6/03/2016, 08:14
Entre la introspectiva de Eri y la latente cobardía de Yota, Kaido no pudo hacer más que sentirse plausiblemente atraído por la posibilidad de que un gran peligro acechara a la humilde ciudad de Yachi. Aquello le interesaba por el hecho de que el día cogía más sazón con un posible enemigo en sus planes y no la simple tarea de buscar junto a sus dos nuevos compañeros la calabaza perfecta para que la muchacha peliazul pudiera llevar a su hogar.
Sin embargo, existía la posibilidad de que se tratase de un asunto que sus manos no pudieran resolver; aún cuando él creyera fervientemente tener la capacidad para afrontar toda amenaza existente. Kaido era fuerte, y lo era más por creérselo sin falta.
La pregunta radicaba en si debería tentar su suerte estando tan lejos de casa o por el contrario, tendría que tragarse el orgullo y hacer caso a la opinión de Yota.
—Yo me quedaré a ver qué sucede. Me intriga saber quién diablos es ese tal Shinzo, más aún porque llevo tres putos días en esta ciudad y no escuché nunca de él.
Como si hubiese frotado la lámpara del genio, su deseo terminó cumpliéndose en ipso facto. En lo más lejano de la ladera, entre los borrosos reflejos emitidos por los rayos del sol; la figura de unos cuantos caballos se asomó en un trote lento y amenazante. Sobre ellos cabalgaban 5 hombres, siendo el del medio el que llevaba la delantera por unos cuantos centímetros del resto.
Él era el que destacaba del grupo. Vestía con un par de pieles cubriendo su torso, el rostro lucía un par de marcas rojas atravesando a lo largo sus párpados y sobre todo aquello; una especie de máscara similar a un cráneo de algún animal le cubría la cabeza. Y de ella, dos grandes colmillos de marfil se extendían hasta casi tocar su papada.
«Muy pero muy predecible...»
Kaido se acercó a su grupo y susurró, aprovechando la cobertura de las grandes hortalizas de la plantación. Mientras, el grupo bajaba de sus corceles y marcaban sus pasos hacia las casas cercanas. Cuatro de ellos tocaron varias puertas, a la vez que sostenían muy de cerca el puñal de sus armas colgando en las cercanías de su cintura.
—Venga, iros ya. Kaido debe prepararse para darle una paliza al tigre asustadizo de Shinzo.
Sin embargo, existía la posibilidad de que se tratase de un asunto que sus manos no pudieran resolver; aún cuando él creyera fervientemente tener la capacidad para afrontar toda amenaza existente. Kaido era fuerte, y lo era más por creérselo sin falta.
La pregunta radicaba en si debería tentar su suerte estando tan lejos de casa o por el contrario, tendría que tragarse el orgullo y hacer caso a la opinión de Yota.
—Yo me quedaré a ver qué sucede. Me intriga saber quién diablos es ese tal Shinzo, más aún porque llevo tres putos días en esta ciudad y no escuché nunca de él.
Como si hubiese frotado la lámpara del genio, su deseo terminó cumpliéndose en ipso facto. En lo más lejano de la ladera, entre los borrosos reflejos emitidos por los rayos del sol; la figura de unos cuantos caballos se asomó en un trote lento y amenazante. Sobre ellos cabalgaban 5 hombres, siendo el del medio el que llevaba la delantera por unos cuantos centímetros del resto.
Él era el que destacaba del grupo. Vestía con un par de pieles cubriendo su torso, el rostro lucía un par de marcas rojas atravesando a lo largo sus párpados y sobre todo aquello; una especie de máscara similar a un cráneo de algún animal le cubría la cabeza. Y de ella, dos grandes colmillos de marfil se extendían hasta casi tocar su papada.
«Muy pero muy predecible...»
Kaido se acercó a su grupo y susurró, aprovechando la cobertura de las grandes hortalizas de la plantación. Mientras, el grupo bajaba de sus corceles y marcaban sus pasos hacia las casas cercanas. Cuatro de ellos tocaron varias puertas, a la vez que sostenían muy de cerca el puñal de sus armas colgando en las cercanías de su cintura.
—Venga, iros ya. Kaido debe prepararse para darle una paliza al tigre asustadizo de Shinzo.
