25/04/2020, 12:00
El cliente se limitó a asentir, aparentemente conforme con los modales de aquellos ninjas. Su aire de superioridad era tan palpable, tan aplastante, que no cabían más palabras que las de educación y servilismo. Casi parecía que aquel tipo estuviera usando algún jutsu sobre los muchachos para cautivarles —o aterrorizarles—, pero lo cierto era que no se trataba de nada de eso; el carisma era un talento no reservado sólo a los ninjas. Yamaguchi Egin derrochaba carisma puro y sin refinar, como si por sólo pensarlo ya fuese el dueño y señor de la misma realidad. Con un simple gesto de su mano el capataz entendió, desapareciendo tras el umbral de la persiana metálica, mientras el señor Yamaguchi esperaba en silencio. Observando a sus ninjas.
El capataz de obreros del almacén volvió a los pocos minutos. Iba acompañado de un muchacho que tendría la edad de Kisame, vestido también con mono de trabajo, y que remolcaba una enorme carreta repleta de cajas. Las mismas eran de cartón y estaban selladas, todas etiquetadas inequívocamente con... "Amermelada". El mozo de almacén dejó la carreta junto a los dos genin y volvió a sus quehaceres. Yamaguchi ni siquiera le dedicó una mirada; se limitó a intercambiar una con su capataz, y volver adentro.
Sólo cuando la figura del dueño de una de las corporaciones de alimentación y distribución —y quién sabe de qué más— más grandes de Arashi no Kuni desapareció tras aquella persiana metálica, el capataz dejó escapar un suspiro de alivio, como si hubiese estado aguantando la respiración todo aquel rato. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y miró a los tres shinobi como si acabara de reparar en su presencia.
—A ver, vamos al lío —dijo por fin, señalando la carreta de remolque—. Son veinte cajas, tienen que llegar todas, ¿estamos? Y en buen estado, claro. El reparto tiene que estar hecho antes de hoy a las seis, que es cuando se suele cerrar inventario —de uno de los bolsillos de su mono de trabajo sacó una hoja de papel arrugada que le entregó a Ebisu—. Ahí están todos los clientes a los que hay que dejarles muestras. Un par de cajas por cliente, si alguno os pide más, pues le dejais más. Si se os acaban, volveis mañana a por más.
El chūnin enarcó una ceja.
—¿Mañana? No, no, me parece que te estás equivocando, amigo. La misión es para hoy. Mañana nosotros no queremos tener nada que ver con esto —replicó, con la destreza de quien ha tenido que meterle las cabras en el corral a más de un cliente a lo largo de los años.
Contrariado, el capataz no hizo intento alguno por disimular su molestia, pero tampoco parecía dispuesto a verbalizarla de más. Tal vez no quería cruzar alguna línea roja, o tal vez simplemente estaba demasiado ocupado como para discutir.
—Como sea, "amigo" —masculló al fin—. Vosotros hacedlo así y no habrá problemas. Del mañana ya se encargará mi jefe de gestionarlo con la tuya. Que los de arriba siempre acaban entendiéndose, ¿eh? —Ebisu se limitó a encogerse de hombros, su rostro enunciando un claro "ese no va a ser nuestro problema"—. Ale, que os sea leve.
El capataz se dio media vuelta, pero antes de que desapareciera tras la persiana metálica, pareció recordar algo. Dio media vuelta y, señalando la arrugada lista de clientes que el chūnin tenía en la mano, remarcó unas palabras.
—Ah, y por cierto... Lo pone ahí bien claro, pero os lo repito para que no se os olvide. Tenéis que entregarle las dos cajas que tienen la etiqueta amarilla a la gente de Ferrocarriles. Muy importante eso.
Ebisu asintió con la misma indiferencia con la que afrontaba el resto de las cosas, y el capataz volvió adentro del almacén. Con una media sonrisa en los labios, el sensei se volvió hacia sus alumnos.
—Bueno, los he conocido peores —admitió—. Si hay que entregar dos cajas a los de Ferrocarriles eso significa que vamos a tener que patearnos toda la Villa varias veces, así que mejor empezar ya. Uno de vosotros que agarre esa carreta y empiece a remolcar mientras el otro, no sé, nos canta algo para animarnos. ¿No es así como funciona?
El bárbaro hace el trabajo pesado y el bardo sube la moral del equipo; era de cajón. Divertido, Ebisu miró a sus dos alumnos, tratando de decidir en su cabeza quién podía ser cuál.
El capataz de obreros del almacén volvió a los pocos minutos. Iba acompañado de un muchacho que tendría la edad de Kisame, vestido también con mono de trabajo, y que remolcaba una enorme carreta repleta de cajas. Las mismas eran de cartón y estaban selladas, todas etiquetadas inequívocamente con... "Amermelada". El mozo de almacén dejó la carreta junto a los dos genin y volvió a sus quehaceres. Yamaguchi ni siquiera le dedicó una mirada; se limitó a intercambiar una con su capataz, y volver adentro.
Sólo cuando la figura del dueño de una de las corporaciones de alimentación y distribución —y quién sabe de qué más— más grandes de Arashi no Kuni desapareció tras aquella persiana metálica, el capataz dejó escapar un suspiro de alivio, como si hubiese estado aguantando la respiración todo aquel rato. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y miró a los tres shinobi como si acabara de reparar en su presencia.
—A ver, vamos al lío —dijo por fin, señalando la carreta de remolque—. Son veinte cajas, tienen que llegar todas, ¿estamos? Y en buen estado, claro. El reparto tiene que estar hecho antes de hoy a las seis, que es cuando se suele cerrar inventario —de uno de los bolsillos de su mono de trabajo sacó una hoja de papel arrugada que le entregó a Ebisu—. Ahí están todos los clientes a los que hay que dejarles muestras. Un par de cajas por cliente, si alguno os pide más, pues le dejais más. Si se os acaban, volveis mañana a por más.
El chūnin enarcó una ceja.
—¿Mañana? No, no, me parece que te estás equivocando, amigo. La misión es para hoy. Mañana nosotros no queremos tener nada que ver con esto —replicó, con la destreza de quien ha tenido que meterle las cabras en el corral a más de un cliente a lo largo de los años.
Contrariado, el capataz no hizo intento alguno por disimular su molestia, pero tampoco parecía dispuesto a verbalizarla de más. Tal vez no quería cruzar alguna línea roja, o tal vez simplemente estaba demasiado ocupado como para discutir.
—Como sea, "amigo" —masculló al fin—. Vosotros hacedlo así y no habrá problemas. Del mañana ya se encargará mi jefe de gestionarlo con la tuya. Que los de arriba siempre acaban entendiéndose, ¿eh? —Ebisu se limitó a encogerse de hombros, su rostro enunciando un claro "ese no va a ser nuestro problema"—. Ale, que os sea leve.
El capataz se dio media vuelta, pero antes de que desapareciera tras la persiana metálica, pareció recordar algo. Dio media vuelta y, señalando la arrugada lista de clientes que el chūnin tenía en la mano, remarcó unas palabras.
—Ah, y por cierto... Lo pone ahí bien claro, pero os lo repito para que no se os olvide. Tenéis que entregarle las dos cajas que tienen la etiqueta amarilla a la gente de Ferrocarriles. Muy importante eso.
Ebisu asintió con la misma indiferencia con la que afrontaba el resto de las cosas, y el capataz volvió adentro del almacén. Con una media sonrisa en los labios, el sensei se volvió hacia sus alumnos.
—Bueno, los he conocido peores —admitió—. Si hay que entregar dos cajas a los de Ferrocarriles eso significa que vamos a tener que patearnos toda la Villa varias veces, así que mejor empezar ya. Uno de vosotros que agarre esa carreta y empiece a remolcar mientras el otro, no sé, nos canta algo para animarnos. ¿No es así como funciona?
El bárbaro hace el trabajo pesado y el bardo sube la moral del equipo; era de cajón. Divertido, Ebisu miró a sus dos alumnos, tratando de decidir en su cabeza quién podía ser cuál.