20/01/2016, 19:46
(Última modificación: 20/01/2016, 19:46 por Uzumaki Eri.)
Parpadeó varias veces, como sin saber qué hacía allí exactamente. Le dolía todo el cuerpo, como si alguien hubiese impactado varios Ōkashō sobre su cuerpo, sin embargo no tenía ningún rasguño por todo su cuerpo. Entonces una serie de imágenes se proyectaron en su mente, como una proyección rota a la que le faltaban varias escenas importantes. Unas espinas, una sonrisa terrorífica, una risa que al recordar la erizaba el vello, el sonido de algo metálico impactando contra el suelo, sus huesos rotos, ella siendo zarandeada y golpeada contra las paredes hasta perder el conocimiento...
Instintivamente se llevó una mano a la pierna y no notó nada fuera de su sitio. Entonces reparó en lo que sentía: una energía agradable, algo la había envuelto, algo la había acogido entre sus acogedores brazos y la había sanado. No sabía ni si era qué o quién, no tenía idea de a quién agradecer, solo su corazón podía agradecer al pequeño calor que notaba en lo más profundo de él.
Giró su cabeza lentamente, temiendo que por un momento se escapase de donde pertenecía en realidad y encontró a la chica que le había acompañado durante todos sus recuerdos hasta ese preciso instante. ¡Estaba bien! ¡Ella estaba bien! ¡Ambas estaban sanas y salvas! Sin dudarlo un minuto se tiró encima de la chica de cabellos azabache, cerrando sus brazos en torno a su delicado cuerpo.
-¡Estamos vivas! - Exclamó mientras movía la cabeza de un lado a otro. Hasta que se dio cuenta de lo efusivo que había sido ese arranque de emociones y se separó de la joven, llevándose con ella unos quejidos que reprimió porque, aun sin heridas aparentes, notaba todavía en mal estado a su cuerpo. -P-perdón... - Tartamudeó, avergonzada.
Entonces escuchó una voz frente a ellas.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Kabocha? ¿Qué ha sido esa explosión? ¿Qué...?
Su cuerpo empezó a emitir un sudor frío y se alejó, arrastrándose por el suelo un par de palmos. No, no, no, ella tenía que irse de allí, quienquiera que fuese aquel hombre podría hacerles cosas impensables, y ella ya no tenía el horno para bollos. ¿Kabocha? Ni si quiera reconocía ese nombre, ella sabía de un tal Kinma, y de una misteriosa mansión, que por cierto, allí no se encontraba...
—¿Estáis bien?
Frunció el ceño, mientras su respiración se alteraba, no sabía si podría ponerse en pie con el dolor que sentía en todo su cuerpo y salir corriendo ahora mismo. Entonces reparó de nuevo en su compañera de pesares. ¿Qué tal se encontraría ella? No le había preguntado... Qué desconsiderado por su parte...
Instintivamente se llevó una mano a la pierna y no notó nada fuera de su sitio. Entonces reparó en lo que sentía: una energía agradable, algo la había envuelto, algo la había acogido entre sus acogedores brazos y la había sanado. No sabía ni si era qué o quién, no tenía idea de a quién agradecer, solo su corazón podía agradecer al pequeño calor que notaba en lo más profundo de él.
Giró su cabeza lentamente, temiendo que por un momento se escapase de donde pertenecía en realidad y encontró a la chica que le había acompañado durante todos sus recuerdos hasta ese preciso instante. ¡Estaba bien! ¡Ella estaba bien! ¡Ambas estaban sanas y salvas! Sin dudarlo un minuto se tiró encima de la chica de cabellos azabache, cerrando sus brazos en torno a su delicado cuerpo.
-¡Estamos vivas! - Exclamó mientras movía la cabeza de un lado a otro. Hasta que se dio cuenta de lo efusivo que había sido ese arranque de emociones y se separó de la joven, llevándose con ella unos quejidos que reprimió porque, aun sin heridas aparentes, notaba todavía en mal estado a su cuerpo. -P-perdón... - Tartamudeó, avergonzada.
Entonces escuchó una voz frente a ellas.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Kabocha? ¿Qué ha sido esa explosión? ¿Qué...?
Su cuerpo empezó a emitir un sudor frío y se alejó, arrastrándose por el suelo un par de palmos. No, no, no, ella tenía que irse de allí, quienquiera que fuese aquel hombre podría hacerles cosas impensables, y ella ya no tenía el horno para bollos. ¿Kabocha? Ni si quiera reconocía ese nombre, ella sabía de un tal Kinma, y de una misteriosa mansión, que por cierto, allí no se encontraba...
—¿Estáis bien?
Frunció el ceño, mientras su respiración se alteraba, no sabía si podría ponerse en pie con el dolor que sentía en todo su cuerpo y salir corriendo ahora mismo. Entonces reparó de nuevo en su compañera de pesares. ¿Qué tal se encontraría ella? No le había preguntado... Qué desconsiderado por su parte...
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