó volando contra la mesa más cercana, partiéndola por la mitad en el proceso y estampándolos a ambos contra la pared. Los pocos clientes que quedaban huyeron despavoridos entre aullidos de terror.
—¡¡NO TE ATREVAS A LEVANTARME LA MANO, AMEDAMA!! ¡¡¡NUNCA!!! —bramó, y su voz reverberó por todos y cada uno de los rincones de la taberna—. ¡No le he hecho nada a tu madre! ¡Es un efecto inocuo que se le iba a pasar en tres putos minutos! ¡Un escarmiento por lo que pretendía hacer! —Porque nada escapaba a los ojos de Zetsuo, ni siquiera las maquiavélicas intenciones de una pastelera que a veces se pasaba de listilla. Zetsuo se acercó a la barra entre pesadas zancadas y estampó la palma de la mano contra la madera. Varios billetes de ryō crujieron bajo sus manos—. Aquí está. El dinero de la cena, de la estúpida apuesta, de los daños al local y de lo que cojones se os ocurra. Al menos yo hoy un hombre de honor.
Dicho aquello, se dio media vuelta y terminó por atravesar la puerta de salida, dejando a una llorosa Ayame en el umbral y a Kōri, que observaba la escena con la misma inexpresión de siempre, pero sombrío.
—Eh, tú, capullo. Vuelve a hacerle esto a mi madre, y la tendremos.
Y no podía ser otro que ese mocoso: Amedama Daruu. El shinobi más entrometido de todo Ōnindo. Zetsuo se volvió lentamente hacia él, con el brillo del acero destellando en sus iris aguamarina.
—Y por los dioses, ¿no os da vergüenza? ¡Se supone que nos habéis venido a dar una lección sobre prudencia! ¡Y aquí estáis, como siempre, gastándoos vuestros truquitos para competir por todo! ¿No se supone que vosotros deberíais ser un ejemplo? Vosotros estáis siendo los imprud...
—¡Papá!
Había sido un visto y no visto. El chico no había terminado de hablar cuando la mano del médico restalló contra la mejilla del muchacho, con una fuerza que lo mandó volando contra la mesa más cercana, partiéndola por la mitad en el proceso y estampándolos a ambos contra la pared. Los pocos clientes que quedaban huyeron despavoridos entre aullidos de terror.
Poder de Zetsuo 80, Carisma de Zetsuo 80 + 10 puntos para Intimidación.
—¡¡NO TE ATREVAS A LEVANTARME LA MANO, AMEDAMA!! ¡¡¡NUNCA!!! —bramó, y su voz reverberó por todos y cada uno de los rincones de la taberna—. ¡No le he hecho nada a tu madre! ¡Es un efecto inocuo que se le iba a pasar en tres putos minutos! ¡Un escarmiento por lo que pretendía hacer! —Porque nada escapaba a los ojos de Zetsuo, ni siquiera las maquiavélicas intenciones de una pastelera que a veces se pasaba de listilla. Zetsuo se acercó a la barra entre pesadas zancadas y estampó la palma de la mano contra la madera. Varios billetes de ryō crujieron bajo sus manos—. Aquí está. El dinero de la cena, de la estúpida apuesta, de los daños al local y de lo que cojones se os ocurra. Al menos yo hoy un hombre de honor.
Dicho aquello, se dio media vuelta y terminó por atravesar la puerta de salida, dejando a una llorosa Ayame en el umbral y a Kōri, que observaba la escena con la misma inexpresión de siempre, pero sombrío.