26/10/2020, 23:00
El gyojin se mantuvo inamovible, como una roca, mientras aguardaban la llegada de alguien más. Indagó introspectivamente acerca de quién podría tratarse, teniendo en cuenta que aún no sabía, tampoco, para que le habían convocado allí en primer lugar; pero no obtuvo éxito encontrando una respuesta. Quizás porque también estaba muy ocupado tratando de discernir quiénes eran esas dos mujeres de idéntico semblante cuyos rostros yacían ocultos tras las peculiares máscaras que usaban los miembros del escuadrón ANBU. Kaido no olvidaba, desde luego, la que también vistieron años atrás los miembros de Kurīningu. Netsu, Pompu y Kazan. Nombres en clave, claro, de aquellos que le ayudaron a eliminar a su reducto Hōzuki. Antes solía preguntarse cuando se encontraba con algún jōnin por la calle, si habían sido alguno de ellos. Lo cierto es que nunca lo sabría, y con ellas, tenía la impresión de que iba a pasar exactamente lo mismo.
La pregunta era: ¿por qué estaban allí?
La opción de que le fueran a arrestar quedó descartada cuando la puerta se abrió, y Aotsuki Ayame ingresó a la habitación. Kaido cruzó miradas con ella, y le mostró esa misma incomodidad que ella sentía probablemente a raíz de todo lo acontecido. Si bien él había podido arreglar las cosas con Daruu casi de inmediato, con Ayame no había podido ser así. Y no porque ella le odiara, o eso quería pensar. De hecho, si no fuera por ella, el quiebre no hubiera sido posible, y por tanto, Kaido no habría podido volver a casa. Por eso le estaría eternamente agradecido y, de entre todas las personas que alguna vez le tendieron la mano, era Ayame con la que realmente tenía que hacer borrón y cuenta nueva. Recuperar su confianza y poder llamarla amiga una vez más.
Ya tendrían tiempo para eso, supo Kaido no mucho tiempo después, cuando Shanise reveló los motivos de su llamado. Una misión de extrema importancia. Un asunto delicado.
»Y peligroso. Se trata de Kurama. —Kaido quizo decir alguna vulgaridad en voz alta. Por suerte, se contuvo. Pero un mierda, o un hostia puta hubiera sido bien apropiado. No tenía dos meses que Daruu le había soltado todo lo acontecido durante su ausencia, y desde luego que el tema de Kurama y sus Generales era quizás el asunto de mayor impacto. Que le tomasen en cuenta a él entre todos los posibles candidatos para encargarse de algo relacionado con ésto era una muestra de confianza absoluta. ¿Qué mayor motivación que esa para afrontar semejante reto? ninguna. Aunque no pudo evitar preguntarse porqué no estaba Daruu con ellos allí presente. ¿Estaría ya encargándose de otra misión, acaso? —. Ayame, ¿recuerdas el reporte que hiciste hace tiempo, en relación a Yukio? Hemos estado intentando hacer averiguaciones a pequeña escala, pero no hemos conseguido nada. Y el gobernador asegura que el hotel Alba del Invierno no existe. Estoy empezando a sospechar que los Generales podrían tener algo más que un hotel controlado en la ciudad, no sé si me entendéis.
No lo entendía del todo, pero estaba claro que Shanise intuía que Kurama podría haber expandido su influencia en Yukio, una ciudad norteña que está a la vuelta de la esquina, respecto a Amegakure.
»Enviamos dos chūnin hace un mes. No hemos vuelto a tener noticias de ellos. Umikiba, por cierto. De parte de Yui, esto es tuyo.
—¿Mío?
Suyo. De parte de Yui. Una insignia de Jōnin, nada más y nada menos. La miró con ojos confusos, y vio su reflejo en la placa. Luego alzó la mirada y la intercaló entre Ayame, las ANBU y Shanise, otra vez.
—Por tu trabajo durante la misión de Sekiryū, y tu terrible sacrificio. Esta es tu primera misión desde que volviste de ese infierno, así que no me falles.
Fallar. Esa palabra no existía en su vocabulario. Fallar ya no era una opción. No cuando el bienestar de Amegakure y del resto del mundo estaba en juego.
—No lo haré, Arashikage-sama —no hacía falta decir más. La convicción y el agradecimiento en sus ojos hablaba por sí solo.
»También me ha dicho que te enseñará algo que te prometió hace mucho tiempo si vuelves con vida. Ni idea de qué se trata.
jijiji. Kaido pasó de tener casi diecisiete años, a ser un niño de cinco que, en víspera de navidad, sabe que tendrá un presente bajo el árbol en cuanto despierte. Sonreía, sonreía mucho, porque él sí que sabía de qué se trataba. Su cuerpo viajó a esa época, de tiempos mejores, donde ese muchachito azulado salió de esa misma oficina con los mismos hoyuelos en las mejillas, fantaseando sobre ese combate con su venerada Arashikage, y de la posibilidad de aprender una de sus más letales técnicas. En ese instante, frente a Shanise, Ayame, y las gemelas, no pudo sino agradecerle a Yui por todo.
—Ya lo hablaremos cuando mi compañera y yo volvamos con éxito de la misión —dijo, mientras se ponía la plaquita en el cinto que sostenía sus espadas, por ahora ausentes—. entonces han perdido comunicación con los dos chūnin. ¿Debemos suponer lo peor, que algo les ha pasado?
Por no decir que estaban muertos.
De alguna forma veía cierta similitud con su misión, y aunque no quería ser pesimista, aún sin conocer los detalles del reporte de Ayame, las probabilidades hablaban por sí solas.
Miró a su prima, a ver qué tenía para decir.
La pregunta era: ¿por qué estaban allí?
La opción de que le fueran a arrestar quedó descartada cuando la puerta se abrió, y Aotsuki Ayame ingresó a la habitación. Kaido cruzó miradas con ella, y le mostró esa misma incomodidad que ella sentía probablemente a raíz de todo lo acontecido. Si bien él había podido arreglar las cosas con Daruu casi de inmediato, con Ayame no había podido ser así. Y no porque ella le odiara, o eso quería pensar. De hecho, si no fuera por ella, el quiebre no hubiera sido posible, y por tanto, Kaido no habría podido volver a casa. Por eso le estaría eternamente agradecido y, de entre todas las personas que alguna vez le tendieron la mano, era Ayame con la que realmente tenía que hacer borrón y cuenta nueva. Recuperar su confianza y poder llamarla amiga una vez más.
Ya tendrían tiempo para eso, supo Kaido no mucho tiempo después, cuando Shanise reveló los motivos de su llamado. Una misión de extrema importancia. Un asunto delicado.
»Y peligroso. Se trata de Kurama. —Kaido quizo decir alguna vulgaridad en voz alta. Por suerte, se contuvo. Pero un mierda, o un hostia puta hubiera sido bien apropiado. No tenía dos meses que Daruu le había soltado todo lo acontecido durante su ausencia, y desde luego que el tema de Kurama y sus Generales era quizás el asunto de mayor impacto. Que le tomasen en cuenta a él entre todos los posibles candidatos para encargarse de algo relacionado con ésto era una muestra de confianza absoluta. ¿Qué mayor motivación que esa para afrontar semejante reto? ninguna. Aunque no pudo evitar preguntarse porqué no estaba Daruu con ellos allí presente. ¿Estaría ya encargándose de otra misión, acaso? —. Ayame, ¿recuerdas el reporte que hiciste hace tiempo, en relación a Yukio? Hemos estado intentando hacer averiguaciones a pequeña escala, pero no hemos conseguido nada. Y el gobernador asegura que el hotel Alba del Invierno no existe. Estoy empezando a sospechar que los Generales podrían tener algo más que un hotel controlado en la ciudad, no sé si me entendéis.
No lo entendía del todo, pero estaba claro que Shanise intuía que Kurama podría haber expandido su influencia en Yukio, una ciudad norteña que está a la vuelta de la esquina, respecto a Amegakure.
»Enviamos dos chūnin hace un mes. No hemos vuelto a tener noticias de ellos. Umikiba, por cierto. De parte de Yui, esto es tuyo.
—¿Mío?
Suyo. De parte de Yui. Una insignia de Jōnin, nada más y nada menos. La miró con ojos confusos, y vio su reflejo en la placa. Luego alzó la mirada y la intercaló entre Ayame, las ANBU y Shanise, otra vez.
—Por tu trabajo durante la misión de Sekiryū, y tu terrible sacrificio. Esta es tu primera misión desde que volviste de ese infierno, así que no me falles.
Fallar. Esa palabra no existía en su vocabulario. Fallar ya no era una opción. No cuando el bienestar de Amegakure y del resto del mundo estaba en juego.
—No lo haré, Arashikage-sama —no hacía falta decir más. La convicción y el agradecimiento en sus ojos hablaba por sí solo.
»También me ha dicho que te enseñará algo que te prometió hace mucho tiempo si vuelves con vida. Ni idea de qué se trata.
jijiji. Kaido pasó de tener casi diecisiete años, a ser un niño de cinco que, en víspera de navidad, sabe que tendrá un presente bajo el árbol en cuanto despierte. Sonreía, sonreía mucho, porque él sí que sabía de qué se trataba. Su cuerpo viajó a esa época, de tiempos mejores, donde ese muchachito azulado salió de esa misma oficina con los mismos hoyuelos en las mejillas, fantaseando sobre ese combate con su venerada Arashikage, y de la posibilidad de aprender una de sus más letales técnicas. En ese instante, frente a Shanise, Ayame, y las gemelas, no pudo sino agradecerle a Yui por todo.
—Ya lo hablaremos cuando mi compañera y yo volvamos con éxito de la misión —dijo, mientras se ponía la plaquita en el cinto que sostenía sus espadas, por ahora ausentes—. entonces han perdido comunicación con los dos chūnin. ¿Debemos suponer lo peor, que algo les ha pasado?
Por no decir que estaban muertos.
De alguna forma veía cierta similitud con su misión, y aunque no quería ser pesimista, aún sin conocer los detalles del reporte de Ayame, las probabilidades hablaban por sí solas.
Miró a su prima, a ver qué tenía para decir.