7/05/2020, 00:08
(Última modificación: 7/05/2020, 00:09 por Inuzuka Etsu.)
Akane labró su esquiva ante su ataque, y trató de atacar en lo que Etsu detenía el shuriken gigante. Pero no todo sale siempre como uno espera, y menos contra un shinobi. De pronto, lo que parecía ser una estrella de metal de un tamaño desorbitado, se convirtió en un mero transporte para una bomba atroz. En un abrir y cerrar de ojos, el hacha salió volando para un lado, el Inuzuka para otro, y el huskie hacia otro.
¡¡¡BBOOOOOMMMMMM!!!
Para cuando el rastas pudo volver a levantar la mirada, en el centro del ring había un cráter de la misma explosión. Apenas pudo apoyarse con los brazos para levantarse, se sentía desorientado, como si le acabase de arrollar uno de esos llamados trenes. Escupió sangre, aún sintiendo cómo todo daba vueltas, y ensordecido con un molesto pitido de fondo.
«¿¡QUE COJONES...!?»
Llevó su mirada hacia Datsue, en lo que intentaba reincorporarse. Le costó lo que no había escrito, como si tuviese sobre sus hombros a un Akimichi harto de bollos. Buscó con su mirada a su hermano, descubriendo que el can estaba inconsciente al otro lado de la plataforma. Las lágrimas se le saltaron, en lo que la ira lo engullía.
«¿¡HIJO DE LA GRANDISIMA PUTAAAAA!? ¿¡ÉSTA SI QUE NO TE LA PERDONOOOO!?»
Terminó de quitarse la apenas mitad de la máscara que le cubría el rostro, la cuál estaba hecha ya añicos, y la dejó caer al suelo. Contradictoriamente a lo que pensaba, o a lo dolorido que se sentía, el Inuzuka sonrió. Si, hizo lo que siempre hacia cuando la situación le podía, ocultar sus sentimientos con otra máscara.
Pasó la diestra por sus labios, secando un pequeño reguero de sangre, y con las mismas comenzó a caminar directo hacia el Uchiha. Sus pasos iban notoriamente raros, como si el Inuzuka se fuese a caer de un momento a otro. Pero iba decidido hacia la confrontación con ese demente, pensaba cantarle las cuarenta. Sabía perfectamente qué era lo que él más odiaba, o una de esas cosas que más podía odiar, y pensaba darle donde más dolía. Ni sus abrasados brazos, ropas o su quebrado espíritu le iba a impedir medir fuerzas con ese malnacido de Uzu.
Pero irónicamente, terminó parándose en seco a poco menos de cinco metros de Datsue.
—... —pudo, e intentó decir algo, pero se aguantó. ¿Para qué gastar fuerzas en ello?
Sus orbes lo aniquilaron, al menos cien veces.
Tomó los harapos que aún conservaba de sus ropajes superiores, y los arrancó de un jalón, para tras ello tirarlos al suelo. Y en ese momento, alzó ambas manos hasta la horizontal con el suelo, mostrando su pecho al Uchiha. Las palabras sobraban, no hacía falta decirlas...
AQUÍ ESTOY YO. Capullo.
Estaba reventado, pero aun así le iba a golpear donde más le dolía.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~