13/01/2021, 16:59
—¿Vedfolqué? —dijo Yui, torciendo la cabeza como perro que no entiende.
—oiga, Yui-sama, yo es que no quiero ser indiscreto, pero... ¿estas hermosas vacaciones están siendo patrocinadas por Amegakure, verdad? porque fijo Ayame y yo no tenemos para costearnos otra semanita más. Y con las ganas que tengo de quedarme...
—¿¡Amegakure!? ¡Ja! Estas vacaciones las pago yo, amigo mío. No te preocupes. Son solo unos días.
Era cierto. Eran solo unos días. Excepto que ya hacía más de una semana, y a Yui se le estaba acabando el dinero. Kaido y Ayame tampoco tenían mucho más en el monedero, porque cada dos por tres andaban comprando algo en un puesto de comida callejera. Pero a ninguno de los tres podía importarles ahora eso: ¡iban a pasar un magnífico día en el museo!
Y así, fueron al museo, y lo disfrutaron, y aprendieron muchas cosas que a la noche ya se les habían olvidado. Porque algo tenía aquél pueblo que hacía que alguien se olvidase de sus preocupaciones.
Y los tres se fueron a dormir, y Ayame volvió a escuchar la letra de la canción de nuevo, sutil, silenciosa, ahogada por la música, y se dio cuenta de nuevo de que llevaban muchos días perdiendo el...
A Ayame se le empezaron a cerrar los párpados. Se tumbó en la cama y, complaciente, comenzó a taparse con las sábanas...
Ayame accionó el interruptor de la lámpara y durmió plácidamente. Tan sólo había sido un sueño. A la mañana siguiente, ni siquiera recordaría haberlo tenido.
De nuevo se encontraban riendo y desayunando mientras se contaban anécdotas. Yui, en aquél preciso momento, les comentaba cómo se enfrentó una contra uno con un cocodrilo gigantesco.
—¡¡Y entonces le metí un sello explosivo bajo la lengua, al muy hijo de puta!! ¡BAAAUM JAJAJA! —Dio un puñetazo en la mesa. Hasta el tabernero dio un brinco.
»Oye, ¿y qué vamos a hacer hoy?
—oiga, Yui-sama, yo es que no quiero ser indiscreto, pero... ¿estas hermosas vacaciones están siendo patrocinadas por Amegakure, verdad? porque fijo Ayame y yo no tenemos para costearnos otra semanita más. Y con las ganas que tengo de quedarme...
—¿¡Amegakure!? ¡Ja! Estas vacaciones las pago yo, amigo mío. No te preocupes. Son solo unos días.
Era cierto. Eran solo unos días. Excepto que ya hacía más de una semana, y a Yui se le estaba acabando el dinero. Kaido y Ayame tampoco tenían mucho más en el monedero, porque cada dos por tres andaban comprando algo en un puesto de comida callejera. Pero a ninguno de los tres podía importarles ahora eso: ¡iban a pasar un magnífico día en el museo!
Y así, fueron al museo, y lo disfrutaron, y aprendieron muchas cosas que a la noche ya se les habían olvidado. Porque algo tenía aquél pueblo que hacía que alguien se olvidase de sus preocupaciones.
Y los tres se fueron a dormir, y Ayame volvió a escuchar la letra de la canción de nuevo, sutil, silenciosa, ahogada por la música, y se dio cuenta de nuevo de que llevaban muchos días perdiendo el...
DUERME.
A Ayame se le empezaron a cerrar los párpados. Se tumbó en la cama y, complaciente, comenzó a taparse con las sábanas...
OBEDECE, DUERME. OBEDECE.
¡OBEDECE!
¡OBEDECE!
Tirada de (Voluntad 40) (+1): -0--, total -> -2, insuficiente
Ayame accionó el interruptor de la lámpara y durmió plácidamente. Tan sólo había sido un sueño. A la mañana siguiente, ni siquiera recordaría haberlo tenido.
· · ·
De nuevo se encontraban riendo y desayunando mientras se contaban anécdotas. Yui, en aquél preciso momento, les comentaba cómo se enfrentó una contra uno con un cocodrilo gigantesco.
—¡¡Y entonces le metí un sello explosivo bajo la lengua, al muy hijo de puta!! ¡BAAAUM JAJAJA! —Dio un puñetazo en la mesa. Hasta el tabernero dio un brinco.
»Oye, ¿y qué vamos a hacer hoy?