12/06/2020, 14:38
(Última modificación: 12/06/2020, 14:38 por Himura Hana.)
— Para ser imposible, bien que gritaba el otro día que hubo tormenta. Suerte que los truenos lo camuflaban todo, hubiera sido un problema que nos escuchasen
Ai se paró un momento a sopesar lo que le acababa de decir Ren, no había manera alguna de que se lo creyese. Bueno, igual se planteaba confirmarlo con Hana, pero en el momento, no había ni una ligera posibilidad de que dejase que Ren creyese que se la había colado.
— Ya, ya, claro, claro. — dijo mientras emprendía el camino hacia el dojo.
Salieron del edificio principal, cruzando un pequeño trozo de tierra antes de llegar a otro edificio mucho más pequeño. Tenía aspecto tradicional, con puertas correderas de papel. Al abrirla, había un recibidor con un mueble para dejar los zapatos y ponerse unas sandalias típicas de los practicantes de kendo más tradicionales. Ai miró el mueble como si hubiese matado a su perro y se giró a Ren.
— Pues esto es el dojo de Kendo, precioso, ¿verdad? Vamonos antes de que nos vea Tsuki-senpai.
Justo enfrente de ellas había una tarima y un poco más adelante, una puerta corredera exactamente igual que la que habían pasado.
— Pero no antes de que Tsuki os oiga. — la puerta se abrió, desvelando a una chica pelinegra con una coleta alta corta y vestida con el uniforme de kendo. — Ai, te dije que no volvieses a poner un pie en el dojo.
Ai se cruzó de brazos, pero no le mantuvo la mirada a Tsuki.
— Ya te pedí perdón por romper el palo ese, solo he venido para enseñarle el camino a la nueva, si no me lo hubiese pedido Hana-chan ni me hubiese acercado. — se justificó intentando que Ren se comiese algo de bronca.
Tsuki movió la mirada a la nueva.
— Hana sabe perfectamente que odio las visitas. — murmuró para sí. — Niña, ¿cómo te llamas? ¿Y qué quieres? ¿Te gustan las chicas rudas?
Le dedicó una sonrisa socarrona sin dejar de ojear de arriba abajo a la chica.
Ai se paró un momento a sopesar lo que le acababa de decir Ren, no había manera alguna de que se lo creyese. Bueno, igual se planteaba confirmarlo con Hana, pero en el momento, no había ni una ligera posibilidad de que dejase que Ren creyese que se la había colado.
— Ya, ya, claro, claro. — dijo mientras emprendía el camino hacia el dojo.
Salieron del edificio principal, cruzando un pequeño trozo de tierra antes de llegar a otro edificio mucho más pequeño. Tenía aspecto tradicional, con puertas correderas de papel. Al abrirla, había un recibidor con un mueble para dejar los zapatos y ponerse unas sandalias típicas de los practicantes de kendo más tradicionales. Ai miró el mueble como si hubiese matado a su perro y se giró a Ren.
— Pues esto es el dojo de Kendo, precioso, ¿verdad? Vamonos antes de que nos vea Tsuki-senpai.
Justo enfrente de ellas había una tarima y un poco más adelante, una puerta corredera exactamente igual que la que habían pasado.
— Pero no antes de que Tsuki os oiga. — la puerta se abrió, desvelando a una chica pelinegra con una coleta alta corta y vestida con el uniforme de kendo. — Ai, te dije que no volvieses a poner un pie en el dojo.
Ai se cruzó de brazos, pero no le mantuvo la mirada a Tsuki.
— Ya te pedí perdón por romper el palo ese, solo he venido para enseñarle el camino a la nueva, si no me lo hubiese pedido Hana-chan ni me hubiese acercado. — se justificó intentando que Ren se comiese algo de bronca.
Tsuki movió la mirada a la nueva.
— Hana sabe perfectamente que odio las visitas. — murmuró para sí. — Niña, ¿cómo te llamas? ¿Y qué quieres? ¿Te gustan las chicas rudas?
Le dedicó una sonrisa socarrona sin dejar de ojear de arriba abajo a la chica.