9/01/2021, 02:31
—¡Pff! Muy impresionante, Kaido. Pero si invocas uno en tierra lo único que conseguirías es que se ahogase. Yo prefiero algo más versátil, y con muchos, muchos dientes afilados.
Kaido sonrió, tal y como lo hizo Yui. Porque, bien era cierto que haber pactado con los Tiburones, más allá de que se tratase casi que del destino hablando —por las similitudes entre su extraña variación genética, y estos animales—. resultaba ligeramente incómodo para un ninja que, por lo general, suele luchar en tierra firme. No obstante, ya Umikiba Kaido había pensado en ello. En el problema. Y en su solución. Y como todo, aún no había desentrañado la respuesta del todo, pero estaba convencido de que la respuesta a ese problema era que si no podía luchar en el océano, era necesario que fuese capaz de traer el océano hasta él. Aún no daba con la tecla, pero más pronto que tarde, lo iba a hacer. Y entonces, sus Aletas podrían acompañarle siempre que las necesitase.
De pronto, un silbato envolvió a los presentes, como un inequívoco aviso de que el tren había alcanzado su destino. Yukio. Kaido pegó una buena estirada, se volvió a cubrir la cabeza con la capucha y apretó aún más la bufanda, alrededor de su cuello. Aún así, el frío atravesó las telas sin piedad, como un cuchillo candente, y una ventisca azotó su rostro en cuanto abandonó el cacharro de acero. Menudo frío que hacía. Lo mejor era empezar a moverse y calentar el cuerpo, así que no tardó mucho en seguir a Yui, en silencio. El trayecto hasta el corazón de la ciudad fue corto, y motivador. La familiaridad de sus calles, repleta de gente en ánimos festivos, resultó ser suficiente calidez como para que el frío dejara de ser un problema. Kaido no era un tipo de celebrar las fiestas, pero no podía negar que le hacía cierta ilusión pasar fin de año junto a Yui y Ayame, aunque se encontrasen en plena misión. Cualquier cosa resulta mejor que las cavernas de Ryugujo, o que su lúgubre apartamento, desde luego, donde sólo le hacía compañía la tele, y un bol de ramen instantáneo.
—Oye... estoy pensando... ¿y si nos relajamos un poco? Conozco un sitio de onsen buenísimo. Podemos descansar, que el tren me ha dejado el culo cuadrado. Coño, si mañana es la noche de fin de año. ¿Harán fuegos artificiales aquí? ¿Os apetece subir a un lugar alto y verlo? ¿O quizás vendan castañas asadas? Podríamos verlos mientras disfrutamos de ellas.
Kaido torció a mirar a Ayame.
—Pues a mí me no me resulta mala idea. ¿Tú qué dices? —preguntó, conciliador. Lo ideal es que ella también estuviese de acuerdo.
Kaido sonrió, tal y como lo hizo Yui. Porque, bien era cierto que haber pactado con los Tiburones, más allá de que se tratase casi que del destino hablando —por las similitudes entre su extraña variación genética, y estos animales—. resultaba ligeramente incómodo para un ninja que, por lo general, suele luchar en tierra firme. No obstante, ya Umikiba Kaido había pensado en ello. En el problema. Y en su solución. Y como todo, aún no había desentrañado la respuesta del todo, pero estaba convencido de que la respuesta a ese problema era que si no podía luchar en el océano, era necesario que fuese capaz de traer el océano hasta él. Aún no daba con la tecla, pero más pronto que tarde, lo iba a hacer. Y entonces, sus Aletas podrían acompañarle siempre que las necesitase.
De pronto, un silbato envolvió a los presentes, como un inequívoco aviso de que el tren había alcanzado su destino. Yukio. Kaido pegó una buena estirada, se volvió a cubrir la cabeza con la capucha y apretó aún más la bufanda, alrededor de su cuello. Aún así, el frío atravesó las telas sin piedad, como un cuchillo candente, y una ventisca azotó su rostro en cuanto abandonó el cacharro de acero. Menudo frío que hacía. Lo mejor era empezar a moverse y calentar el cuerpo, así que no tardó mucho en seguir a Yui, en silencio. El trayecto hasta el corazón de la ciudad fue corto, y motivador. La familiaridad de sus calles, repleta de gente en ánimos festivos, resultó ser suficiente calidez como para que el frío dejara de ser un problema. Kaido no era un tipo de celebrar las fiestas, pero no podía negar que le hacía cierta ilusión pasar fin de año junto a Yui y Ayame, aunque se encontrasen en plena misión. Cualquier cosa resulta mejor que las cavernas de Ryugujo, o que su lúgubre apartamento, desde luego, donde sólo le hacía compañía la tele, y un bol de ramen instantáneo.
—Oye... estoy pensando... ¿y si nos relajamos un poco? Conozco un sitio de onsen buenísimo. Podemos descansar, que el tren me ha dejado el culo cuadrado. Coño, si mañana es la noche de fin de año. ¿Harán fuegos artificiales aquí? ¿Os apetece subir a un lugar alto y verlo? ¿O quizás vendan castañas asadas? Podríamos verlos mientras disfrutamos de ellas.
Kaido torció a mirar a Ayame.
—Pues a mí me no me resulta mala idea. ¿Tú qué dices? —preguntó, conciliador. Lo ideal es que ella también estuviese de acuerdo.