14/01/2016, 12:14
(Última modificación: 14/01/2016, 16:54 por Uzumaki Eri.)
No esperaba un cambio tan brusco por parte del que se suponía que era el anfitrión de la no tan agradable velada que estaban teniendo ambas kunoichi, ya que cuando la joven de cabellos oscuros tocó el picaporte y preguntó por su interior, él contestó con un tono de voz bastante diferente a lo anteriormente usado.
—Quita la mano de ahí, niña.
—L... ¡Lo siento! —exclamó, sobresaltada.
La poseedora de ojos esmeralda dio un respingo al escuchar esas palabras de la muchacha que se encontraba junto a la puerta. Y permaneció en silencio cuando Kinma volvió a abrir la boca para contestar a su pregunta.
—Cuando dos oponentes del Fuuinjutsu rivalizan en poder, suceden esas cosas. No soy capaz de reformar el sello, sólo contenerlo para que no se rompa del todo. - Explicó la curiosidad de la kunoichi del remolino mientras se acercaba a la shinobi de la lluvia. Eri se acercó lentamente por mera inercia, o quizás por miedo a que le hiciese algo a la muchacha de cabellos azabache, tampoco lo sabía con exactitud. De lo único que de verdad estaba segura era de que, si de verdad tenía que fiarse de alguien al cien por cien, sería de la muchacha de ojos chocolate que le acompañaba en esos momentos.
—Si te lo digo, ¿la dejarás tranquila? —Suspiró—. La última vez, el sello se fracturó por ahí. Reparé la zona, pero de vez en cuando la reviso para que ese cabrón no tome control de nuevo. Ten cuidado, no entres ahí. Sigamos. - Y así, el hombre siguió por el pasillo. Eri, aún metida en sus pensamientos y observando de soslayo a la otra joven, continuó detrás de Kinma hacia lo que parecía el final del pasillo, o al menos hasta que algo hizo que se detuviesen.
La huérfana sintió como algo la empujaba con tal fuerza que casi cayó de espaldas. Cuando creyó que no pasaría nada más, se le antojó respirar como si la vida le fuese en ello, más no podía llenar sus pulmones lo mucho que quería y necesitaba en esos momentos; hasta que una luz terminó por dejarla fuera de sí en aquel momento, haciendo que cerrase los ojos con tanta fuerza que hasta a ella sopesó la idea de que nunca más los podría abrir y ver con claridad. Sin embargo, cuando notó que sus párpados no captaban ese destello cegador, se llevó las manos a los ojos, y frotándolos por unos cortos instantes, los abrió.
Tenía la sensación de seguir donde había sucedido todo, más su alrededor no lo parecía, ¿o sí? Los pocos colores que antes podía haber diferenciado ahora tenían tonalidades más azules. Eri miró a sus lados y observó, con una mezcla de curiosidad y miedo, como el fuego de las antorchas no producía pequeñas llamas que se extinguían cuando llegaban a la cumbre de su vida, además; poseedoras de ese color tan claro y frío, parecía como si al tocarlas no fueras a quemarte, pero si helarte. Parpadeó varias veces mientras giraba la vista, pero todo seguí igual, incluso notó como Kinma se había quedado paralizado con un pie delante de otro. ¿Pero qué pasaba? Ella sí que se podía mover, ella junto a la chica de la lluvia que se encontraba tan o más desconcertada que ella misma. ¿Sería por el sello? ¿Si pasaban mucho tiempo allí terminarían por congelarse ellas también? Sus dientes comenzaron a chirriar y llevándose sus manos heladas por el miedo a su pecho intentando en vano calentarlas para así concentrarse en otra acción que no fuera chillar y salir corriendo hacia lo que podría ser su desaparición del mundo de los vivos, dio un sobresalto cuando escuchó una voz que le sonaba terriblemente familiar.
—Es una trampa. Venid al sótano. Liberad el sello. Es él. Tened cuidado. Intenta escapar.
¿Trampa? ¿Sótano? ¿Liberad el sello? ¿Él? ¿Quién demonios era el dueño de esa voz? Se llevó las manos a la cabeza, confusa; deseaba con todas sus fuerzas despegársela del cuerpo y tirarla porque no lograba entender nada de lo que estaba ocurriendo. Pero antes de poder hacer la locura que estaba pensando, el azul que las envolvía desapareció y todo volvió a su tiempo normal. Eri terminó donde minutos antes debería haberse encontrado: en el suelo. Y su respiración, agitada y demandante, no lograba recobrar su ritmo normal. Por eso, cuando tuvo que poner las manos en el suelo y aminorar en vano su caída, volvió a llevarse las manos a la cabeza y se encogió sobre sí misma, aterrorizada por todo lo que estaba pasando.
Ella solía creer a la gente y más de una vez le habían dado un gran escarmiento por confiar en quien no debía. Pero... ¿Dos? ¿A la vez? ¿A quién podía creer y a quién no? ¿Se fiaría de su cabeza como con Kinma? ¿O de los impulsos de su cuerpo por el ser que habitaba el sótano? La nariz le picaba demasiado y no pudo reprimir como antes las lágrimas que ahora danzaban por sus mejillas a su libre albedrío, su corazón era el primero que quería salir de su pecho y echar a correr por los trigales que había apreciado fuera de la casa, mientras que sus dientes tiritaban sin poder cesar el temblor que su cuerpo estaba experimentando. Aún cuando escuchó la voz, aparentemente preocupada de Kinma no se movió ni un ápice.
-¡Chicas! ¿Qué ocurre? ¿Os pasa algo?
Negó con la cabeza, pero no se dignó a mirar al dueño de esa voz. Ya no se fiaba totalmente de él, y por ello le aterraba más la idea de que la otra voz tuviese razón. Entonces miró por el rabillo de su ojo aún entrecerrado a la otra kunoichi que allí se encontraba. ¿Qué podrían hacer dos jóvenes atemorizadas como ellas en ese lugar cuando dos seres las acechaban?
-Quiero salir de aquí...
—Quita la mano de ahí, niña.
—L... ¡Lo siento! —exclamó, sobresaltada.
La poseedora de ojos esmeralda dio un respingo al escuchar esas palabras de la muchacha que se encontraba junto a la puerta. Y permaneció en silencio cuando Kinma volvió a abrir la boca para contestar a su pregunta.
—Cuando dos oponentes del Fuuinjutsu rivalizan en poder, suceden esas cosas. No soy capaz de reformar el sello, sólo contenerlo para que no se rompa del todo. - Explicó la curiosidad de la kunoichi del remolino mientras se acercaba a la shinobi de la lluvia. Eri se acercó lentamente por mera inercia, o quizás por miedo a que le hiciese algo a la muchacha de cabellos azabache, tampoco lo sabía con exactitud. De lo único que de verdad estaba segura era de que, si de verdad tenía que fiarse de alguien al cien por cien, sería de la muchacha de ojos chocolate que le acompañaba en esos momentos.
—Si te lo digo, ¿la dejarás tranquila? —Suspiró—. La última vez, el sello se fracturó por ahí. Reparé la zona, pero de vez en cuando la reviso para que ese cabrón no tome control de nuevo. Ten cuidado, no entres ahí. Sigamos. - Y así, el hombre siguió por el pasillo. Eri, aún metida en sus pensamientos y observando de soslayo a la otra joven, continuó detrás de Kinma hacia lo que parecía el final del pasillo, o al menos hasta que algo hizo que se detuviesen.
La huérfana sintió como algo la empujaba con tal fuerza que casi cayó de espaldas. Cuando creyó que no pasaría nada más, se le antojó respirar como si la vida le fuese en ello, más no podía llenar sus pulmones lo mucho que quería y necesitaba en esos momentos; hasta que una luz terminó por dejarla fuera de sí en aquel momento, haciendo que cerrase los ojos con tanta fuerza que hasta a ella sopesó la idea de que nunca más los podría abrir y ver con claridad. Sin embargo, cuando notó que sus párpados no captaban ese destello cegador, se llevó las manos a los ojos, y frotándolos por unos cortos instantes, los abrió.
Tenía la sensación de seguir donde había sucedido todo, más su alrededor no lo parecía, ¿o sí? Los pocos colores que antes podía haber diferenciado ahora tenían tonalidades más azules. Eri miró a sus lados y observó, con una mezcla de curiosidad y miedo, como el fuego de las antorchas no producía pequeñas llamas que se extinguían cuando llegaban a la cumbre de su vida, además; poseedoras de ese color tan claro y frío, parecía como si al tocarlas no fueras a quemarte, pero si helarte. Parpadeó varias veces mientras giraba la vista, pero todo seguí igual, incluso notó como Kinma se había quedado paralizado con un pie delante de otro. ¿Pero qué pasaba? Ella sí que se podía mover, ella junto a la chica de la lluvia que se encontraba tan o más desconcertada que ella misma. ¿Sería por el sello? ¿Si pasaban mucho tiempo allí terminarían por congelarse ellas también? Sus dientes comenzaron a chirriar y llevándose sus manos heladas por el miedo a su pecho intentando en vano calentarlas para así concentrarse en otra acción que no fuera chillar y salir corriendo hacia lo que podría ser su desaparición del mundo de los vivos, dio un sobresalto cuando escuchó una voz que le sonaba terriblemente familiar.
—Es una trampa. Venid al sótano. Liberad el sello. Es él. Tened cuidado. Intenta escapar.
¿Trampa? ¿Sótano? ¿Liberad el sello? ¿Él? ¿Quién demonios era el dueño de esa voz? Se llevó las manos a la cabeza, confusa; deseaba con todas sus fuerzas despegársela del cuerpo y tirarla porque no lograba entender nada de lo que estaba ocurriendo. Pero antes de poder hacer la locura que estaba pensando, el azul que las envolvía desapareció y todo volvió a su tiempo normal. Eri terminó donde minutos antes debería haberse encontrado: en el suelo. Y su respiración, agitada y demandante, no lograba recobrar su ritmo normal. Por eso, cuando tuvo que poner las manos en el suelo y aminorar en vano su caída, volvió a llevarse las manos a la cabeza y se encogió sobre sí misma, aterrorizada por todo lo que estaba pasando.
Ella solía creer a la gente y más de una vez le habían dado un gran escarmiento por confiar en quien no debía. Pero... ¿Dos? ¿A la vez? ¿A quién podía creer y a quién no? ¿Se fiaría de su cabeza como con Kinma? ¿O de los impulsos de su cuerpo por el ser que habitaba el sótano? La nariz le picaba demasiado y no pudo reprimir como antes las lágrimas que ahora danzaban por sus mejillas a su libre albedrío, su corazón era el primero que quería salir de su pecho y echar a correr por los trigales que había apreciado fuera de la casa, mientras que sus dientes tiritaban sin poder cesar el temblor que su cuerpo estaba experimentando. Aún cuando escuchó la voz, aparentemente preocupada de Kinma no se movió ni un ápice.
-¡Chicas! ¿Qué ocurre? ¿Os pasa algo?
Negó con la cabeza, pero no se dignó a mirar al dueño de esa voz. Ya no se fiaba totalmente de él, y por ello le aterraba más la idea de que la otra voz tuviese razón. Entonces miró por el rabillo de su ojo aún entrecerrado a la otra kunoichi que allí se encontraba. ¿Qué podrían hacer dos jóvenes atemorizadas como ellas en ese lugar cuando dos seres las acechaban?
-Quiero salir de aquí...
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